Bienvenidos

Gracias por elegirnos, enterate de mas novedades siguiendonos en las redes sociales.

Si no pueden quererte

La sensación de despertar al lado de Mariano fue tan placentera como emocionante. No me había sentido tan vivo en mucho tiempo. Percibir el calor de su cuerpo tan cerca fue sumamente agradable. Desde nuestro primer encuentro en el escampado, nuestra furtiva relación se había convertido en algo de lo más intrincado, una parte de mí se negaba a admitir que podía querer a otro hombre y como respuesta a ello atravesaba puertas prohibidas para tratar de negar lo evidente. La simple idea de imaginar que podía perderlo, bastó para que aclarara mis sentimientos de una vez por todas, comprendiera que ya era hora de dejar de hacer el imbécil buscando respuestas en el sórdido mundo del sexo y me enfrentara a la realidad: enamorarme de él fue lo mejor que me había ocurrido en mucho tiempo. Nunca antes había estado tan a gusto con alguien. Nunca nadie había sabido enamorarme como lo hacía él. Dicen que la felicidad es algo tan voluble que si su tren para ante nosotros, hay que subirse a él sin dudar, pues quizás no vuelva a pasar otra vez. Aunque sabía que mi sitio en este mundo debería estar junto a él, todavía una parte muy íntima de mí no se atrevía a aceptar esa realidad y no dejaba de dar cabezazos contra el superfluo muro de guardar las apariencias.


Dos preguntas tintineaban en mi cabeza aquel día (y lo sigue haciendo hoy) “¿Seré capaz de aceptar los dimes y diretes de la gente cuando inevitablemente todo salga a la luz? ¿Podré mantener esta doble vida mucho tiempo sin volverme loco?” Aquellas preguntas ni tuvieron respuesta entonces, ni la han tenido ahora. Aquel quince de Agosto, al igual que hoy, me sentía preso de mi encorsetada existencia y sabía que la persona que más anhelaba, por mucho coraje que me diera, más tarde o más temprano tendría que vivir su vida, dejaría de estar ahí para mí y lo peor era que, llegado ese momento, sería lo mejor para él, por lo cual tendría que resignarme y aceptarlo. Mi aparición en su casa por sorpresa no le gustó ni un pelo. Él, tras mi inesperada declaración, temía que terminara haciendo alguna tontería, lo que él ignoraba es que todo el valor del que hago acopio para enfrentarme a los delincuentes, no lo tengo para hacerlo con Elena y mi familia. Por lo que única memez que tiendo por hacer, es ocultarle a todo el mundo el amor tan grande que siento por Mariano y comportarme con él delante de todos como si solo fuera el buen amigo que es.


Cada vez que medito sobre lo mal que lo paso escondiendo mi realidad a mis más allegados, no puedo más que solidarizarme con él, ¿cómo se soporta una vida negando lo que eres a la mayoría de la gente? ¿Cómo se hace para conciliar la religión con una identidad sexual a la que muchos miembros de esta repudian como si fuese una aberración? Máxime con la devoción tan enorme que procesa. Su fe es tan importante para él que, al enterarse de que lo iba a acompañar al día siguiente a ver la procesión de la Virgen de los Reyes, su mirada brilló de absoluta y plena felicidad. Nuestro reencuentro no pudo empezar con peor píe, pero, como siempre que hay buena voluntad, las cosas terminaron aclarándose más pronto que tarde. Fue ver el camino abierto para volver a tener sexo con él y, comportándome como un crio caprichoso y egoísta, lleve a cabo aquello que traía en mente: una sesión de sexo duro. Le vendé los ojos, lo até a la cama y le introduje en el ano el aparato fálico que le compré en un sex-shop de Torremolinos. Tras perpetrarle todas esas impudicias, su actitud hacía mí no cambió, sino que se mostró muchísimo más receptivo, con lo que tuve claro que los sentimientos que nos unían era de los más fuertes. No sabía si lo que hacíamos era reprobable e inmoral, pero de siempre había oído que cuando la puerta de una alcoba se cierra, lo que ocurre tras ella, solo incumbe a quienes están dentro.


Él había aceptado mis sórdidos juegos y era lo único que me bastaba. Circunstancia que hacía que lo quisiera aún más y mi dependencia de él fuera en aumento. Lo de quedarme a dormir aquella noche en su casa, fue un añadido más. ¿Cuánto tiempo hacia que la compañía de alguien no me hacía tan dichoso? No lo sé, simplemente sé que el despertar de aquella mañana no lo cambio por nada de lo vivido con cualquier mujer con las que he estado a lo largo de mi vida. Aproximé mi nariz a su cuello y aspiré su aroma. Emanaba un fuerte olor, limpio y agradable, pero tan profundo que te empapaba las papilas olfativas. Paseé mi boca por sus hombros y los mordí tímidamente, pegué mi pelvis a sus nalgas e irremediablemente tuve una erección. Mariano al sentir la dura prominencia contra el canal de sus glúteos comenzó a despabilarse. Eché uno de mis brazos alrededor de su pecho y lo apreté contra mí. Pese a que el cuerpo masculino nunca me había llamado la atención, sentir la dureza de sus brazos y de su tórax hizo que mi verga se pusiera aún más dura. Sin pensármelo, lo besé repetidamente en el cuello. Como la princesa del cuento, mi amigo fue despertándose al contacto de mis labios. Se desperezó un poco y, zafándose levemente de mi fuerte abrazo, volvió la cabeza hacia mi lado de la cama.


