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Mi pareja matutina en el gym

Soy un tío de costumbres, y aunque no recuerdo cuándo comencé con ésta, sí sé que es un hábito del que no quiero privarme, hablo, de la sana práctica de la paja matutina, todas las mañanas me la casco en la ducha, da igual que no duerma en mi casa, lo hago también en la de mis suegros cuando mi mujer y yo dormimos allí o en los hoteles estando de viaje. Mucha gente no puede prescindir de un café al empezar el día, a mí me pasa con la gayola bajo la ducha, es lo que me despierta y me quita el mal humor. Mi mujer se levanta más tarde que yo, por lo que ni conoce ni participa en mi rutina onanista y tampoco es consciente de los efectos sedantes que tiene en mí o de lo dependiente que soy del buen arte masturbatorio, así que no sabía la faena que me hacía cuando decidió que teníamos que reformar el baño, despojándome de ese santuario en el que se había convertido mi ducha por un número indeterminado de días, que como suele ser costumbre con las obras en casa, se alargaría más de lo previsto. Como tenemos un pequeño aseo que cuenta con retrete y lavabo, que no iba a ser reformado y los obreros no dijeron que el baño estaría listo en 5 días, decidimos quedarnos en nuestra casa durante las obras. Tanto mi esposa como yo íbamos al gimnasio así que supliríamos allí la ausencia ducha en nuestro hogar, en mi caso eso implicaría trasladar mi ritual a este nuevo entorno hostil, en el que todavía no había tenido ocasión de meneármela, ya que acostumbraba a entrenar por la tarde.


Ya en la treintena no me machaco tanto como en la década anterior en el gym, me basta con ir 3/4 días para mantener mi musculatura y buen tono conseguido durante mis años mozos. Mido 1,80 tengo complexión atlética y los ojos tan negros como los de mi poblada barba o rizada cabellera. Llegó el día, comenzaron a demoler mi baño, decidí que acudiría al gimnasio a las 08h00 nada más levantarme, cuando éste llevaba ya una hora abierto y tomaría mi ducha con limpieza de sable incluida, ya por la tarde, iría de nuevo para entrenar. Nunca había venido tan temprano, había más gente de la que esperaba, sin embargo en los vestuarios apenas se apreciaba movimiento. Dejé mi mochila en la taquilla, me fui desnudando, anudé la toalla a mi cintura que no disimulaba el bulto de mi pene morcillón, ansioso por cumplir con su faena en esta nueva plaza. No había nadie en ese momento duchándose, así que elegí la cabina que consideré más discreta sin reparar mucho en ello, colgué mi toalla, pulsé el botón del agua con la mano izquierda y con la derecha hice lo propio con el dispensador de jabón, que empleé como lubricante acariciando mi polla, que llegó rápido a un buen estado de erección, por el agua caliente, la excitación del lugar y la fricción a la que era sometida con mi mano. Quise hacerlo como en casa, colocando la mano izquierda sobre la pared, solo dejando éste apoyo para acariciar de vez en cuando mis pezones o mis huevos cuando ya estaba a punto, con la derecha, bien pringada en gel de baño palpaba mi sexo, apretaba el culo y acompasaba el movimiento de mi miembro con el de mis caderas, gemía bajito tras años de mantener ésta práctica con discreción y el escaso ruido que pudiera hacer era aplacado por el del agua cayendo sobre mi cuerpo y el suelo.


Con cierta desconfianza, e intentando aclimatarme al que sería mi ”happy place” hasta que finalizaran las obras en casa, miraba para atrás y los lados para asegurarme de no ser pillado con las manos en la masa, aunque estaba seguro de no ser ni el primero ni el último en encontrar desahogo en las duchas del gimnasio. Seguí dándole a la zambomba con brío, disfrutaba de ello, pero ni en casa lo alargaba demasiado ni era plan de recrearme en este sitio extraño, así que pulsé de nuevo el dispensor de gel, unté mi mano, aceleré el ritmo y con la otra comencé a sobarme las bolas, señal inequívoca de que el clímax estaba próximo, llegaron los espasmos, me empezaron a temblar las piernas y mi rabo soltó varios trallazos de leche, que quedaron repartidos entre la pared de la cabina, mi mano y mis pies, sobre los cuales también cayó parte de esa lefa que hacía por primera vez su aparición en un recinto deportivo. Fueron pasando los días y cada vez estaba más cómodo con el traslado de mi deshago matutino a un nuevo entorno, seguía en alerta por si alguien me pillaba, pero con cierta despreocupación, porque no había mucha gente a esas horas, porque en el fondo me daba bastante morbo estar haciéndolo en un sitio público y porque resultaba my fácil disimular, bastante con dejar de apretar el culete y dejar de repartir el jabón únicamente sobre mi verga para hacerlo por el resto de mi cuerpo. La remodelación del baño se alargó, surgieron problemas inesperados, retrasos con los materiales y cientos de inconvenientes más que prefiero no nombrar, el caso es que lo que iban a ser 5 días, se convirtió en dos semanas de manuelas diarias en el gym y me disponía a realizar la que sería la última, al menos por obligación, ya que mañana estaría finalizado nuestro flamante nuevo cuarto de baño.


