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El hombre sirvienta

Confieso que el disfraz de conejita Playboy me fascinaba. Cuántas veces lo había visto con envidia en fotos y en televisión. -Seguro que siempre quisiste ser una chica florero –dijo Mi Ama, que parecía leer mi pensamiento-… Pues esta es tu oportunidad. Este va a ser tu vestido de fiesta a partir de ahora. Haremos fiestas cada cierto tiempo mis amigas y yo, y tú nos atenderás vestida así. ¿Te gusta? Serás la sensación de la fiesta. -Sí, Ama. No me lo probé, pero el disfraz contenía las orejitas de conejo (de color rosa), un body negro con rabito rosa en forma de pompón en el culo, muñequeras de esmoquin y pajarita sobre cuello blanco. -¿Sabes qué se me ha ocurrido? Llamar un día de estos a David y a Blanca… David y Blanca eran una pareja de amigos nuestros, bastante convencionales, a priori; amigos de la edad de Mi Ama, algo más jóvenes que yo.


Algunas veces habíamos salido a cenar los cuatro, cuando yo intentaba sin éxito seducir a Mi Ama, pero hacía tiempo que yo al menos no los veía. No los echaba de menos, desde luego. -Tengo ganas de enseñarles a mi nueva criada. O podríamos ir al cine los cuatro…A ver qué se me ocurre. Pero que los vas a ver, eso seguro. Nunca les caíste muy bien, en realidad, o sea que será divertido. ¿Qué te gustaría hacer para ellos? -No sé, Ama. -Ay, qué sosa eres cuando quieres…Llamaré mañana a Blanca y le contaré que has salido del armario y que eres travesti, a ver si me deja algo de ropa que le sobre para ti. Veremos si le hace gracia la idea. No creo que se sorprenda mucho, la verdad. -Sí, Ama. -Bueno, pero no te emociones con el vestido de conejita… Para vestir así, tienes que mejorar mucho. Depilarte por completo, maquillarte mejor, aprender a caminar con tacones y por supuesto, llevar un corsé bien apretado. Pero ya lo iremos practicando. No te preocupes por eso.


Ensayarás en el Chatroulette, a ver qué te encuentras por ahí. -Sí, Ama. -Pues venga, ya está bien por hoy, que estoy cansada de todo el día. Uf, me voy a dormir. Tú ya tendrás tiempo de disfrutar de los regalos. Ahora cena rápido unas galletitas de las de siempre. Friega los platos, limpia bien la cocina y el cuarto de baño. Te he dejado un montón de ropa para lavar a mano. Aprovecha y lava tu ropa interior bien. Hay que ahorrar el dinero de la lavadora, que gasta mucho. -Sí, Ama. -Cuando termines, puedes irte a descansar. -Sí, Ama. Pido permiso para preguntar. -Ya empezamos… Qué quieres –dijo con fastidio. -Gracias, Ama. Quisiera saber a qué hora pongo el despertador mañana. -Pues a qué hora va a ser… A las seis, como siempre. -Sí, Ama. -Ah, ¿es que la criada quiere dormir más? ¡Hay que ver cómo está el servicio! -Sí, Ama, lo siento, Ama. Se lo agradecería mucho, Ama. -Pues no, tontita… Porque quiero que me sirvas el desayuno con tu uniforme completo y bien maquillada. Me gusta verte así, y ya está. Punto. Y luego te cambias para ir a trabajar con el señor Manuel. Las cosas no han cambiado, Sabine. En casa, te pones el uniforme de criada a todas horas.


Ahora mismo, para limpiar antes de irte a dormir. Y bien maquilladita, no quiero adefesios. Y quiero las reverencias como siempre. ¿Está claro? Fin de la conversación. -Sí, Ama. -Venga, a trabajar, que es tarde. Y no hagas ruido, que eso sí me hace enfadar. Ah, lo que sí tendremos que hacer es comprarte otro uniforme, porque ese empieza a estar ya un poco desgastado. A ver si el sábado nos da tiempo y vamos a una tienda de uniformes. Necesitarás al menos dos más, me parece. Gris y rosa, para completar. -Sí, Ama. -Muy bien, hasta mañana. ¡Que disfrutes! –dijo sonriendo abiertamente. Me puse el uniforme, con la peluca, todo lo rápido que pude. Mi Ama me había dejado galletitas de perro, con forma de hueso, en la escudilla de comida y naturalmente tuve que comérmelas todas. A pesar de que fui a tope, empecé mis tareas y no pude terminar antes de las tres, porque Mi Ama es muy exigente y cuando quiere me hace la “prueba del algodón” con la limpieza, que supone, en caso de no pasar la prueba, un mínimo de treinta azotes en el culo. Y con la ropa, peor todavía. Tiene ropa interior delicada y además yo no sé mucho de manchas, lo que me obliga a frotar mucho y a veces a desesperarme por no encontrar solución.


