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La esencia de mi padre

El día estaba gris como su humor. Con tristeza, Giova empezó a caminar por la calle que la llevaba a su hogar. El viento intentaba levantar su falda, pero con sus manos pudo controlar las telas rebeldes. Sacó su celular del bolsillo delantero de la mochila para avisarle a su padre que se volvía temprano, ya que la salida de despedida de fin de curso de ese año se había suspendido y sus amigas estaban demasiado ocupadas con sus respectivas parejas como para juntarse en la casa de alguna a tomar mates. Buscó el contacto para llamarlo al celular, pero ni siquiera comenzó a sonar. La voz femenina le informó que estaba fuera de servicio. Probablemente esté apagado. Mi papá siempre tan tecnológico pensó mientras marcaba el número de teléfono fijo.


Sonaba y sonaba pero nadie atendía. Sumando peso a su frustración, del cielo cayeron gotas, mojando el perfecto alisado de su cabello, el cual le tomó casi toda la noche, la mochila pesaba toneladas y la caminata era mínimamente de treinta minutos. La suerte, ese día, no estaba de su lado. El camino se hizo largo. Sus piernas no daban más. Se alegró al distinguir a lo lejos la casa blanca con la que estaba tan familiarizada. Al ingresar por el portón negro notó que todas las luces de las habitaciones estaban apagadas. «¿Se habrá cortado la luz?» se preguntó mientras maldecía aún más su suerte. Abrió la puerta principal y tuvo la incómoda y extraña sensación de estar entrando a otro mundo. A su nariz llegó un olor dulce volando en el aire, una especie de miel. Su padre pocas veces usaba desodorantes de ambiente, él prefería el olor a madera de los muebles. Por el contrario Giova, casi siempre al limpiar, intentaba mantener un rico y armonioso aroma a rosas.


Al acercarse a las escaleras, observó pequeñas velas rojas decorando e iluminando el sendero de mármol que conducía al primer piso. «¿Me perdí de algo? ¿Me equivoqué de casa?» se preguntó la joven mientras subía los escalones. Al irse acercando una suave melodía abrazaba a sus oídos, acallando los sonidos de la casa. Su idea era ir derechito a su habitación a dormir una siesta ya que la lluvia ambientaba a la perfección, pero cuando unos gritos se escucharon en el otro extremo de la casa, la muchacha alarmada se dirigió a la biblioteca. Algo asustada y también curiosa, Giova se acercó lentamente a la puerta de roble que se encontraba entreabierta. Al cruzar el pequeño portal, pisó una tela. All agarrarla descubrió que era un largo vestido floreado. A su lado, se encontraba un conjunto de ropa interior. «¿Papá con una mujer? Qué extraño. Suele ser más reservado desde que mamá lo dejó». Mentalizándose que debía ser como una sombra, se escabulló entre la puerta y la pared. Se sintió orgullosa de ser tan alta y delgada lo cual facilitó la tarea, pero al ingresar todas sus emociones desaparecieron. Nunca se iba a imaginar que podía cambiar rotundamente su vida al entrar a la habitación. El acogedor sitio se encontraba en penumbras.


A medida que sus ojos se acostumbraban a la escasa luz, buscaba de dilucidar qué sucedía en la sala. Los altos estantes de libros ni se distinguían y el suelo rojo parecía gris. No notaba muchos movimientos indescriptibles, pero sobre todo se contrastaban unas suaves figuras con la luz violácea que ingresaba por el gigantesco ventanal. El atardecer estaba dándole paso al anochecer. Una lluvia de relámpagos surcó el cielo, iluminando la sala, permitiendo a Giova observar perfectamente el panorama durante un breve período de tiempo. La sobresaltó escuchar el rugido de los truenos, pero lo hizo aún más la escena frente a sus ojos. Una larga y gruesa cadena pendía del medio del techo, terminando a casi dos metros antes del suelo. «¿Esa cadena estaba en la habitación?» dudó Giova. Recordaba haberla visto. En el final, se encontraban unas esposas de cuero, sujetando las muñecas de una mujer, sus manos se veían relajadas y arregladas. Un color rojo sangre en las uñas largas llamaron su atención. Se encontraba completamente desnuda. Nunca en su vida la había visto por el barrio. Se la veía frágil e indefensa. La espalda de la muchacha estaba arqueada, con los delgados brazos detrás de su cabeza y las piernas abiertas en forma de A. Cabizbaja, el pelo se desparramaba por todos lados.


