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"¿Me quitas el vestido?" Esto es lo que pasa cuando no sabes ligar

Hay una situación clásica en los primeros (o segundos, o terceros) encuentros entre hombres y mujeres que todos conocemos. Ese momento relativamente embarazoso para algunos, casi insalvable para otros, en el que el galán, después de una noche de cortejo (cortejo en ambas direcciones, si se quiere), acompaña a la chica a su casa, la deja en la puerta y… no sabe exactamente qué hacer o qué esperar. El cine nos ha dado casi todas las posibilidades de solucionar el momento con éxito y casi todas las de meter la pata hasta el fondo. Si la Meg Ryan de turno lo invita a subir a su recinto privado, ya sea con un simple “¿subes?” (una bendición poco habitual) o con un “¿quieres tomar una copa?”, o con cualquiera de las demás fórmulas que encubren un permiso de acercamiento, el “héroe” ha triunfado, ya sea momentáneamente (luego vendrán problemas más graves, eso también lo explican las películas). Es, quizá, uno de los pocos momentos de la vida real que las comedias románticas han sido capaces de reflejar con gran exactitud.


Pero en esa vida real, como en esas comedias, a menudo “el héroe” (uno mismo) no es capaz de percibir signos evidentes que la audiencia entiende casi antes de que aparezcan. Los usuarios masculinos de Reddit han respondido masivamente contando momentos de “stage fright” o simple estupidez que les han hecho perder oportunidades sexuales. Casi todas las historias están ubicadas en la adolescencia, claro. No porque en la madurez no se pierdan oportunidades, sino porque esas no se cuentan con tanta facilidad: la distancia lo convierte todo en algo levemente romántico, ya se sabe, incluso las incapacidades. Porque a menudo –paradójicamente, si uno se traga esa vision que también se vende a veces del hombre como depredador eterno en permanente estado de alerta (vale, los hay)– lo que sucede es que el tipo en cuestión no es capaz de ver tres en un burro, aunque esté bien clarito.


“Despues de una salida nocturna con amigos, mi cita se quedó por primera vez a pasar la noche en casa (habitaciones separadas)”, cuenta un usuario, dando ejemplo. “Justo cuando nos íbamos a poner los pijamas, ella me pidió que le ayudase a ‘quitarse el vestido’. Mi yo de los diecisiete años hizo exactamente eso. Entré, le ayudé a bajar la cremallera de su vestido y me volví a mi habitación. Me levanté a la mañana siguiente y no me lo podía ni creer”.




Hay más ejemplos. Algunos pueden doler porque se parecen demasiado a experiencias propias, advertimos. Potro internauta cuenta que estaba en una fiesta y una chica le dijo: "¿Vives en una habitación tú solo en tu residencia, verdad?”. “Así es”, contestó él, borracho. “No me importaría verla”, dijo ella. “Creeme, no hay nada interesante allí”, contestó él, borracho, sí, e idiota perdido, también. O quizá definiéndose a sí mismo.


Se podría pensar que un acercamiento menos críptico sería más fácil. Por ejemplo: “¿Quieres subir a mi casa y acostarte conmigo? Lo estoy deseando”

Más: “La llevo a casa después de nuestra primera cita. Llegamos allí y me dice: ‘Mis compañeros de piso están fuera el resto del fin de semana, ¿quieres subir?’. Y yo contesto, ‘no, perdona, tengo que hacer los deberes”. Este directamente es imperdonable, y en efecto, no había hecho los deberes. “Me di cuenta de lo idiota que había sido al llegar a casa y me di de cabezazos contra la pared”.


Y, por último, los directamente inenarrables, como esta conversación que cuenta otro usuario: “Estaba hablando con esta chica que me tenía loco, por teléfono, estaba sacando al perro a la calle y dije en alto ‘¿Quieres salir?' La chica dudó un segundo y luego dijo ‘Sí, claro’. Yo me puse super nervioso y solo fui capaz de tartamudear ‘eh…ah… es… estaba hablando con mi perro… tengo que sacarlo para que cague”.


Terreno de novatos. En definitiva, aunque parezcan situaciones tremendamente extrañas, no lo son, a esas edades tempranas. Los gestos o palabras que dicen una cosa y significan otra (o la misma con añadidos) son más fáciles de entender cuando uno tiene experiencia (también fáciles de confundir trágicamente), y la adolescencia es terreno para novatos que a menudo, ante un avance claro, pueden pensar: “No puede significar lo que parece que significa. No puede ser que me pase a mí”. Un segundo de duda, una equivocación mínima, y efectivamente, no pasa: la chica del vestido difícil, desde luego, no entró en la habitación de su pánfilo acompañante a explicarle de que iba la cosa en realidad.


Uno de ellos es que cuando la mujer (finalmente) toma la iniciativa, la falta entrenamiento en una situación así (porque es estadísticamente rara) puede llevar a menudo a equívocos, a congelaciones por puro pánico, a bloqueos.

Por otro lado, es llamativo que, ya fuera del medioambiente adolescente, las cosas sigan tramitándose mediante frases elusivas, incluso a la puerta misma de la alcoba. Así, se podría pensar que un acercamiento menos críptico sería más fácil. Por ejemplo: “¿Quieres subir a mi casa y acostarte conmigo? Lo estoy deseando”. Sospechamos que el tarado de diecisiete que no entiende lo de “quiero ver tu habitación” podría morir de un infarto en el mismo momento, así que en ese caso es práctica de riesgo. Los que pasan de los treinta, sin embargo, seguro que lo agradecerían.