Mancha que no se va significa otros treinta azotes, y ella mira minuciosamente la ropa que yo le lavo. Por fin, a las tres, después de tender la ropa en un tendedero interior que por suerte no me obligaba a salir al balcón, pude ponerme mi pijama de Hello Kitty, estrenar la crema en el rostro e intentar dormir. Al día siguiente, a las seis sonaba el despertador, y empezaba otro nuevo día agotador. Le preparé el desayuno a Mi Ama, que sólo me dirigió la palabra al final: -Hoy no me ha gustado cómo te ha quedado el café. -Lo siento, Ama. Lo he hecho como siempre. -No me respondas, Sabine. Ahora no tengo tiempo, pero esta noche tendré que castigarte. Parece mentira, pero cada día haces las cosas peor. No tenía ni idea de qué podía haber hecho mal; simplemente, Mi Ama se levantaba de mal humor, como todo el mundo cuando tiene que ir a trabajar. Y así se despidió de mí a las siete y media: -Ay, qué ganas tengo que no tener que trabajar. Pero pronto llegará ese día… A las siete y media salí corriendo para ir al primer trabajo. Me vestí con el peto vaquero y la camiseta negra, que fue lo que me pareció menos llamativo. Tuve que colarme en el metro, como el día anterior, y me caí al hacerlo, lo que añadió un dolor de rodilla a mi cuerpo maltrecho. El señor Manuel me estaba esperando para subir la persiana del bar. -¿Dónde has dejado la rosita esa que llevabas al cuello? –me dijo con lo que él entendería como picardía.


En casa, señor Manuel. -Pues mañana te la pones. Y te pones perfume, hombre. Que ayer olías bien. -Sí, señor Manuel. Me puse un delantal negro largo que disimulaba un poco el sostén. Hubo unos momentos de silencio antes de empezar, en los que temí al jefe. Pero, por suerte, para mí, no tenía ganas de azotes ni de mamadas. Por suerte, también, el jefe me dejó solo en el bar varias horas, en el horario de menos clientes, lo que me permitió relajarme y alimentarme un poco, aunque sin pasarme, por si acaso me descubrían: café, leche, zumo, medio croissant que dejó una clienta, media tapa de bravas y alguna cosa más que me sirvió de reconstituyente. Luego llegó la hora del menú, ayudando a un cocinero extranjero que no era tampoco muy amable y que tenía tan pocas ganas de trabajar como yo. Me tocó servir las mesas y lo hice bastante mal. Me equivoqué varias veces y tuve que pedir perdón de muchas maneras. El señor Manuel, que se puso a mirarme desde la barra, con más tranquilidad, me hizo un gesto para que me acercara. -Mariquita, o estás más atento, o mañana te vas a enterar. -Perdón, señor Manuel. -Y sonríe, idiota, pon buena cara. -Sí, señor Manuel. Comprendí lo duro que es ese trabajo (yo, que siempre me he dedicado a cosas “intelectuales”). A las seis, después de recoger las mesas y fregar los platos, sin haber comido nada más, intenté decirle al señor Manuel que me tenía que ir: -Señor Manuel, si no hay nada más, tengo que irme. -No tengas tanta prisa. Deja el lavabo limpio.