Buenos días —Dijo esbozando una dulce sonrisa en sus labios. —¡Buenos días! —Respondí aprisionándolo suavemente y uniendo mi boca con la suya. Ninguno de los dos pronunciamos palabra alguna, pues no hizo falta, era tanta la alegría que bullía en nuestros rostros que ambos supimos con seguridad lo bien que se encontraba el otro. Durante un momento llegué a la conclusión de que días como aquel no debían ser algo especial, sino lo ordinario y cotidiano, pues los meses pasan rápido y los años también, la vida transcurre fugazmente y al final solo nos quedan los momentos buenos como aquel. Tuve la sensación de que Mariano pensó algo parecido, pues una pizca de tristeza enturbió su mirada. No obstante, como si no quisiera pensar en ello y simplemente quisiera vivir aquel instante al máximo, atrapó mi barbilla con los dedos y me propinó un prolongado beso. Antes de que nos quisiéramos dar cuenta mi cuerpo se había entrelazado con el suyo y parecía que buscaran fundirse en uno solo. Me tendí sobre él y comencé a friccionar nuestros sexos, tuve la sensación de que mi erección fuera una especie de enfermedad contagiosa, pues su miembro viril se puso igual de tieso y duro que el mío. Posé mis manos sobre las suyas, sin intención alguna las comencé a apretar y terminé aprisionando sus dedos entre los míos. De manera natural volvió a surgir el macho dominante que albergaba en mi interior y dejé que fuera él quien marcara mis movimientos.


Me incorporé un poco, para dejar patente mi supremacía, clave mi mirada en la suya y le dije: —¿Dónde está toda tu fuerza ahora? ¿De qué te sirven esos músculos de gimnasio de los que presumes? ¡¿A que no te puedes escapar?! ¡Dime quien manda ahora! Él me sonrió picaronamente, dándome a entender que le gustaba el juego que le proponía. Clavé mis dedos sobre las sabanas, aplastando más aún sus manos. Bajé mi boca hasta su pecho e inicié una ronda de pequeñas mordiditas sobre su abultado pectoral y sobre sus pezones, las cuales fueron acompañadas por unos leves quejidos de dolor. Busqué en su expresión alguna muestra de que me estuviera sobrepasando, pero la única respuesta de mi amigo fue cabecear levemente y suspirar de un modo lascivo. Incitado por la solapada provocación, elevé horizontalmente uno de sus brazos por encima de su cabeza y, a continuación, hice lo mismo con el otro. Cuando tuve ambas extremidades juntas, las anudé con los dedos, hice presión con la palma de la mano derecha para que no se zafara y lo miré desafiante. Él buscó mis labios como si fueran el justo pago por dejarse hacer aquello, yo le di un pequeño muerdo en la barbilla, dándole a entender que no obtendría nada más que aquella pequeña muestra de cariño. Lo que tocaba en aquel momento era sexo cañero y del bueno. Obnubilado por la violencia sexual que bullía dentro de mí, me dejé llevar hacia donde mis instintos me guiaban y proseguí explorando mi lado más oscuro. Tiré de las sabanas y tras envolver sus manos entre ellas, las até a la parte superior de la cama.


A diferencia de la noche anterior, en el rostro de mi amante no había pánico alguno, sola una morbosa expectación ante lo que yo pudiera terminar haciendo. Comprobé que carecía de libertad de movimientos, fue saberlo a merced de todo aquello que a mí se me antojase y mi vergajo vibró emocionado. Sin ninguna sutileza, con la única intención de obligarlo a que me mirase, clavé levemente el pulgar y el índice de mi mano derecha en sus pómulos y le dije en un tono que se aproximaba a lo imperativo: —¡Ahora te vas a enterar de lo que vale un peine! Tu macho va a ser contigo lo que le venga en ganas y no vas a poder hacer nada para evitarlo. Su única respuesta fue morderse en labio sensualmente, dejando entrever que estaba dispuesto a darme todo lo que yo quisiera pedirle (y más…). Con aquella puerta del placer abierta de par en par, volví a hundir mi cabeza en su tórax, y sin ningún impedimento esta vez, mis dentelladas abarcaron mayor superficie de su pecho. Aunque sabía que tenía su pleno consentimiento, procuré no ser más brusco de lo deseable y contuve un poco a la mala bestia en la cual me estaba transformado. La mayor brutalidad que le hice fue aplastar sus pezones entre la yema de mis dedos, lo que propició que gritara de dolor. Una vez me cansé de mordisquear sus tetillas, bajé hasta su barriga. A pesar de no tener las clásicas tabletas de chocolate y tener una ligera capa de grasa cubriéndole los músculos abdominales, la dureza de aquella parte de su cuerpo era más que evidente. Pasé la lengua por su ombligo y el sonrosado capullo de su polla parecía llamarme como si fuera una sirena entonando un canto diabólico.


Deslicé mi mano por su ingle hasta llegar a su entrepierna. Apreté fuertemente sus huevos entre mis dedos y propicié que aquel falo rebosante de lujuria se empinara aún más. Sin dejar de presionar la bolsa de sus testículos, me metí aquel champiñón a punto de desflorar en la boca. Fue sentir el calor de mi cavidad bucal y Mariano no pudo reprimir un largo bufido. Intenté tragármela entera, pero mi inexperiencia salió a la luz, no me había introducido aún ni la mitad y noté una desagradable arcada. Tras recuperarme del pequeño, y nunca mejor dicho, mal trago, chupé aquel erecto pene con todas las ganas y potencia de la que fui capaz, buscando solo la satisfacción de mi amante. Construí en mi cabeza un pequeño catálogo de las cosas del sexo oral que me complacían, de un modo metódico y casi ordenado, me volqué por completo en llevarlas a cabo. Al principio, me tragué aquella dura polla hasta donde pude e imité un poco con la boca el mete y saca del acto sexual. No obstante, preví que, por los jadeos que daba, mi acompañante se iba a terminar corriendo más pronto que tarde, por lo que opté por cambiar de táctica y propiné unas contundentes lametadas al brillante capullo. Cuando me canse de la “piruleta”, paseé la punta de la lengüita por los pliegues del prepucio, aquello pareció volver loco a Mariano, quien incapaz de soportar el baño de placer al que lo estaba sometiendo, estuvo tentado de gritar. Acto seguido, sin dejar de apretar fuertemente con la otra mano sus cojones, lamí el erecto chorizo desde el tronco hasta la punta, no quedó ni un milímetro de él sin regar por mi saliva. Solté sus testículos y me metí uno de ellos en la boca.


