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Si es posible para siempre

Nada más atravesar el dormitorio el ánimo de Roberto se vino abajo. Su amante no estaba. La urgencia de comprobar que Erick aún se encontraba en su cama, tal cual lo dejara esta mañana: Envuelto en las sabanas azul marino que hacían relucir su pálida piel y que parecían darle intensidad a sus sonrojos, se había llevado su autocontrol y lo habían arrojado en una absurda competencia contra el elevador, que ascendía a ritmo pausado por cada piso. «¡¿Qué esperabas?! ¿Acaso dijiste quédate?, ¿Le preguntaste si deseaba pasar el fin de semana a tu lado?», se reprendió molesto. No, no lo había hecho. El estoicismo propio de su enseñanza dura y estricta, habían hablado por él. Remplazando las palabras que en realidad deseaba decir por un escueto: “Descansa todo lo que quieras”. Se sentó en el borde de la cama y sintió el peso del cansancio y la desilusión. Las sábanas se encontraban frías, nadie había reposado en ellas desde hacía horas. Las acercó a su rostro para inhalar la esencia inconfundible de la piel desnuda y sudorosa del muchacho, que aun permanecía impregnada en ellas, y se burlaban de su anhelo. ¿Cuántos mese llevaban ya en aquel juego sin compromisos, sin ataduras, con apenas sus nombres? ¿Hasta cuándo dejaría de venir y regalarle la intensidad de sus caricias? No se atrevía a preguntar. El temor de que aquellos encuentros furtivos se desvanecieran como un espejismo, silenciaban sus palabras.


Aún estaba fresco en la memoria de Roberto, el momento en que lo conoció. Cuando su voz rasposa y sensual le había abordado en la barra del bar con una inocente petición: “¿Me invitas un trago?”. En ese instante había quedado prendado de sus ojos dorados, que no mucho después se habían transformado en llamaradas de fuego, encendidas por la pasión. Seguido había venido la invitación: “¿Bailamos?”. El no bailaba, aun así, se había dejado arrastrar por su mano fuerte y guiar por aquel cuerpo de Dios griego. Había sido seducido por la cadencia de sus caderas que invadieron su espacio personal, arremetiendo con un vaivén sensual en una invitación silente. Invitación que él había aceptado gustoso, ¡Y cómo, si no! Si en el momento en que sus bocas se unieron, Roberto había recibido el veneno de la lujuria proveniente de los labios del otro. Se había sentido fascinado; hipnotizado por la sensualidad de aquel joven, y por la pasión arrolladora que despertara en él. Desde aquel primer encuentro. Desde aquel primer orgasmo conducido por las paredes calientes y estrechas de su interior —En el reducido espacio de los sanitarios—, se había vuelto su obsesión. El sonido de la puerta abriéndose le obligó a pararse para comprobar quien había invadido su privacidad. Su corazón latió en un galope frenético, ante la expectativa de que su amante hubiese regresado. Su rosto, como siempre, una máscara de serenidad, a pesar de la ilusión que aquello provocaba en su interior. —He ido a comprar al supermercado. He pensado que podíamos cenar pizza. —dijo Erick, mostrando unas bolsas impresas con el logo de una de las cadenas de supermercados, más grandes de la comuna. La timidez, tan poco común, acentuada en el tono de voz de Erick, aceleraron aún más los latidos de su corazón.


