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Cerda agradecida

Hola, señor. Escribo esto porque me lo ha ordenado, pero también porque me causa un gran placer ser suya y estar a su completo servicio. Soy su cerda, como ya sabe, y ese es el papel que tengo en la vida. Aunque desde los trece años usted me estuvo entrenando para convertirme en su objeto de uso y disfrute, no fue hasta los dieciocho cuando pude tomar legalmente las riendas de mi destino y entregarme por completo a esta vida tan satisfactoria. He aprendido a obedecerle sin límites y a darle todos los caprichos. Me gusta todo de usted y cada día que pasa me siento más dichosa. He tenido la suerte de conservar mi cara de niña y poseer un cuerpo como los que le gustan a usted, delgado, manejable, y con un par de tetas muy grandes. Mi salud es excelente y supero sin ningún problema cualquiera de las pruebas y humillaciones a las que me somete. Pero también tengo una personalidad que se adapta a sus prioridades. Soy inteligente, reflexiva, obediente y discreta.


Usted es maravilloso y para mí, además de ser mi amo, es mi maestro, mi padre, mi consejero y mi guía. Controla todas mis acciones y mis pensamientos, produce en mí todos los sentimientos de amor y respeto, permite que le cuide y le ofrezca todas las cosas que le gustan. Yo, por mi parte, obtengo el máximo placer que puedo concebir: darle placer a usted. Me ha enseñado que todas las cosas que le hacen feliz me afianzan en mi unión con usted. Así, por ejemplo, mientras usted descansa o se dedica a sus asuntos particulares, yo no dejo de contactar con posibles perras para su uso y disfrute. El mundo es muy grande y ya estamos todos conectados, así que no tengo problema en surtirle de muchachas que acaban encantadas con su trato y permanecen en su círculo de amistades. Como yo soy la que se encarga de esta labor, como secretaria y gestora de sus encuentros, me siento orgullosa de poder darle ese servicio, que me complace tanto como a usted, mi amo. No voy a negar que tengo tendencias masoquistas, porque me gusta que usted me azote, me abofetee y me golpee siempre que quiera. Me siento bien así, asumiendo mi condición de esclava para todo. Y usted puede dar rienda suelta a sus instintos sádicos, con la seguridad de que me hace feliz complacerle.


Es un honor poder ser violada en cualquier momento por un amo tan magnífico, poder humillarme hasta asumir sin ninguna duda que soy un animal, una cosa para usted. Me gusta que me llame cerda, claro, porque es la palabra que más se adapta a mi condición. Nunca tengo suficiente: bebo todas sus meadas, sin dejar una gota, como usted me ha enseñado. Trago todas sus corridas, y lamo cualquier resto que se pueda escapar. El cordón de mi gancho de nariz pasa bore mi cabeza y termina en un consolador anal, que me obliga a arquearme de dolor placentero. Al principio me pareció raro que me colocara ese gancho para follarme la boca, pero debo reconocer que así respiro mejor y estoy mucho más acorde con mi condición de cerda arrastrada. Lo mismo pasa con los aros que me hizo poner en los pezones, que me dan un aspecto mucho más animal y esclavizado. Cuanto más me degrada, más contenta estoy de servirle. Todas estas cosas las ha conseguido usted conmigo gracias a su paciente educación y a sus sabios castigos. He aprendido que combinar el dolor y el placer es multiplicar el placer. Sé que cada bofetón que recibo pone su polla más dura, y eso le servirá para golpear mejor mis entrañas al follarme.


Soy completamente dependiente de usted y de su polla, y eso es lo mejor que me puede pasar, porque no puedo concebir ser más feliz. Cada arañazo, cada mordisco que recibo de usted deja una marca que demuestra su propiedad sobre mí. No sé lo que es ser una puta, pero sé muy bien lo que es ser su puta, señor. Se trata de comportarme, sentir y vivir exclusivamente para su servicio sexual, además de proporcionarle todas las comodidades que me sea posible. Y en cuanto a la obediencia, sé muy bien que obedecer sólo es cierto cuando se hace ciegamente, sin condiciones. Y así es como yo lo hago para usted. Sé que yo soy su principal perra masoquista, su querida cerda, pero no debo acaparar todo su tiempo, y así lo hago. Las chicas que le consigo con su permiso son también perfectos depósitos de semen y magníficas receptoras de sus caricias y sus humillaciones. Siempre que me autoriza le ayudo a entrenarlas y acaban aprendiendo a ser sus zorritas. Esas chicas son como usted requiere: jóvenes, bonitas, de pechos grandes para azotarlos mejor, y de temperamento maleable, perfectas sumisas. Pronto saben que todos sus agujeros están a disposición de usted, que no hay como plegarse a todos sus caprichos para recibir el mayor de los placeres. Si me lo permite, diré que algunas son mejores en tragar su meada, otras en abrir su culo para usted, otras en comerle la polla, pero yo llevo tanto tiempo a su servicio que aúno todas las virtudes de cualquiera de las demás.