Un incontenible gruñido de satisfacción fue la única respuesta de mi amigo. Consecuente con que estaba haciéndolo bien, repetí la misma maniobra con el otro. Tras chupetear la caliente bolsa testicular durante unos instantes, fijé mi atención en la parte de la anatomía de mi amante que me vuelve más loco: su culo. Su duro, redondo y vigoroso culo. Metí las manos bajo sus muslos y lo levanté ligeramente, solo lo preciso para que mis labios se pudieran unir con su delicioso y caliente ojete. Estaba claro que, por mucho que me gustase comerle el nabo, no era comparable a cómo me ponía devorar aquella grieta de lujuria que era su ano. Fue probar su sabor y mi rabo, que hasta aquel momento se había mantenido duro como una roca, comenzó a babear gotas de líquido pre seminal. Devorar lo que para mí era la mejor de las ambrosias y querer meterme en su interior, terminaron convirtiéndose en un mismo pensamiento. Usando mi saliva como lubricante, jugué a meterle uno de mis dedos, dilatado aún por el traqueteo de la noche anterior, se deslizó con facilidad. Probé a meter dos, pero mi amigo me recriminó diciendo: —¡No seas tan bruto! La crema, por si no lo sabes, sigue estando en el cajón de la mesita de noche. Haciendo caso de su ruego, abrí el cajón y cogí el bote de gel.


Unté una pequeña cantidad en el fogoso ojal y procedí a dilatarlo poco a poco. Cuando comprobé que estaba preparado para recibir algo más, abrí un preservativo y enfundé mi cipote en el transparente plástico. Tonteé un poquito a pasear su punta por la raja de sus nalgas, una vez lo consideré oportuno, lo agarré fuertemente por las caderas y empujé concienzudamente para que el gordo capullo comenzará a taladrar su recto. Al principio, a pesar de la accesibilidad de aquel orificio para albergar mi carajo, me costó un poco. Fue traspasar el primer anillo y se adentró con una facilidad pasmosa. Observé detenidamente a Mariano, en su rostro se reflejaba una sumisión absoluta a mi voluntad, pero si escudriñabas atentamente en su mirada, se podía ver que, a pesar de estar atado, a pesar de someterse por completo a mis caprichos, quien tenía el control absoluto de la situación era él. Descubrir aquella paradójica circunstancia, ocasionó que sintiera un breve resquemor deslizarse por mi espalda. Agarré fuertemente su pene y comencé a masturbarlo, siguiendo el compás que mis caderas marcaban a mi polla para que entrara y saliera de su cuerpo. Volví a buscar sus ojos, estos rebozaban de desenfrenada lujuria.


Aceleré el ritmo y su rostro se removió en indescriptibles muecas de placer. Irrefrenablemente las expresiones propias del orgasmo se manifestaron en su cuerpo, como yo no quería ser menos, aumenté la velocidad con la que mi pelvis arremetía contra sus nalgas. Unos segundos después, unos tremendos trallazos de esperma impregnaron su abdomen hasta casi alcanzar su pecho. Su respiración acelerada fue acompañada por un pequeño y soez alarido mío: —¡Ahí llevas toda la leche, caaaabrón! Me tumbé sobre él y mientras lo besaba afectuosamente, desanudé el elaborado lazo que lo ataba al cabecero de la cama. Apagado el fuego de la lujuria, en aquel lecho solo había lugar para el amor, un irremediable e incorregible amor. —Te quiero. ¡No sabes cuánto te quiero! Al escucharme decir aquello me miró como si no diera crédito a mis palabras. Reconfortado agachó la cabeza y se abrazó fuertemente a mí. Durante unos instantes el resto del mundo pareció desvanecerse y tuve la sensación de que solo existíamos él y yo. Un nosotros eterno. De repente, como si la cama le quemará, se levantó diciendo: —¿Qué hora es? —Buscó el despertador en la mesita y, del mismo apremiante modo que el conejo blanco de “Alicia en el país de las maravillas”, dijo —Son las siete. ¡Hostias, es muy tarde! ¡Es muy tarde! Salió de la habitación en dirección a la ducha, como alma que lleva el diablo. Al ver que yo no reaccionaba y seguía plácidamente tumbado, me recriminó diciendo. —¡Mueve el culo! ¡Que no llegamos, so cojonato! Media hora después, ambos estábamos duchados y maqueados para ir a ver la dichosa Virgen de los Reyes.


Tengo que reconocer que me gusta bastante ver como las procesiones recorren Sevilla, la luminosidad con la que los pasos de palios impregnan sus calles solo es comparable a la solemnidad de la que hacen gala los misterios cuando las recorren. El olor a incienso, el ceremonial cortejo, las marchas procesionales… La suma de todo es algo que me gusta de ver y, reconozco, dota a la ciudad un distinguido aire. Aun así, sigo sin entender toda esta casuística y liturgia de los hermanos cofrades, eso de que hay que verla pasar por la calle tal a la hora cual o por una esquina determinada porque es una estampa irrepetible, son cosas que siguen escapándose a mi comprensión. No obstante, como quería que todo en aquel día fuera perfecto, al igual que él hiciera momentos antes conmigo, me dispuse a acatar sus deseos sin rechistar. Tras aparcar el coche lo más cerca que pudimos de la Avenida de la Constitución. Conforme nos acercábamos a las inmediaciones de la Catedral, una ciudad aparentemente desierta se comenzaba a transformar en un hervidero de personas que buscaban el mejor sitio para ver pasar el palio de la Virgen. No deja de llamarme la atención lo ordenado que somos los sevillanos para esto de las salidas procesionales. Toda la gente se queda parada en la acera esperando que el paso del Santo al que tienen devoción pase delante de ellos. ¡Bueno, todos no! Que los hay como mi amigo, a los que les gustas contemplar de cerca las imágenes y sale a buscarlas. ¡Vaya palizón que me metió para verla en los sitios claves! Entre eso y la puta calor que daba el traje, terminé sudando la gota gorda, ¡coño, ni que hubiera corrido la maratón! Hicimos completo el recorrido, pues Mariano quería ver recogerse la comitiva.