Roberto le observó desde el umbral del dormitorio, con los brazos cruzados sobre su pecho sin pronunciar palabra ni ofrecer algún gesto de aceptación, al plan que proponía el muchacho. —No tengo clases mañana. Creí que podíamos pasar la noche... juntos. —sugirió nervioso. La mano libre del joven jugueteó ansiosa con las llaves que utilizara para abrir la puerta. Mismas que Roberto había insistido que cogiera, por si alguna vez necesitaba de un refugio tranquilo para estudiar. Conocía de su situación. Había roto una de las reglas impuestas por el joven, y había investigado sobre su vida. Sabía sobre las privaciones que a veces pasaba. Estaba al tanto del hacinamiento en el que vivía él y el resto de su familia. Por ello, su pecho se calentaba y se llenaba de orgullo, al notar el esfuerzo que su amante ponía en sacar adelante una carrera. En salir de la pobreza sin quejarse ni culpar de su mala situación a la irresponsabilidad de sus padres, ni a ningún destino cruel. —Aunque no pregunté, ¡claro!. —Balbuceó el muchacho al no recibir respuesta. La complacencia de ver al siempre atrevido y desvergonzado Erick, inquieto e inseguro, torcieron sus labios en una sonrisa que se apresuró a ocultar. Era una experiencia nueva y refrescante para él, y quería regodearse un poco más de aquel escenario. —Lo siento, debí haber preguntado primero. De seguro tienes planes. La mirada de Erick, un tanto nerviosa, recorrió la estancia. Sus ojos evitaron encontrarse con los del mayor. La vergüenza sonrojó sus mejillas, y a Roberto aquello le pareció de lo más encantador. Su ego le pedía que continuara en aquella actitud indiferente. Que fingiera que, desde hace un tiempo, aquellos encuentros habían comenzado a significar algo más que un simple ligue para él. Pero el rostro derrotado del joven, que ensombrecía sus bellos rasgos, hizo que cambiara de opinión. «¡Tonto, imbécil! ¡¿Qué estás esperando para cogerlo entre tus brazos?! —se reprochó—. ¿Acaso no vez la fragilidad en sus ojos? Como a través de ellos expresa lo que sus palabras no se atreven a decir.


Como estos piden a gritos que le demuestres que es necesario». El cuerpo de Erick oscilaba hacia la entrada y sus piernas parecían dispuestas a emprender la retirada. Seguía sin dirigirle la mirada, y su expresión se tornaba cada vez más deprimida. Roberto se volvió a reprochar su necedad de alargar el asunto. Qué importancia tenía la diferencia de edad, o la forma inusual en la que había dado inicio aquella relación. Era momento de poner en marcha su plan y dejar de preocuparse por el futuro incierto. No había hecho su carrera en la bolsa sin asumir riesgos ni aprovechar las oportunidades. Se abalanzó sobre el más joven, arrinconándolo contra la pared. Amoldó su cuerpo al de su amante y lo besó de forma intensa, introduciendo su lengua hasta lo más profundo. Se sintió recompensado al oír los gemidos estrangulados que salían de la boca del muchacho, y al sentir la dureza que se engrosaba bajo la mezclilla del pantalón. —Roberto… ¿Qué ocurre?— interrogó el joven casi sin aliento, cuando sus bocas se separaron. —Nada malo —aseguró—. ¿Pizza? ¡Me parece excelente! —respondió sonriendo ante la expresión confundida de Erick. —¿No te molesta que me quede a pasar la noche? No pregunté. No estaba seguro. La timidez había vuelto al rostro del muchacho.


Roberto atacó su boca con otro beso, antes de contestar. —No tengo planes. —afirmó. —¿De verdad? El mayor negó con la cabeza y todas las dudas desaparecieron del semblante de su amante. —¡Qué bien! —exclamó contento. Erick le dedicó una sonrisa infantil e inocente, que iluminó su rostro y terminó por derretir el pecho de Roberto. —No hay problema, puedes quedarte todo lo que quieras. —«Si es posible, para siempre», murmuró en su cabeza. Ya habría tiempo. Pronto el muchacho se daría cuenta del alcance de sus sentimientos y se entregaría por completo lanzando al olvido todos sus miedos, dejándose dominar por la necesidad de no abandonar sus brazos. Volvió a devorar los labios de su amante, dejando que todas sus ansias tomaran el control. Lo arrastró con él de regreso a la habitación, esquivando el contenido de las bolsas del supermercado. Más tarde se preocuparía de recoger y ordenar los comestibles que estaban desperdigados por el piso, junto con la ropa que ambos se despojaban y tiraban, en su camino al dormitorio. No era pizza lo que deseaba en esos momentos. Su hambre debía ser saciada por algo más sustancioso. Por la carne tierna del muchacho, por el sabor salado de su piel. Y como postre, degustar los gemidos ahogados que profería cada vez que llegaba al clímax.