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La tatuadora

Siempre tuve una debilidad por los piercings y los tatuajes, pero la verdad jamás me había animado a uno tan osado como este. La cosa es así mi marido me preguntó si me quería hacer un piercing en el pezón y yo dije: ¡auch! pero después me quedé callada... pensativa... así que digamos que tomé la decisión de hacerlo. Pero no quería en cualquier lado con cualquiera sino con una chica, me sentiría más cómoda. Por ende, caminamos y caminamos y caminamos hasta que la encontré. Si, a ella. Marina una tatuadora de 1.70 aproximadamente, delgada con pechos pequeños pero que denotaban dos piercings y una cola que era bastante apetitosa. En su piel blanca se podían ver todos sus tatuajes y llevaba unos lentes muy sensuales.


Entramos y concretamos una cita para el otro día en la tarde. Me dirigí rápidamente a comprar ropa interior para la ocasión, ya que probablemente iba a dolerme me compré un sostén sin aro ni relleno color negro con encaje y unas braguitas a juego. Al otro día me encaminé con mi marido al lugar. Marina nos dio a elegir unos piercings y le dije que me pusiera el que le gustara, se rio y tomó uno de una flechita plateada. Me recosté en la camilla mientras mi marido filmaba todo para que quede en la memoria. Me solté un bretel de la remera y saqué el pecho incorrecto a propósito, mi pezón me delató erizándose, pero no importaba porque Marina no solo no me había mirado mal, sino que sonreía pícara.


Se acercó a mí y me quitó el sostén rozando mis pezones. Entonces comenzó a tocar un pecho y otro preguntando en cual me gustaría más, aludiendo pro y contras. -En el izquierdo te va a quedar mejor porque en el derecho tenés dos lunares que si fuera yo no los quitaría −decía sensualmente. Luego marcó el pecho izquierdo rozándome un poco de más, acercó su rostro al mío y me sonrió. Tomó las pinzas y trató de ponerlas sobre mi pezón erizado, pero este se le escapaba misteriosamente. Le dije entonces que no me lo hiciera en ese sino en el derecho a propósito y que lo hiciera despacio para que no doliera. Tomó nuevamente el marcador y me dijo que me sacara la remera para estar más cómoda, le hice caso, me humedecía con cada roce, sentía como su mano apretaba mi pecho y deseaba más. Tenía su rostro a pocos centímetros y sentía su respiración en mis pechos. Cuando se alejó a buscar la aguja noté que sus pezones también estaban erectos y se marcaban sus piercings.


Volvió hacia mí y me dijo que no me iba a hacer doler porque era suave. Introdujo el catéter y yo solo pensaba en ella sobre mi boca. Mi marido lo notaba y eso me calentaba más. Al terminar agarró mi pecho y me dijo que me quedaba muy sensual que ahora debía estrenarlo. Y preguntó si podía darle un beso para que no me duela, accedí y mi marido también. Posó sus labios delicadamente en mi pezón ahora perforado y lo sentí húmedo, pero no tanto como yo. Le guiñé el ojo a mi marido y ya sabía lo que pensaba hacer. Dijo que se iba a comprar y nos dejó solas. Le pedí a Marina que me cambiara el aro del ombligo solo para sentir sus manos, así lo hizo y cuando terminó al ver su cara de pícara sin pensarlo le di un beso en los labios suavemente, pero ella me tomó del cabello y me besó apasionadamente. Nos caímos contra los estantes y toqué sus pechos por debajo de la remera para sentir sus piercings.


Ella gemía y rozaba su pierna contra mi húmeda entrepierna. Le quité la remera y llevaba un sostén rosa chicle donde se marcaban sus pezones. Mi remera ya estaba casi fuera así que la quité y nos besamos semi desnudas. Yo tenía la mano en mi entre pierna y ella en la suya. Estuvimos un tiempo sumergidas en caricias mutuas hasta que me subió la pollera y fue bajando desde mi cuello hasta mis muslos llenando cada parte con pequeños lengüetazos. Yo me dejé hacer. Me senté en el mostrador para dejarle lugar y que siguiera hasta que llegó a mi entre pierna. Me bajó las braguitas hasta las rodillas y lamió con ganas. Yo gemía y apretaba su cabeza más adentro.


Deseaba besarla así que me bajé como pude y la tiré en el sillón del loobie, le bajé sus pantalones hasta la mitad junto a su culotte y comencé a tomarme los jugos de su concha semi depilada. La escuchaba gemir y me mojaba más. Hicimos un lindo 69 llenando nuestros labios de flujo hasta el hartazgo. Cuando terminamos nos vestimos, me dio un beso en los labios y me despidió. Yo le dije que volvería porque de ahora en más seríamos amigas con permiso de mi marido. Salí del local y tenía un lindo piercing dolorido, pero con un video digno para recordar y tocarme pensando en ella o quizás también jugar con mi marido.