El alegre bullicio reinante por cientos de personas acompañando a Nuestra Señora de los Reyes a lo largo de todo el perímetro del templo, el sonido de las cornetas y los tambores de la Compañía del ejército haciendo honores a la madre de Dios, ese repiquetear de campanas que te recordaba que la ciudad estaba de celebración…Nada fue comparable a la emoción que se dejó ver en el rostro de los muchos allí presente (incluido mi amigo), cuando los costaleros llevaron a cabo la triunfal entrada de la imagen en la Catedral. Los rayos del sol besaban la cara y el manto de la Virgen, mostrando su radiante rostro el cual parecía decir adiós a sus fieles devotos hasta el año siguiente. Miré de reojo a mi acompañante y en sus ojos unas brillantes lágrimas clamaban por salir. A pesar de que no cabía ni un alfiler en la iglesia, nos hicimos con un pequeño hueco para poder asistir a la misa estacional. Si la ciudad se había vestido de gala para ver a su Patrona en las calles, no podía ser mayor la majestuosidad que imperaba dentro de las paredes de aquel templo para albergar el paso de palio en el centro del altar mayor. La luz del sol que se colaba por el tragaluz de la bóveda de la capilla real, serpenteaba sobre el rostro de la madre de Dios y, por momentos, creaba la ilusión de que pareciera que quisiera dirigirse a sus devotos. Dos eternas horas de sermón y de liturgia más tarde, abandonamos la capilla. Menos mal, que si hay un pecado capital que mi amigo no contempla (además de la lujuria) es la gula y tras la ceremonia en la Catedral, me invitó a un buen desayuno en un bar de la Encarnación. Nos tomamos una tostá de pan de pueblocon aceite y jamón que se nos saltaron dos lagrimones de lo rica que estaba. Mientras Mariano pagaba, aproveché y llamé a casa para preguntar cómo estaba mi madre. Le comenté a mi hermana Marta que Mariano me había enganchado para ver la Virgen de los Reyes en Sevilla y que seguramente regresaría tarde, pues quizás comiéramos fuera y tal.


Di que sí, chiquillo! Aprovéchate que me parece que te queda un verano de solaina de los buenos. Porque toda esta troupe se va a la playa la segunda de agosto, ¿no? —Sí, el Marianito ha venido porque es el día que es, pero se regresa mañana para Sanlúcar. —Mamá está la mar de tranquilita, así que por mí no te preocupes y regresa a la hora que te dé la gana. Eso sí, ¡acuérdate de que mañana te toca trabajar! —¡No me lo recuerdes! Pero por la hora quédate tranquila, que me iré temprano, además esta noche seguramente cené con mamá, que me muero de ganas por hablar con ella. Sabiendo que tenía toda la tarde libre para estar con mi amigo, nada más colgué el teléfono, marqué el número de Elena. Su voz, tan seca y apática conmigo como de costumbre, no mostraba resentimiento alguno por lo sucedido con nuestras hijas, por lo que supuse que se le había pasado un poco el estúpido cabreo. Tras unas protocolarias frases más propias de dos desconocidos en un ascensor que de un matrimonio, le pedí que me pasara con las niñas. La primera en ponerse (¡cómo no!) fue Alba. —Papá la tita Marta me llamó ayer. Dice que el sábado vamos a ir con los primos al “Aquapark”, nos vamos a tirar de casi todos los toboganes y vamos a hacer muchas cosas muy divertidas, pues vamos a estar todo el día allí, desde por la mañana hasta por la tarde ¿A qué no lo vamos a pasar muy bien la hermana y yo con los primos? El júbilo tan presente en su voz, me hizo sacar una sonrisa. Aunque a veces podía llegar a ser muy cargante, era tanta sus ganas de vivir y lo que disfrutaba con cada cosa que hacía que era muy difícil enfadarse con ella, por muy trasto que fuera.


Como no quería llevarme toda la mañana allí hablando, cuando consideré oportuno que ya había alimentado su afán de protagonismo lo suficiente, le dije que me pasara con Carmen. —Papá, si todavía no he terminado de contarte todas las cosas que me han pasado hoy…—Refunfuñó ante mi petición. —Pero cariño, es que tengo prisa, me están esperando. —Vaaaleee…¡Pero que sepas que el lunes, cuando estemos en casa, tienes que escuchar todo lo que te diga y tienes que estar muy, pero que muy atento! —Sí, voy a estar a-ten-ti-si-mo. ¡Anda pásame con tu hermana! Carmen se mostró menos introvertida que de lo normal. Supuse que, al igual que su hermana, lo de ir con sus primos al parque acuático la tenía expectante. Me preguntó por su abuelita y me pidió que le diera muchos besos. Como, a diferencia de Alba, no tenía muchas ganas de charla, le pedí que me pasara con su madre para despedirme. Tras un breve intercambio de frases con Elena tan manidas como vacías, descolgué el teléfono. De nuevo la sensación de estar rompiendo una enorme vajilla de porcelana me recorrió todo el cuerpo. Por más que me dijera que no hacía nada malo, por más que me repitiera que estar con Mariano era mi único camino hacia la felicidad, las tripas se me revolvían como si fuera a vomitar, cada vez que hacia amago de dar ese puñetero paso al frente que necesitaba dar para ser feliz. Mi amigo, que aguardaba paciente a que terminara de conversar con mi familia, no pudo evitar advertir mi cambio de semblante tras la pequeña conversación.