De hecho, yo ya sé de antemano que debo estar desnuda si no hay orden en contra, que no puedo correrme si no es con su permiso, que debo descansar siempre a los pies de usted, mi amo, que mi comportamiento debe ser el de una mascota, comiendo en el suelo, que no puedo hablar sin su autorización… Todas esas pequeñas normas de la casa que cumplo a rajatabla y que me siguen excitando como el primer día. Mi melena es para que usted la agarre cuando me folla la boca. Con ella limpio cualquier resto de fluido que queda en su cuerpo, tras lamer todo lo posible. Mis grandes tetas son su almohada si lo requiere. Mi espalda es para su descanso, mis manos para servirle, vistiéndole, dándole de beber o de fumar, masajeándole, sosteniendo sus cosas, o usadas como apoyo cuando me desplazo a cuatro patas. Mi collar permanente es el adorno que necesito para recordar siempre que soy de su propiedad, con esa placa donde pone “cerda”, tan merecida. También me encanta cuando usted me ordena vestirme como le gusta. Siempre queda satisfecho de mi estilo, y me sonrojo ilusionada cuando me lo dice. Son cosas sencillas, como mis vestidos minúsculos, que aprietan y levantan mis enormes tetas, dejándolas casi fuera del escote. O los altísimos zapatos de tacón que he aprendido a calzar con soltura, y que le dejan mi culo y mi coño a la altura perfecta para que me use.


Me alegra tanto cuando decide sacarme a pasear… Si es de noche, solemos ir a un parque cercano, donde puedo ser yo misma, yendo a cuatro patas atada con la correa a mi querido collar. De día camino de su brazo, levemente detrás de usted, y sé que se siente muy satisfecho con las miradas de la gente. Pero lo que más orgullosa me hace sentir es saber siempre cuáles son las nuevas perras que más le van a gustar. Como cuando le encontré a las pequeñas gemelas y a su madre, tan dulces las tres. Casi se vuelve usted loco de alegría. El primer contacto fue con la más viciosa de las chicas, a la que yo iba contando mi vida por chat. Ella se enganchó a mis relatos, hasta que le propuse conocerle a usted. ¿Recuerda? Quedamos en una cafetería y se sentó a la mesa frente a nosotros dos. Hizo cada cosa que usted le ordenó, sin rechistar. Llevaba las pinzas en los pezones, la minifalda sin bragas y las coletas. Se corría automáticamente, obedeciendo a sus palabras. Habíamos encontrado un tesoro.


Cumpliendo sus indicaciones a rajatabla, al día siguiente vinieron a casa las tres. Su hermana y su madre estaban a la defensiva, pero pronto se dieron cuenta de que si se portaban bien era mejor para todos. Al menor gesto de rebeldía, la madre recibía una buena bofetada que la mantenía en su sitio. Primero empezó usted, pero luego todas teníamos permiso para pegarle, incluso sin ningún motivo. Acabó pidiendo su ración de bofetones, que le mantenían mojada y predispuesta. La hermana estaba feliz, porque a través de la sumisión a usted podía abusar de su madre cuanto quería. Esa mujer fue nuestro juguete, cada vez más degradada. No parecía tener límites. La usábamos como cubo de la basura, como taza de wáter, como saco de boxeo o para cualquier servicio doméstico. Acabé cogiéndole mucho cariño, casi como si fuera mi propia madre. Hasta que un día las tres desaparecieron. No volvimos a verlas. Pero usted es sabio y supo escoger las mejores sustitutas para remplazarlas. Nuestra vida continúa plácida y feliz. Solo deseo que todo siga igual, a sus pies, los pies del mejor amo posible.