Era castaño y largo, hasta la cintura. Notó que se encontraba en puntas de pie. La joven apreció cómo los músculos duros y moldeados se marcaban excesivamente. «Eso debe doler», pensó al rememorar las tortuosas clases de educación física. La elongación siempre había sido una de sus partes más odiadas. Una profunda y familiar voz la sobresaltó por completo. Anonadada buscó a ese sujeto por la sala. —¿Qué hiciste? —preguntó en tono serio. Giova recordaba que su padre usaba ese tono tan estricto cuando ella se mandaba alguna macana. La aterrorizaba; le hacía poner la piel de gallina. —Lo he desobedecido, Mi Señor —contestó la muchacha. Su voz era suave, casi aniñada. «¿Señor? Ni que estuviera tan viejo», dudó, ingenua ante ese nuevo mundo. —¿Y qué pasa cuando me desobedece? —preguntó él casi con ironía, como si la respuesta fuese muy obvia. Giova no tenía una respuesta. —Mi Señor me debe de castigar — CASTIGAR gritó Giova en su mente cuando la figura de su padre entró en su campo visual. Llevaba una remera oscura y un pantalón vaquero.


Se encontraba descalzo, por lo cual no generaba ningún ruido al caminar. Parecía una fiera en busca de alimento. Sin entender qué estaba pasando, se quedó estática como si estuviese clavada en el suelo, pendiente de los movimientos paternos, olvidándose por completo que podía ser descubierta. Elevó el brazo y Giova pudo notar un artilugio, creando una extensión de la mano. Subió lentamente, pero al bajar, escuchó cómo el objeto cortaba con el aire y el impacto que provocó contra la piel de la pobre chica. «Debe ser una especie de varilla» informó su subconsciente. Los ojos se le iban a salir de órbita pero no podía dejar de ver la cascada de golpes que recibía el pequeño cuerpo femenino. Su espalda, sus nalgas, sus muslos, hasta en los brazos. Y lo peor de todo eran los gemidos. No eran de dolor, eran de éxtasis puro, del más crudo y duro placer carnal. La mujer se retorcía buscando hacer fricción con sus piernas, pero distinguió una barra en sus tobillos que los mantenía alejados. Horrorizada y mareada, salió disparada a su cuarto.


Cerró la puerta lo más lento posible, evitando cualquier ruido. Dejó la mochila a un lado y acostó. Cada vez que cerraba los ojos, volvían esas imágenes a su mente. Diez minutos le llevó concentrarse en el ruido de la lluvia para poder dormirse, alejando el suceso de la tarde. En sus sueños, escuchó cómo la varilla cortaba el aire y golpeaba la piel. Unas suaves manos acariciaron su rostro. La peinaron, colocando el pelo detrás de sus orejas. Lentamente abrió los ojos, a pesar de que su cerebro le pedía seguir durmiendo aunque sea cinco minutitos más. La ventana de su cuarto mostraba el cielo completamente negro. La única fuente de luz era el velador de la mesa de noche pegado a su cama, iluminando a su padre y un poco a ella. Sentado en un costado lo veía imponente. No era un hombre de tipo fisicoculturista, pero sus cuarenta años los manejaba muy bien.


Estaba en un buen peso y el pelo todavía se encontraba en su cabeza. Le causaba mucha gracia verlo con un delantal de cocina, pero al ver la remera oscura y recordar el suceso de la media tarde… ¿Sería el mismo monstruo que vio dentro de esa habitación? ¿Acaso habría sido un mal sueño? ¿Con la misma ternura que la despertaba podía flagelar el cuerpo de una mujer? —No sabía que habías vuelto —le comentó. Notó que se ponía un poco nervioso. Su padre ladeó su cabeza y la observó fijamente—. ¿Pasa algo, hija? —en los ojos verdes se podía ver la incertidumbre. Al escuchar esa pregunta, Giova no supo qué contestar. «¿Le digo que lo he visto o me lo guardo?». —Nada, papá. Tan sólo estoy muy frustrada por este día locos —sonriendo, los brazos masculinos atraparon su lánguido cuerpo. Las imágenes golpearon en su cabeza, a la velocidad de la luz. Intentó reprimirlas pero ya era tarde. La vagina se le empapó y, al separarse del cálido abrazo de su padre, notó en su remera los pezones puntiagudos, queriendo llamar la atención. En un segundo se vio envuelta de los acolchados, como si fuera el relleno de una empanada—. ¿Ya cocinaste? Me encantaría comer en la cama, si no te molesta, papi —necesitaba urgente estar a solas y poder pensar en frío las cosas. Algo confundido, su padre se levantó. Apenas cruzó el portal, el miedo se apoderó de ella. Estaba todo peor que antes. ¿Qué iba a hacer ahora?