Algún problema? —Nada, lo de siempre. —¿Qué es lo de siempre? —Insistió no dándose por satisfecho. —¡Pues que va a ser! ¡Que estoy hasta los cojones de mi matrimonio! Se me quedó mirando sorprendido, ni mi tono de voz, ni mis palabras se los esperaba. No queriendo soliviantarme más de lo que ya estaba, optó por dejar la tormenta pasar y cambió de tema. —¿Te ha gustado ver la Virgen en la calle? —Como gustarme, sí —Intenté que mi mal humor no se reflejara en mis palabras y fui todo lo empático que me permitía el cuerpo —, lo que pasa es que esto a los que no somos muy adeptos a estas cosas, nos gusta un ratito y creo que con lo de hoy he quedado saturado para una temporada. Me miró con un brillo de felicidad asomando en sus ojos y dijo: —¿Entonces no te ha disgustado mucho? —No, hombre. Es soportable —Respondí esbozando una sonrisa condescendiente. Sacamos el coche del aparcamiento y fuimos a su casa para ponernos una ropa más cómoda. Mariano había descubierto un bar en Alcalá donde ponían unas tapas muy curiosas y sugirió que almorzáramos allí. Inevitablemente fue vernos a sola y la pasión volvió a surgir entre los dos. —¡No te cansas! —Me dijo en tono alegre. —¿Tienes alguna queja? —Pregunté apretando fuertemente su cintura y robándole un beso. —No, si no me quejo. Simplemente era una observación. Las chaquetas, las corbatas, los pantalones…, cualquier impedimento que impidiera que nuestros cuerpos retozaran en libertad, cayeron al suelo. Nos pegamos una ducha, sazonada por una inmensa cantidad de besos y caricias. Nos metimos en la cama, esta permanecía desecha y en ella no se había difuminado del todo el olor del polvo mañanero. Sin meditarlo, nos pusimos a hacer el amor.


Estando sumido en los clásicos preámbulos del acto sexual, un sentimiento de culpa se apoderó de mi mente. “¿Por qué era tan egoísta con él? ¿Por qué siempre tenía que ser yo quien llevara la voz cantante en el acto sexual?”. Irreflexivamente, tras propinarle un beso en su cuello, busqué su rostro y le pregunté: —¿Marianito, tú disfrutas tanto conmigo como yo contigo? Hizo un gesto de desconcierto, se quedó pensativo unos breves segundos y con voz sarcástica me respondió: —No, yo esto lo hago por obligación, es una penitencia que me ha mandado el párroco de mi iglesia — Guardó una breve pausa y con cara de fastidio me dijo —¡Pues claro que sí! ¿A qué viene la dichosa preguntita? —Hombre te lo decía, porque primero nunca me pides nada y no le pones ninguna pega ante cualquier cosa que se me antoja… —¿Y lo segundo? —Me apremió al ver que me quedaba un poco pensativo y no terminaba de contarle todo. —Que nunca me dices que me quieres. Se quedó pensativo, irreflexivamente bajo la mirada. Se alejó de mí, como si la culpa le quemara por dentro, levantó la cabeza y con un gesto de desconcierto me dijo: —Creo que te he querido desde que fui consecuente con el hecho de que me gustaban los hombres. ¿Por qué no te lo digo? Porque cuanto menos suene, menos me acuerdo de que lo que siento por ti no va a ninguna parte. Mariano y su costumbre de llamar a las cosas por su nombre consiguieron que mi vergajo pasara de estar duro como una roca a ir encogiéndose poco a poco, sus palabras tuvieron el mismo efecto en mí que una ducha de agua fría. Le cogí las manos, respiré profundamente y le pregunté: —¿De verdad crees que lo nuestro no va a ninguna parte? De nuevo las palabras trastabillaron en su boca. —Sí, tú tienes tu vida hecha, yo la mía todavía no. Tú tienes alguien con quien despertar todos los días, a mí hasta se me ha pasado ya la edad de los muñecos de peluche. Oír de su boca que él deseaba una vida conmigo tanto como yo, despertó en mí sensaciones contradictorias.


Era obvio que, al igual que yo, necesitaba que nuestra relación fuera a más, sin embargo, mis miedos, mis dudas y mis cincuenta mil pajas mentales me tenían atrapado en un callejón sin salida y sin encontrar el valor suficiente para tomar una decisión de la que no solo dependía mi futuro, sino el suyo. Apreté sus manos, como si fuera incapaz de decir algo que le reconfortara y busqué sus labios. Su paladar me supo tan frio como el sexo con mi mujer. Como sabía que esconder la cabeza como los avestruces no me iba a funcionar esta vez, separé nuestras bocas y, adoptando un semblante solemne, le pregunté: —¿Tú crees acaso que yo tengo la vida que quisiera? —Me miró confuso, como si no supiera de que le estaba hablando —¡Pues no! Eso de que Elena y yo estamos felizmente casados es una mentira más de las que cuentas para que la gente no descubra el fracaso en que se ha convertido tu vida. »Nuestra convivencia se ha convertido en un infierno. Somos dos desconocidos que transitan en un hogar donde el único cariño que existe es el que ambos sentimos por Carmen y Alba. —¿He tenido yo algo que ver en eso?—Musitó preocupado. —No, la cosa venía mal desde mucho tiempo atrás. Una vez estuve hasta a punto de separarme y todo, pero mi madre, haciendo uso del chantaje emocional que suponen las niñas, me convenció para que no lo hiciera. »Yo creo que tú has aparecido en el momento justo en que mi vida se estaba convirtiendo en un completo desastre. ¿O acaso crees que el día de la cena de antiguos alumnos iba tan borracho que no sabía lo que hacía? Me miró con cara de circunstancia. Era más que evidente que su perplejidad iba en aumento. —No, si hubiera ido muy pasado de copas, ni se me hubiera levantado siquiera. Creo que en el fondo mi subconsciente estaba buscando alguien a quien amar y allí estabas tú para ello. —¡Joder, Ramón! Desconocía que fueras tan filosófico, ¡ni tan romanticón! —La broma de Mariano no esconde que lo que revelan mis palabras le asusta tanto como a mí. —¿¡Te quieres callar!? No te creas que admitir todo esto para mí es fácil.