Pero limpio de verdad. -Sí, señor Manuel. Limpié por cuarta vez el lavabo y se me echó el tiempo encima para llegar a tiempo al segundo trabajo. El señor Manuel me había dejado sobras de la comida envueltas en papel Albal. -Toma, ¿quieres llevarte las sobras? Tenía tanta hambre que dije que sí. Salí a la calle y busqué un rincón discreto donde comer con los dedos. No había mucho más que huesos de carne mordisqueados, algunas patatas y algunos macarrones. De ahí, corriendo al metro, colarse de nuevo, evitar a cualquier persona conocida y llegar hasta el banco. La señora Marisa me esperaba con una revista de crucigramas. -Te dije que vinieras cambiado. -Lo siento, señora Marisa, no me ha dado tiempo. -Pues venga, hazlo rápido. Me iba a cambiar dentro del banco cuando vi que había luz en un despacho. Había alguien trabajando todavía, quizá el jefe de la oficina. Me quedé helado. -Señora Marisa, es que hay alguien trabajando… -Por eso te dije que vinieras vestido, para que no pasara esto. Anda, cámbiate en el lavabo. Me puse la ropa de limpiadora y empecé el trabajo. La señora Marisa hizo como que también trabajaba, pero en realidad me dejaba todo a mí. A las nueve, me llamó: -Anda, guapo, ve a traerme un café con leche, que me estoy durmiendo. Buscó en su monedero y me dio unas monedas.


Ve al bar de aquí al lado y pide una bandejita, para ir llevando y trayendo cada día los cafés. Así te irán conociendo. La señora Marisa me dio la espalda y yo esperé que cambiara de opinión, pero no iba a ser así, desde luego. -¡Vamos! ¿A qué esperas? Roja como tomate, salí del banco y entré al bar temblando. -Hola, qué tal… -dije estúpidamente al camarero, que me miraba el sostén que, a pesar de ser blanco, se intuía por debajo de la blusa rosa-. ¿Me pones un café con leche para llevar? ¿Tienes una bandejita? Te la traigo luego. -Sí, claro –dijo el camarero, y se fue a susurrar algo con un cliente. No había mucha gente, pero todos me miraron y me sentí profundamente avergonzado: el uniforme de limpiadora era imposible de disimular. Sonó el pitido del WhatsApp: “Cómo vas, imbécil”.”Bien, Ama”. “El viernes he quedado con Blanca y David para cenar. Ya les he explicado el tema”. Lo que faltaba. ¿Qué significaba cenar con Blanca y David? Nada bueno. Blanca siempre me había parecido una chica amable y respetuosa, pero de David nunca me fié, y lo cierto es que tenía un cierto tono machista en su actitud diaria. Llevé el café a la señora Marisa, que ni siquiera me dio las gracias, y seguí trabajando.


El director del banco salió mientras yo vaciaba las papeleras y se despidió sin prestarme apenas atención, por suerte para mí. A las diez y media había terminado, pero la señora Marisa se dedicó durante media hora a repasar todo mi trabajo. Sin broncas, pero también sin dejar pasar ni una. -Bueno, ya está bien por hoy –dijo, finalmente, a las once en punto-. Devuelve la bandeja en el bar y hasta mañana. Dentro de lo que cabía, el día no había sido demasiado duro, y parecía un ritmo de vida cansadísimo, pero soportable, a pesar de no poder masturbarme. Por supuesto, me equivocaba a la hora de ser tan “optimista” sobre mi vida de sumiso. Llegué todo lo rápido que pude a la casa de Mi Ama, que me esperaba ya en pijama. No tuve tiempo de cambiarme de ropa. -A ver, Sabine. Me ha llamado la señora Mercedes. Hoy volvía de un viaje. El vuelo se ha retrasado y llega cansada y de mal humor. Ve rápidamente al aeropuerto y la ayudas en todo lo que necesite. A la terminal nueva. No me esperaba algo así y mi cara debió indicarlo, porque Mi Ama me soltó un guantazo de los suyos. -¿Por qué pones esa cara? ¿No te gusta ayudar a la señora Mercedes? -Sí, Ama. Perdón, Ama.


