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Dos primos adolecentes

Aunque han pasado bastantes años, me acuerdo perfectamente de esta aventura que os contaré y que todavía está viva en mis recuerdos infantiles ya que yo apenas llegaba a los 18 años y era una jovencita inexperta. Yo vivía en una gran ciudad de la provincia de Ciudad Real. Eran las ferias y fiestas que se celebraban en el mes de agosto y mi primo Manolo había venido a pasar unos días a casa de mis padres. Él vivía en un pueblecito a unos 80 kilómetros de allí... tenía 20 años, algo mayor que yo. Prácticamente, las fiestas estaban acabadas ya que era el último día y estábamos cansados de tanto ajetreo. Hacia bastante calor, de ese calor pegajoso de la mancha en el mes de agosto y serian sobre las 5 de la tarde. Nos habíamos levantado de una siestecilla que nos había aliviado un poquito el sueño que arrastrábamos desde hacía días debido a las horas tan tardías que nos estábamos acostando y la verdad es que en ese momento reposábamos aburridos sin saber qué hacer en un banco de madera en la parte más fresca de la galería. Ante la perspectiva de acabar con el aburrimiento del momento, le propuse a mi primo que nos marcháramos con la moto de mi padre. -una vieja guzzi- a El Peral que era una finca situada a 28 k de allí.


El aceptó encantado. Yo iba de paquete y durante el recorrido urbano, iba agarrada a él por la cintura. pero, una vez que salimos a la carretera que nos conducía a nuestro destino, me arrimé lo más que pude a él. Yo noté su cuerpo fuerte y fibroso apretarse y fundirse con el mío y sobre todo le arrimaba bien mis hermosas tetas apretándoselas sobre su espalda para que notara lo duras que las tenía. Conforme íbamos avanzando me frotaba más y más sobre su espalda y de vez en cuando bajaba mis manos por debajo de su cintura para, disimuladamente, palpar su paquete que ya iba, con el calor y semejantes estímulos, la cosa poniéndosele dura, bastante dura. A la media hora, más o menos, llegábamos a El Peral. Era una finca del ayuntamiento, con hermosos paseos llenos de abetos y de plátanos inmensos. También había un pozo y una fuente de agua agria debido al subsuelo férrico de la zona, y al final de todo estaba una sencilla ermita donde se veneraba a la virgen de la Consolación patrona de la ciudad, cuya fiesta se celebraba en el mes de septiembre con una romería muy típica, con mucha gente, bastante comida, buen vino y mucho cachondeo. Al final del paraje y una vez que hubimos dejado la moto, nos acomodamos detrás de un seto sobre mullido y fresquito césped. Allí tendidos indolentemente sobre el sedoso suelo verde, mi primo me dijo lo guapa y apetecible que estaba y lo que le apetecía hacerme un trabajito que no olvidaría. Yo también le dije que me gustaba mucho. Comenzamos a tontear un buen rato con unos ligeros roces y algún que otro pellizco.


A esas horas estaba todo desierto y, como no había nadie que nos pudiera ver, le di un sonoro beso en los labios y yo, que no esperaba su reacción, me quedé de piedra ya que sin dudarlo un momento mi primo, ¡joder con mi primo...!!! Se abalanzó sobre mí desabrochándome la blusa y quitándome el sujetador comenzó a besarme apasionadamente el pecho, chupándome los pezones diciendo que nos dejáramos de miramientos ya que a él le apetecía muchísimo morrearse conmigo y experimentar las mieles del amor. Ante esta declaración de intenciones decidí colaborar a ver hasta donde llegábamos. He de deciros que, con mi poca experiencia, yo ya estaba cachondísima cosa que no me había pasado nunca. Después me pidió que pusiera mi cabeza sobre sus rodillas y, acto seguido, el muy golfo, sin pensárselo dos veces, se abrió la bragueta y sacó la pija diciéndome que se la mamara. ¡Menudo pedazo de cipote tenía mi primito…!!! Y yo apenas sin saber nada de nada, me la metía en la boca, bueno no me cabía toda y a veces parecía que me ahogaba, eso sí, notaba que estaba muy caliente y dura… muy dura. En ese momento con la boca llena de su hermoso cipote me miraba con cara de lujuria sonriendo voluptuosamente. Después, me pidió o me ordenó, que me quitara los pantalones mientras el hacía lo mismo, cosa que hice inmediatamente, y ya se encargó el de quitarme las bragas y vi como sus manos iban ansiosas a coger mi concha, que por cierto lo tenía muy mojado.


Yo en esos momentos me encontraba muy a gusto y, la verdad, es que estaba sumamente excitada. Yo, una chica pueblerina, todavía un poco cortada, vi como me pasaba sus hermosas manos frotándome la concha que estaba mojada como una almeja recién salida del mar y como me abría los labios y la vulva y metía los dedos con pericia llegando a masajear el clítoris. Me dejé hacer y de la misma forma que me restregaba el paquete sobre mi culito, me pidió que me tumbase en un banco de madera que teníamos al lado, me abrió bien las piernas, se puso de rodillas y con una estupenda agilidad metía y sacaba su cabeza entre los muslos y con su boca exquisita me comenzó una maravillosa comida de concha. ¡Y que bien lo hacía madre! Tanto fue así que, a los pocos momentos, entre jadeos y temblores de placer recorriendo todo mi cuerpo, experimenté una corrida maravillosa, yo antes había experimentado otras… pero como esta ninguna. Una corrida que duró una eternidad y que no olvidaré nunca. Después me penetró, yo notaba su dura verga que entraba y salía muchas veces con ansia, con furia en mí sexo muchas veces, yo ya estaba excitadísima y a los pocos minutos sin poderme aguantar volví a correrme de nuevo. Él me dijo que quería cobrarse un buen trofeo.


Se había traído el muy golfo, un botecito de vaselina y enseñándomelo me dijo que quería cogerme el culo. Primero y con cuidado me introdujo un dedo bien untado, después dos y poquito a poco -ya sabéis “con paciencia y saliva se la metió el elefante a la hormiga”- y con la ayuda de bastante vaselina inició un mete y saca para al final lograr meter su pija en mi inmaculado agujerito y en unas convulsiones maravillosas y jadeando sin poder aguantarse más inundó mi culito de leche. Ese fue el premio del muy cabron. Después de la faena, y tras un breve descanso fumándonos unos cigarritos, me pidió para terminar que le hiciera una buena paja con las tetas. No podía negarme y efectivamente, me puso su verga entre las dos tetas y me decía que no fuera tímida y que al tiempo que subía y bajaba y se la lamiera y me la introdujera en la boca y, al final ya no pudo aguantar más y, como un torrente caudaloso, por segunda vez se corrió rebozándome la cara con un enorme chorro de leche calentita. ¡Con cuanta nostalgia recuerdo que mi primo fuera tan golfo aquel día conmigo…!!! Una vez que volvimos a casa, lavados y aseados en la fuente, mis padres me preguntaron qué habíamos estado haciendo y, sin darle mayor importancia, yo no estaba acostumbrada a mentir, les contesté que habíamos estado viendo la ermita y tumbados un rato disfrutando del fresquito césped del peral. ¿fue verdad o no…?? Mi madre me dijo -así me gusta hija ¡que disfrutéis de la naturaleza…!!!