Yo, como tú bien has dicho, tenía mi vida ya hecha y llegar a admitirme que la persona con quien prefiero estar en la cama es un tío, me ha costado un mundo. Mi reprimenda por intentar hacer un chiste en el momento más inapropiado pareció haber calado en él, se me quedó mirando como si le hubiera roto todos los esquemas. Durante unos segundos un silencio sepulcral se plantó en medio de los dos, él sin saber que decir, yo considerando que ya había hablado todo lo que tenía que hablar. —Esto me sobrepasa — A pesar de que su voz era casi un murmullo, fue completamente inteligible. —¿Por qué? Acaso te creías que esto era un juego —No sé porque, pero mi voz sonó casi desafiante. —No, hombre, pero como tú me dijiste ayer que no ibas a hacer ninguna tontería… —En eso estoy, aunque no hay cosa que me apetezca más que comenzar una vida contigo, es mucho el lastre que arrastro y no es tan fácil. ¿Qué le digo a Elena? ¿Qué consecuencias va a tener para mis niñas? Ya sabes lo crueles que pueden llegar a ser algunos niños. —¡Y algunos padres!... No te quepa la menor duda que un niño lo que hace es repetir lo que escucha en casa. —Por una cosa o por otra, el caso es que no quiero que tengan que escuchar que su padre es un maricón… La rudeza de mis palabras caló fuertemente en mi acompañante, quien, haciendo gala de esa ternura tan característica de él, me acarició la mejilla dulcemente y me dijo: —No sabía que lo estabas pasando tan mal. —Es algo que me estoy callando desde un tiempo a esta parte y, o te lo contaba, o reventaba. —¡Te ha costado! —Sonrió generosamente. —Tú tampoco habías dicho que echaras en falta que pudiéramos tener una vida juntos. —Sí, pero sé que por mucho que queramos es una utopía. Vivimos en un pueblo donde todo casi todo el mundo se conoce y donde, a pesar de esa políticamente correcta tolerancia a los homosexuales, todavía que dos hombres se acuesten juntos, les suena como algo pervertido y sucio… —Unos degenerados sodomitas —Apostillé. —Sí, súmale a eso que tú dejes a tu mujer por mí.


Vamos a ser el cotilleo del pueblo hasta que salga otra cosa más gorda. Nos miramos en silencio, habíamos llegado a una encrucijada de la que difícilmente nos podíamos mover. Ambos ansiábamos despertar cada mañana con el otro al lado, pero ninguno de los dos lo veía como algo viable. Muy a nuestro pesar, éramos prisioneros de nuestras circunstancias. Sin pensarlo, le cogí las manos y lo arrimé a mí. Con el semblante lapidado por la desilusión, se abrazó a mí y hundió toda la tristeza que le embargaba en mi pecho. Durante una porción de tiempo indeterminada el mundo pareció detenerse, no sé qué endemoniados pensamientos cruzaban su mente, los míos no podían ser más confusos. Lo que más ansiaba en el mundo era estar junto a él, y habíamos llegado a un punto que disfrutar del escaso tiempo que mi vida personal me dejaba, nos sabía a poco. —¿Qué hacemos? —Le pregunté cogiéndole la barbilla para que que no me desviara la mirada. —No sé. Hasta el momento creía que quien únicamente lo estaba pasando mal con tus ausencias era yo. —Pues ya sabes que no estás solo en esto. —Ya… —No me gustaría perderte. —A mí tampoco. —¿Quién había planteado esa especie de ultimátum habías sido tú? —Pero ahora la cosa varía, ¡y mucho! —¿Por? —En mi cara se pintó un gesto de desconcierto. —Te lo tengo que explicar. Lo miré e hice un leve puchero, dándole a entender que sí, pues no me enteraba de nada. —¡Muy fácil, guapetón! Como bien sabes mi relación con Enrique me ha marcado mucho, me hizo desconfiado y, aunque sé que eres la mejor persona que conozco, llegué a pensar que esto para ti era simplemente una novedad, una especie de desahogo. —Pues ya sabes que no. Este tipo de amor es la primera vez que lo siento. Sé que no me han educado para eso, pero como me dijo mi madre: “El tren de la felicidad pasa pocas veces y hay que subirse a él, sin pensarlo” y, aunque me ha costado trabajo admitirlo, mi felicidad pasa por estar contigo. —Entonces,… ¿qué? ¿Seguimos como estamos? —Sí, pero con una peculiaridad nueva. No te puedo pedir que te quedes esperando a que yo tenga un día libre para compartirlo contigo.