Buscó en su bolso un billete de cincuenta euros y me lo entregó. -Quiero el recibo del taxi y el dinero de vuelta. ¡Vamos! ¿A qué esperas? Yo seguía con el uniforme de limpiadora. -Ama, ¿puedo cambiarme? Me soltó otro guantazo. -Ponte de rodillas y escúchame con atención –lo hice inmediatamente-. No me hagas perder ni un minuto más. Te vas así como estás y se ha acabado el tema. Y no vuelvas a hacer preguntas estúpidas. Llévate unas cuantas galletitas para cenar por el camino. ¡Al aeropuerto, ni más ni menos! Aunque era tarde, podía haber muchísima gente allí. Y yo vestida de limpiadora, con una blusa rosa y un pantalón que dejaba adivinar mis bragas. Mi Ama me dio las llaves por si llegaba tarde (yo nunca tenía llaves de la casa) y se dio la vuelta para dedicarse a sus cosas. Yo cogí algunas galletitas de perro, las puse en un bolsillo de la camisa y salí a buscar un taxi. En la oscuridad de la calle, los taxistas no se fijaban mucho en mi aspecto ridículo y no me costó demasiado encontrar uno. En poco más de media hora estaba en el aeropuerto. Aunque era medianoche, había aún mucha gente por el recinto.


Me situé en el vestíbulo de llegadas, y me dispuse a esperar, junto a otras cuarenta o cincuenta personas. Una mujer de la limpieza pasó la mopa cerca de mí y yo intenté que nuestras miradas no se cruzaran: la verdad es que de tanto mirar al suelo durante todo el día ya empezaba a dolerme el cuello. Al cabo de una media hora, por fin apareció la señora Mercedes, empujando un carro. Vestía estupenda, con unos vaqueros ajustados y unas botas con buen tacón. En cuanto me vio soltó el carro y yo fui corriendo a cogerlo. La señora ni siquiera me saludó. -Deja el carro y coge las maletas. Voy a tomar algo en la cafetería. -Sí, señora. Eran dos maletas, por suerte con ruedas las dos. La señora, sin prestarme atención, se dirigió a la única cafetería abierta de la terminal y yo la seguí cargando las maletas. Ella estaba imponente con el ruido de sus tacones y eso llamó la atención sobre nosotros. La señora pidió en la barra una cerveza y un par de montaditos y se sentó a comerlos con toda tranquilidad mientras miraba el móvil. Yo esperaba detrás de ella de pie, con las manos en la espalda y la mirada baja. Sólo a los diez minutos se giró hacia mí con cara de asco: -Hueles mal. Hueles a sobaco. Qué asco. Salí a trabajar 18 horas antes, había corrido bastante y no me había duchado, por lo que posiblemente la señora tenía algo de razón.


Lo siento, señora. -Tengo un día malo y tú encima me pones de mala hostia. -Lo siento, señora. -Me dan ganas de darte dos bofetadas aquí delante de todo el mundo. Imbécil. -Lo siento, señora. -“Lo siento, lo siento”. ¿No sabes decir nada más? -No, señora. La señora comía y me insultaba en voz baja, de modo que nadie le escuchaba, o eso creía: -Imbécil… cretino… idiota. Abrió el bolso y empezó a rebuscar dentro, hasta que cayeron al suelo un par de papeles. Ella se dio cuenta perfectamente, y no tuvo que decir ni una palabra, sino sólo mover un dedo. Me agaché y recogí los papeles antes de que los pudiera pisar otra clienta de la cafetería. -Me gusta cómo vienes vestida. Se te nota el sostén. Y el cinturón de castidad también se nota un poco. Parece que tienes paquete, aunque sabemos que no es así ¿verdad? -Sí, señora. -Estás dando la nota y haciendo el ridículo. -Sí, señora. -A ver cuándo Marta te hace agujeros para los pendientes. Seguro que ya se le ha ocurrido. Por si acaso, se lo recordaré ahora con un mensajito. Y piercings. Y tatuajes. Te vamos a tatuar la palabra imbécil. O puta. Ah, no, ya sé lo que vamos a hacer: te vamos a tatuar ropa interior de mujer: sostén, tanga y liga. Eso sí estaría bien.


