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Pactar con el diablo

Te encontrabas perdida en un mundo de taimadas traiciones, de desconfianzas, de miedos e incertidumbres, de sueños que no se cumplían, deseos rotos olvidados en un cajón sin llave. Deambulando de un lado a otro por tierras baldías, tan insatisfecha como endurecida por amargas experiencias, aquel largo viaje tiñó tu esencia de dolor y perdida, tu carácter se hizo difícil, te hiciste más esquiva e inalcanzable, pero también te sentiste más sola. A través del tiempo y el espacio, en la curvatura de las galaxias, entre nebulosas y cinturones de estrellas titilando, hay una pequeña ventana sesgada en el tejido de la realidad. La mirada de unos ojos insondables siguieron cada paso, cada batalla librada, cada llanto amargo, vigilante, sabiendo que algún día aquella pequeña alma sería suya, a la que dotaría de voluntad para satisfacer sus caprichos y sus necesidades más profundas, alma que le rescataría de aquel insondable abismo en la nada más absoluta para reinar de nuevo.


Mi inocencia y mi bondad, las sonrisas de niña pequeña feliz y buena, la malicia y el vicio escondidos tras tus labios, el fuego en cada beso, ángel caído a mis pies, perdida para ser guiada por mi firme mano a tu dulce condena. Mi fruto del Eden, mi pequeño pecado vestido de azul, tu inocencia y tu levedad desnudas a mis ojos, en sinuosos movimientos mis manos se pierden en cada curva, en cada pliegue de tu piel, Mis lapsos de tiempo mejor invertido, alrededor las caras de una multitud que se desdibujan, los sonidos que no oigo, el hambre que se olvida, el deseo de morderte, de marcarte, de hacerte Mía, Mía, juguete en unas manos que te moldean, en cada azote, tu piel erizada, tus pezones imantados a mis labios y mis dientes, mis dedos que entre tus piernas se pierden, y tu sexo siempre húmedo, Tu mayor anhelo, tu profundo deseo, tus perversiones jamás soñadas, firma con tu sangre y seré Tuyo, Tu Dueño. Aquellas letras rezaban escritas con tinta roja brillante sobre un pergamino que parecía tener incontables eras y que había sido traído por el viento hasta sus pies.


La muchacha lo sostuvo y lo leyó, resguardada de las inclemencias de aquella tormenta que se aproximaba implacable hacia su pequeña cabaña perdida en mitad del bosque. Las palabras de aquel ser que no era, confinado en una prisión más allá de los límites de la realidad que pudiera concebir un ser humano la inquietaron al principio. Eran promesas de algo que no terminaba de entender pero que la atraían peligrosamente y con una sinceridad y una verdad que jamás había visto en nadie. Y finalmente se decidió a cerrar aquel pacto. Su sangre se escurrió de la palma de su mano en un fino reguero que bajó lento por su muñeca mientras la apretaba cerrada para que manara. Las gotas se fueron agolpando en su muñeca oscilando cada vez más pesadas por la concentración y como si fuera a cámara lenta cayeron, cayeron firmando aquel poema mientras un trueno hizo retumbar los cristales y la tormenta se desataba sobre su techo convocando entre luces y relámpagos a su destino ya encarnado.