Quiero que vivas tu vida, que salgas, que entres… que te diviertas… ¡Y si se te encarta echar un polvo lo echas! Clavó sus ojos en mí, como si lo que estaba diciendo no pudiera salir de mi boca. Movió perplejo la cabeza en señal de incredulidad y antes de que pudiera decir nada, proseguí con mi pequeño e improvisado discurso. —No te creas que no sé el peligro que eso entraña. Con lo enamoradizo que eres y con lo que te das a la gente, lo más probable es que un polvo se convierta en algo más. —¿Y entonces qué? —Pues si te consigues enamorar de alguien y ese alguien te merece la pena, no te lo pienses demasiado, pues yo no te lo voy a reprochar Decir aquello me costó un mundo, entre mis muchos defectos están los de ser un poco celoso y bastante posesivo. Abrirle la puerta para que compartiera su cuerpo con otros, no me parecía la mejor solución, pero tampoco podía exigirle fidelidad. Máxime, cuando seguramente pasarían meses antes de que volviéramos a hacer el amor. No podía pedirle que toda la pasión que bullía en su interior quedará relegada a nuestros escasos encuentros. Con que uno de los dos tuviera la vida destrozada, sería bastante. Cerró los ojos y se quedó cabizbajo. Mi planteamiento le había cogido tan de sorpresa como a mí, cuando reaccionó, dejando que una firme seriedad caminara entre sus palabras, me dijo: —No, Ramón, ni soy tan enamoradizo como tú crees, ni la gente va buscando una pareja tan fácilmente. —Pues si no pueden quererte como te mereces. No lo dudes, aquí estaré yo para hacerlo. Volví a coger su barbilla, acerqué mi boca a la suya y le propiné un sonoro beso. Mecido por la emotividad, me pegó una pequeña mordidita y a continuación metió su lengua entre mis dientes. Cuando nos quisimos dar cuenta retozábamos en la cama, dejando fluir toda la ternura y la pasión que albergamos dentro.


La incertidumbre sobre nuestro futuro flotaba en el ambiente y, pese a lo fuerte que parecía en las palabras de ambos, nuestra relación se deshilachaba como la más débil de las uniones. Por más que lo abrazara, por más que intentara unirme a su cuerpo, aquel momento se me antojaba como algo sin perspectiva de un mañana. Mariano tuvo que pensar algo parecido pues, apartó mi boca de la suya y en un tono frívolo e inadecuado para el momento me dijo: —Creo que no estamos haciendo la picha un lío y no estamos complicando la existencia pensando en el futuro. ¿¡Qué coño sabemos tú y yo de lo que va a pasar mañana!? Lo mismo me cae una maceta en la cabeza y me deja en el sitio. Lo único que sé es que tú me quieres, que yo te quiero y que ahora estamos los dos juntos. ¿Qué carajo me importa lo que pase después? A pesar de lo aparentemente superficial de sus palabras, en aquel preciso instante me sonó a la filosofía más profunda. Dejé que los sentimientos impregnaran mi raciocinio, lo volví a apretar contra mí y le dije: —¡Cabrón!, ¿cómo quieres que no te quiera? Si eres lo mejor que me ha pasado. Sus labios buscaron los míos y nos fundimos en un estrepitoso beso. De nuevo la lujuria se apoderó de nuestra voluntad y nuestras pollas comenzaron a llenarse de sangre. Cuando separamos nuestras bocas para tomar aire, una dura prominencia reinaba sobre nuestras pelvis. Él, como si el fantasma del que sucederá más tarde no le importara, adoptó esa postura picarona que tanto me gusta en él y me dijo: —¿Qué me estabas preguntando antes de que nos convirtiéramos en los hermanos tontos de Abraham Maslow? Le sonreí, no tenía parangón en su capacidad para huir hacia adelante y dejar que las cosas se solucionaran por ellas solas, y yo, que soy un poco también de hacer así las cosas, me vi como un simple aprendiz al lado suyo. En otras circunstancias, a lo mejor se lo habría recriminado, sin embargo, no podía estar más de acuerdo en que aquella solución era la mejor: vivir el momento.


Así que opté por seguirle el juego y respondí a su pregunta-trampa. —Pues algo muy fácil. ¿Qué te gustaría hacer conmigo que no te hayas atrevido a pedírmelo? Hizo un extraño mohín de satisfacción, se quedó cavilando unos segundos y me respondió: —La respuesta es tan predecible como la de: “¿De qué color es el caballo blanco de San Fernando?”. ¿Acaso no sabes la respuesta? —Sí, pero quería escuchártelo decir a ti. —¿Quieres que te diga que estoy loco por penetrarte? —Sí —Sonreí complacidamente. —¿Y? —Su mano acarició tiernamente mis cabellos, como si con ese gesto quisiera embaucarme a que accediera a su petición. —No me hace mucha gracia porque temo que me va a doler, pero es algo que me gustaría regalarte, para que sepas lo importante que eres para mí. Si alguna vez en mi vida he sido espontaneo, fue en aquel momento. Las frases se formaron en mi cabeza y de forma automática las solté al aire. La reacción de mi amigo ante tanta sinceridad, fue de total desconcierto. Cabeceó repetidamente, como si necesitara que alguien le pellizcara para saber que no estaba soñando. —¿De verdad? —¿Por qué no? Si he admitido que soy capaz de amarte y sigo siendo igual de hombre que antes, no creo que mi virilidad se vea mermada porque deje que me la metas. La naturalidad con la que estaba diciendo todo aquello me tenía perplejo hasta mí, no obstante, solo por ver ese brillo de ilusión en las pupilas de Mariano, merecía la pena. —¡No te vas a arrepentir! Dicho aquello, deslizó su cabeza por mi pecho hasta llegar a mi polla. Le dio un fuerte lametón y tras regarme los huevos con pequeños besitos, me pidió con un gesto que levantara el pompis. Su lengua comenzó a recorrer mi ojete en toda su extensión, unas veces muy suave, otras a una velocidad más frenética. Ambos ritmos obtenían en mí el mismo resultado: un inmensurable placer. En un momento determinado dejo de “besarme oscuramente” y buscó en el cajón de la mesilla de noche el bote de gel lubricante.