No crees? -Sí, señora. -Anda, vámonos. Tengo ganas de llegar a casa. Qué cansancio, todo esto. Dos horas de retraso. Estoy harta de aviones y de cargar maletas de aquí para allá. Hay que ver; no son horas de llegar. No hay derecho. Se puso en marcha después de pagar y yo la seguí con las maletas. Fuimos a la parada de taxis; yo hablé con el taxista y abrí la puerta a la señora, cosa que percibió el taxista, por supuesto. En el viaje, la señora empezó a preguntarme para ponerme en evidencia: -¿Cómo va el trabajo, Sabine? -Bien, señora. -Por las mañanas en el bar, ¿no? ¿Y por las tardes? -Trabajo en una empresa de limpieza, señora. -Muy bien. ¿Y te gusta el trabajo? -Sí, señora. Por suerte, no insistió más, porque el taxista empezaba a estar perplejo. Llegamos por fin al portal de su casa. Bajé las maletas y la señora empezó a quejarse: -¡Por fin en casa! Qué ganas –echó un vistazo aparentemente distraído a sus botas-. Uy, qué sucias tengo las botas. ¿Verdad? -Sí, señora. -Ahora me las limpias. -Sí, señora. -Con la lengua y sin usar las manos, ya sabes. Que brillen. A ver, haz una prueba. Haz una prueba ahora. Estábamos en la calle, de madrugada, y no se veía a nadie, pero tampoco tuve tiempo de asegurarme. Me arrodillé, crucé las manos en la espalda y empecé a lamer las botas mientras la señora encendía un cigarrillo. Algunos coches sí pasaron y seguramente me vieron en esa tarea de lo más ingrata, aunque debo admitir que las botas eran elegantes y sexys. -Venga, de momento ya está.


No sea que aparezca un vecino. -Sí, señora –dije, e intenté ponerme de pie.- -¡Espera! Quédate de rodillas y abre la boca. Así lo hice, y la señora me echó la ceniza del cigarrillo sobre la lengua. Por suerte, había intuido lo que iba a hacer y salivé lo suficiente como para que el efecto de la ceniza fuera leve y no demasiado asqueroso. Abrió la puerta y entré cargando con las maletas. Había ascensor, y la señora me permitió usarlo. Pero en cuanto se cerró el ascensor me soltó un bofetón, y dos pisos después otro. -Imbécil, me pones enferma con tu cara de estúpido. Amagó con darme otra bofetada y yo cerré los ojos, en previsión, lo que pareció divertirle bastante. El ascensor ya se había detenido, pero ella parecía furiosa y no quería salir de la cabina. Empezó a tirarme de una oreja y al mismo tiempo me dio con la rodilla, sin mucha fuerza, en el cinturón de castidad. -Maricón, me gusta joderte y putearte. Un día de estos te voy a follar, ¿eh? Vete preparando. Me voy a poner una polla, me la vas a chupar en la calle y luego te follaré hasta que me canse. ¿Verdad que te gusta ser mujer? Pues así sabrás lo que se siente. Hablaba disfrutando de cada palabra. Me soltó la oreja, pero antes de abrir la puerta del ascensor noté que respiraba profunda y ruidosamente, bajándose los mocos, para lanzarme un escupitajo espeso y largo, que me cayó en todo el ojo. -Ni se te ocurra limpiarte, cabrón. Salimos finalmente, yo con su saliva bajando por la mejilla.


Abrió la puerta de la casa, me dijo donde debía dejar las maletas y fue a su dormitorio a cambiarse. Yo esperé en el comedor, ya agotado y estresado por todo el final del día, pensando en cuánto podría dormir y lo que me esperaba al día siguiente. ¿Podría aguantar ese ritmo mucho más? Probablemente no, pero sentir el dominio de esas mujeres sobre mí era un éxtasis permanente, una emoción que nublaba mis sentidos. Todo el resto del universo parecía irrelevante. Unos minutos después, la señora Mercedes apareció en el comedor, con una camiseta negra de tirantes y unos shorts deportivos también negros. Pensé que se preparaba para ir a dormir. Fue a la cocina, se sirvió un refresco y lo bebió tranquilamente en el sofá. Yo seguía en lo que Mi Ama llama Posición de Respeto, sin apenas mover un músculo, con las manos en la espalda y la baba mucosa de la señora Mercedes secándose lentamente sobre mi rostro. Cuando acabó de refrescarse, la señora Mercedes me miró durante unos tensos segundos, hasta que respiró hondo y soltó las palabras que más temía yo: -Como comprenderás, no te vas a ir todavía. He tenido un día duro y tengo que pagarlo con alguien. Tu ama Marta es muy blanda contigo, en mi opinión. Se pone muy maternal porque todavía te tiene cariño de amiga. Yo no.