Quería disfrutar de esta paja, alargarla, era especial ya que no volvería a acudir al gimnasio a esas horas, y en horario de tarde resultaba complicado, por no decir imposible masturbarse con tanto jaleo, era el momento en el que más gente había en los vestuarios y todas las cabinas solían estar llenas. Llevaba ya varios minutos más de los que acostumbraba con mi vaivén habitual, culo prieto, caderas en movimiento mano izquierda en pezones y suave sube y baja con la derecha sobre mi pene cuando una voz me sobresaltó. - ¿Necesitas ayuda? Me giré, tapando mi brutal empalme con una mano pringada de jabón y vi a un tío que tendría más o menos mi edad, pero más alto que yo y también más grandote, rapado, con barba de varios días, aspecto masculino, gesto rudo, puede que por su voz grave voz, que me había sorprendido ya que su sonrisa no parecía indicar brusquedad. - Eh…eh…no…perdona… - Respondí. – Pensé que estaba solo, lo siento si te ha incomodado. –Dije ruborizado. No había tenido tiempo de echar un vistazo completo a mi interlocutor y cuando mis pulsaciones se relajaron tras el impacto inicial pude comprobar que a mi compañero de gym, no solo parecía no molestarle que me masturbara allí, si no todo lo contrario, ya que cuando bajé la vista para obtener una visión íntegra de él, comprobé que estaba tan empalmado como yo y que sostenía, e incluso parecía estar apuntándome, su miembro en una mano. Esto me dejó ojiplático, ahora sí que no sabía cómo reaccionar. - Te decía que si te ayudaba porque estás tardando más que otros días. Normalmente te la pelas en 5 minutos y te marchas. – Soltó el tío, con total seguridad en sus palabras y sin dejar de acariciarse el rabo. - ¿Me has visto estos días?, si estaba solo, no había nadie.


Le espeté, ya girado completamente y liberándome mis manos para gesticular, lo que dejaba a mi miembro señalando hacia mi rapado nuevo amigo. - ¿Ves la sauna?, cuando tú comienzas tu rutinaria gayola, yo, después de haber entrenado, suelo estar ahí, el cristal hace que no se vea de fuera a dentro, pero sí al revés, y oye, tras verte varios días me animé y también me la suelo cascar. - ¿Qué te la tocas ahí?, ¿mirándome?. - Tío, es a lo que te arriesgas en un sitio público, no me digas que no te daba morbo que alguien pudiera pillarte. Pues has tenido suerte y he sido yo, un colega, que viene a echarte una mano. – Y sus palabras fueron literales, ya que efectivamente estiró su mano y rodeó mi pene con ella, acariciando y subiendo de arriba a abajo. Yo quise apartarme, pero las piernas me empezaron a temblar del inesperado placer. – Venga, ahora ayúdame tú. – Me dijo, y acto seguido cogió mi mano y la posó sobre su polla, la cual comencé a masturbar como él estaba haciendo con la mía. - Uff tío no sé, nunca he hecho esto. – Dije tímido, pero sin verdadera intención de parar. - Tranquilo, sólo somos dos tíos machacándonosla. Sin mariconadas, tampoco es que no estemos dando besitos ni acariciándonos el pelo.


Sonreí a su comentario, que me calmó, para sobresaltarme al instante, ya que tras decir esas palabras, me puso una mano en la nuca, acercó mi cabeza a la suya y comenzó a besarme, yo me dejé hacer, su lengua entró en mi boca y la mía buscaba a la suya, cuando nuestros labios se separaron yo seguía con la boca entreabierta y la lengua fuera como un bobo, me había erizado la piel ese morreo. - ¿Ves lo que te decía?, ¿crees que ahora eres más maricón que hace 5 minutos?. No, ¿verdad?. – Dijo socarrón. Tras mi primer beso homosexual yo ya estaba a punto, y mi colega parecía saberlo porque echó su mano a mis depiladas pelotas y las acarició hasta que empecé a expulsar leche como una fuente, cayéndome casi derrumbado y teniendo que apoyar mi frente sobre el pecho del tío que me había llevado a tal estado de excitación, que también se corrió al momento, pude saberlo porque noté un líquido caliente sobre mi abdomen que sin duda eran sus trallazos. Cuando recobré la postura me di la vuelta muerto de vergüenza y me duché sin querer mirar atrás, oí cómo mi compañero encendía la ducha frente a la mía y supuse que se disponía a hacer lo mismo, la curiosidad me pudo y me giré para observarle, él se duchaba mirándome de frente, sonriendo, sin vergüenza. Me sequé rápidamente y salí a toda prisa de las cabinas, cuando me acercaba a la taquilla le oí decir: - ¿Mañana, a la misma hora?.


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