Se echó una buena cantidad en los dedos y la extendió por mi ano. En un principio, simplemente hacia círculos sobre él, no obstante, seguramente porque sopesó que estaba ya preparado para ello, tardó poco en intentar meter un dedo en su interior. Una punzada como si me pincharán con un cuchillo fue la única sensación que obtuve con su índice profanando mi inexplorado orificio. Un grito de dolor fue mi respuesta ante aquello. Sin embargo, como no me importaba sufrir un poco con tal de satisfacer los deseos de mi acompañante, le rogué que siguiera con lo que había empezado. Mariano rebuscó en el cajón de nuevo y me dio el bote de Popper, dándome a entender que inhalar aquel compuesto químico sería una especie de bálsamo para mi aflicción. Esnifé dos veces, una por cada hueco de la nariz y una sensación de relax me invadió. La siguiente vez que un dedo orado mi ano, mi cuerpo lo dejó pasar sin dificultad alguna y sin que fuera ningún suplicio. Comencé a sentir un gustirrinin diferente a cualquier sensación que hubiera conocido antes. Me dejé llevar y, poco a poco, mi ojete se comenzó a dilatar. Tras repetir la operación con un segundo dedo, mi amigo se puso un preservativo y se tendió en la cama. No sé qué fibra había tocado en mi interior, pero deseaba tener en mi interior aquella enhiesta polla envuelta en látex. Accedí a su petición y me senté sobre él. —¡Dirígela tú! Creo que ya estás preparado, pero será mejor que seas tú quien te la vayas metiendo. Obedecí sin rechistar, cogí su polla entre mis dedos y la llevé a la entrada de mi ano. La crema al mezclarse con los vellos púbicos había formado una especie de pequeños grumos que dificultaba un poco el paso al ariete sexual que pugnaba por entrar en mí. Como si supiera que la solución para aquel impedimento fuera lubricarlo otra vez, impregne su cipote con un chorreón de gel y le volví a indicar el camino. Esta vez, entumecido aun por los efectos del líquido que había aspirado unos instantes antes, mi ojete dejó pasar aquella falange sexual a mi interior.


Sensaciones muy distintas y contradictorias recorrieron mi cuerpo. Que te rompieran el culo, evidentemente era doloroso, sin embargo, no sé si por lo colocado que estaba con el puto Popper o porque realmente era así, una sensación satisfactoria era la que dominaba mis emociones. Pese a la pequeña puñalada que aquella sensual arma me estaba propinando en las entrañas, no era el dolor lo que más pesaba. Es más, a la medida que mi orificio se fue haciendo a las dimensiones de su falo, este se fue difuminando y solo quedo un intenso placer. Me paré a contemplar el rostro de mi amante, estaba como ido, como si la satisfacción fuera incontenible dentro de su cuerpo. Consciente de que lo estaba mirando, me sonrió y me preguntó que si me estaba gustando. Mi afirmativa respuesta le llevó a empujar su polla un poco más y a mover las caderas en la medida que la postura lo posibilitaba. Seguramente porque llevaba mucho tiempo esperando aquello, transcurrido solo unos escasos minutos, me pidió que me masturbara pues estaba a punto de correrse. Cogí mi polla e inicié un salvaje sube y baja, sin dejar de observar su rostro compungiéndose en muecas de placer. Tomando como inspiración aquella muestra ineludible de que él estaba alcanzado el orgasmo, un geiser de leche brotó de mi capullo y varias gotas alcanzaron su barbilla. Desvergonzadamente se sacó la lengua, limpió lo con la yema de su dedo corazón las gotitas y se lo llevó golosamente a la boca. Me levanté de la improvisada grupa de su pelvis y me tendí junto a él. Sus labios, tras fundirse fugazmente con los míos, musitaron una pregunta: —¿Te ha gustado? —Más de lo que esperaba. Me ha dolido un poco, pero el gustillo que he sentido ha estado de puta madre. Los dos sabíamos que un día como aquel era un mirlo blanco en nuestra relación, que quizás no volviéramos a tener una ocasión igual en mucho tiempo. Tras dedicarnos todo el cariño que nuestras fuerzas nos permitieron, nos duchamos y nos cambiamos para ir a almorzar al bar de Alcalá de Guadaira. Por la tarde, volvimos a hacer el amor.


De la manera más afectuosa que lo habíamos hecho jamás. Pero no por eso, la despedida fue menos dolorosa. ¿En qué punto está mi situación con él? No lo sé. Por un lado quiero que sea feliz y no sufra mis ausencias, por otro lado me niego a perderlo. Nunca antes había sentido nada así por nadie. Decir que lo amo como no he amado a nadie es quedarme corto, sin embargo, la forma de vida que en su momento escogí, se ha convertido en una especie de cadena perpetua de la que no sé cómo librarme. Ignoro qué Mariano me encontraré cuando vuelva de las vacaciones, si ha encontrado alguien que “pueda quererlo” o no. Lo que sí sé es que yo estaré aquí, sino como su amante, como el mejor amigo que él pueda tener. Incondicionalmente. A pesar de todo, de lo problemática que se ha vuelto mi vida, no puedo evitar sentirme dichoso por lo que he experimentado. No sé si mi relación con él me habrá hecho mejor persona, lo que tengo claro es que me ha hecho más feliz. Me compongo el uniforme en el espejo y dejo que su reflejo alimente mi vanidad. Me despido de Elena con un escueto “hasta luego” y entro en la habitación de las niñas a darle un beso. Cuando me monto en el coche para ir al trabajo, un punzante pensamiento se me viene a la cabeza. “¿Por qué carajo habré metido a un mecánico bruto en mi sueño con Mariano?”.