A mí no me importas nada. Ni te conozco ni te quiero conocer. Es más, me das asco. O sea que desnúdate, cabrón. ¡Ya! Comprendí que la noche aún no había terminado. Me quité la ropa y la dejé en el suelo. Mientras, la señora sacó de un cajón los utensilios de castigo y empezó a hablar sola: -A ver, a ver, qué vamos a hacer hoy… ¿fusta o látigo? Mmm… No sé. ¿Culo o espalda? Empezó a practicar en el aire con los dos instrumentos, mientras observaba mi debilidad. -Tengo ganas de látigo, francamente –me miró dubitativa-. Sí, decidido. Látigo. Cogió una mordaza de bola negra. -Abre la boca. No quiero chillidos, que es tarde. La bola era de tamaño grande y me la ató concienzudamente por detrás. Mi Ama normalmente no utiliza mordazas, para que yo pueda utilizar la contraseña de seguridad si hay algún problema. Con la señora Mercedes, no había esa opción y había que confiar en que ella sabría detenerse. -A ver, di algo. Balbuceé “sí, señora” y salió un sonido ridículo. -No entiendo lo que dices, idiota- dijo riéndose-. Hablas como un imbécil. Me esposó las manos por delante y se puso firme, frente a mí, con el látigo de colas en la mano. -Esto lo voy a disfrutar. Las manos en la nuca. Obedecí. Movió la mesa de centro del comedor para ganar espacio y me soltó el primer latigazo en el costado.


Quédate quietecito y no te muevas. Empezó a dar vueltas a mi alrededor azotándome por todos los lados, veinte veces, por lo menos. Cuando se cansó de dar vueltas y vio mi piel enrojecida, empezó a hablar: -No está mal para empezar. Se fue a la cocina, supuse que a beber agua, y regresó para ponerme de rodillas. Me bajó la espalda para acercarme la cabeza a las rodillas. -No te muevas ni un pelo. Y empezó la segunda sesión de azotes en la espalda y en el culo, que duró un buen rato. Espalda y culo, espalda y culo, culo, culo, culo, y luego espalda, espalda, y así sin poder predecir el golpe. Empecé a retorcerme de dolor y a suplicar entre gemidos. La señora Mercedes, en cambio, se lo pasaba en grande, y entre azote y azote a veces me daba palmaditas, me masajeaba el pelo o me rascaba la piel con las uñas. -¿Quieres más? –me preguntó. Yo negué con la cabeza. -A ver, convénceme. Dime por qué no debería azotarte más. Intenté decir algo, pero ya sabía que sólo era un motivo para que ella se burlara más de mí. -Como no he entendido lo que decías, seguiré un poco más. Dio diez azotes más, hasta que escuché que empezaba a jadear. -Bueno, ya está bien por hoy. Quiero irme a dormir.


Has tenido suerte. El escozor era enorme, y tenía totalmente marcado el culo. Me quitó la mordaza y las esposas y me obligó a besar sus zapatillas en señal de gratitud. -¿Qué se dice, cabrón? -Muchas gracias, señora. -Anda, vístete y vete a tu casa. El sábado vienes aquí, ¿verdad? -Sí, señora. -¿A qué hora? -A las doce, señora –respondí mientras me ponía el sostén, con cuidado, porque la espalda seguía escociendo, aunque no había nada de sangre. -Perfecto. Te daré trabajo de sobras. ¿Y el domingo ya sabes qué tienes que hacer? -Sí, señora. Voy a casa de la señora Pepi para lo que ella necesite. -Y ya sabes lo que necesita, ¿verdad? -No lo sé, señora. Supongo que limpieza, señora. -Uy, no, qué equivocado estás. A Pepi le encanta limpiar, no quiere que la ayude nadie. No es como nosotras. No quiere una criada, y tampoco quiere soltar tensiones como yo… -Sí, señora. -No sé si debería contártelo ya, pero es que me muero de ganas de ver tu cara de imbécil. ¿Sabes qué es lo quiere Pepi? -No, señora. Me estaba poniendo el pantalón y la señora Mercedes se acercó a susurrarme al oído. -Lo que quiere mi amiga es… un perro. Quiere un perrito para entretenerse los domingos. Para pasar todos los domingos con su mascota. Y tú vas a ser el perro.