Bienvenidos

Gracias por elegirnos, enterate de mas novedades siguiendonos en las redes sociales.

Una mama pasional

Las parejas que llevan ya algunos años casados y tienen hijos en edad escolar suelen ir renovando sus amistades a medida que toman contacto con otros padres en fiestas del colegio, cumpleaños, excursiones y salidas de fin de semana. Son relaciones diferentes a las de los amigos de toda la vida con los que lo vivido con el paso de los años condiciona demasiado las cosas. Abrirse a nuevas relaciones sociales permite comportarse de una manera diferente, más libre si se quiere, con esas amistades recientes. Con el aliciente de que a partir de determinada edad, los padres -y sobre todo, las madres- se esfuerzan por revivir sus mejores años de juventud. Quién no ha repasado de arriba a abajo con la mirada a esa mamá tan bien conservada. Quién no ha visto cómo se enfundan en pantalones y leggings muy apretados esas madres que se sienten sexys. Quién no ha disfrutado con sus escotes con la llegada del verano. Nuestra historia tiene ese principio. Pero la situación realmente morbosa empezó hace unos meses, cuando tres parejas con dos hijos cada una alquilamos por completo una casa rural. Nada estaba programado. Tan sólo divertirse y comer y beber bien. Éramos seis, Paco y Ana; Luis y Sara, algo mayores que los demás; y Sole y yo, Javier. Con los respectivos niños. Habíamos estado bebiendo toda la tarde. Que si cervecitas por el calor, que si un vinito mientras se hacía la cena, que si unos gintonics para hacer la digestión, que si unos mojitos para ellas y otra ronda de gintonic para nosotros.


La cosa es que íbamos contentillos los seis adultos -los niños ya estaban acostados- cuando nos dimos cuenta de que había que poner música, que sin bailar la fiesta se apagaba. Así que mientras Paco preparaba otra ronda, Luis buscaba una lista de reproducción de música de los 80. La idea no pudo ser mejor. Las chicas empezaron a bailar y cantar. Se desinhibían cada vez más y sudaban a la vez que bebían. Pronto nos morreaban como adolescentes y se enardecían con nuestros comentarios picantes. No pasó nada entre los seis. Nada de intercambios ni de sexo en grupo. Solo un calentón generalizado que cada uno aprovechó después con su mujer. Eso sí, yo no perdí detalle de cómo Paco magreaba a su guapa mujer, sobándole sin descanso el culazo que tiene, generoso y apetecible, mientras bailaban. O cómo en un momento en que fueron a ponerse otra copita, Luis le metió mano bajo la falda a Sara, que estaba sentada en un taburete. No vi que ella llegara a correrse, pero estoy seguro que le metió un par de dedos en su -supongo- muy mojado sexo. Por mi parte procuré exhibir todo lo posible mi calentón para que las otras esposas me vieran lo empalmado que me encontraba. Así que mientras bailamos procuraba separarme de mi mujer haciéndola girar y alzando la voz para ser el centro de atención y que nuestras amigas me mirasen.


He de decir que el truco funcionó porque sorprendí un gesto de sorpresa de Ana al darse cuenta del tamaño del bulto que marcaban mis pantalones. Sole tampoco quiso ser mojigata y me permitía meterle mano con descaro, por detrás y dentro del pantalón, acariciándole ese pliegue tan suave que tiene entre las dos nalgas, inicio o desembocadura de esa preciosa línea que separa sus glúteos. He de decir que encuentro muy placentero y relajante colocar mi mano bajo su pijama o sus braguitas y dejar descansar mi dedo corazón justo en ese punto en el que la espalda se convierte en la hendidura de sus nalgas. Así concilio mejor el sueño. Una vez que vimos que la fiesta ya había tenido todo el recorrido necesario, que estábamos bastante bebidos y que ni el alcohol ni el calentón nos iban a hacer perder la cabeza nos fuimos a la cama de mutuo acuerdo. Nos despedimos en el pasillo con la idea de no madrugar demasiado y poco después las tres parejas nos escuchábamos a través de las finas paredes dando rienda suelta a la pasión. Ana, la más jamona y, para mí gusto, la más apetecible, resultó ser muy poco discreta en su comportamiento sexual y desde el otro lado del tabique nos fue narrando en voz alta y clara cómo dirigía la sesión de sexo con su marido como si fuera un director de orquesta. Que si “arráncame las bragas”, que si trae ese rabo que hoy te voy a dar un premio”, que si “ahora te toca chupar a ti”... Y luego empezó a marcar los ritmos: “no pares”, “más adentro”, “sigue”, “más arriba” Y hasta las posturas: “ahora a cuatro patas, no te corras aún que esto tiene que durar”, “salte y cómeme el coño un rato”... Como nosotros practicábamos casi la misma pauta sexual no sentí una gran excitación por las voces de Ana, al contrario que Sole que al final quiso que me corriese en sus pechos igual que le había pedido su amiga a Paco. Lo que sí me calentó fue escuchar como Ana respondía “sí, méteme un dedito, pero con cuidado” a una inaudible pregunta de su marido.


A partir de ese momento bajó la voz, pero no dejó de gemir. Me imaginé a Paco comiéndole el coño y el culo a la vez mientras con un dedo daba gusto a su sexo -que yo deduje jugoso y de grandes labios- y trataba de introducir un segundo dedito en su culo. Mentalmente le desee suerte a Paco en su previsible intento por aprovechar el estado de excitación de su mujer para intentar el sexo anal. Ignoro si lo logró, pero no escuche ningún grito; ni de dolor ni a Ana exigiendo a Paco que le rompiese el culo, que se moría de gusto. Sara y yo habíamos hecho el amor esa misma mañana, así que ella se conformó con un par de orgasmos y más allá de que me permitiera eyacular en sus pechos la noche fue bastante parecida a la que cualquier otro día en casa. Sin embargo, mientras intentaba dormir oyendo los golpes del cabecero de Sara y Luis en la habitación de arriba -golpes sí, pero gemidos ni uno- tenía en la cabeza el comportamiento abiertamente expansivo de Ana en el sexo, por lo que envidié a Paco, pero también le compadecí porque me pareció por la entonación de Ana y sus urgencias mientras le hacía el amor que mi amigo no estaba a su altura. Pensar en eso y a continuación deducir que no sería extraño que Ana buscase fuera del matrimonio lo que no hallaba en Paco fue todo uno. A partir de esa noche no volví a tratar igual a Ana. Fui más pícaro con ella, más cercano físicamente y, al recordar la cara que puso al ver el bulto de mi paquete, no dejé escapar ninguna oportunidad de volver a tentarla con el mismo gancho. A la mañana siguiente me desperté temprano y quise irme por mi cuenta al pueblo a tomar un café, pues soy de esas personas a las que el desayuno les gusta tomarlo en un bar con el periódico, un pincho de tortilla o una rebanada de pan con tomate y un buen café expreso de máquina. Antes de vestirme bajé a la cocina en calzoncillos para beber agua -la resaca- y allí me encontré con Ana, frente a la ventana y de perfil, vestida con un camisón ni corto ni largo, pero bastante fino, llevándose un vaso a la boca. Al alzar ella el brazo pude ver como se transparentaba nítidamente el contorno de su pecho al trasluz y un poco más discretamente su nalga.


Ana bebía con los ojos cerrados dándome la oportunidad de recrearme en su figura. Pude apreciar que su pecho era bastante grande, como ya me había imaginado, pero no caído y que tenía algo de barriguita. Pero lo mejor de todo era la excitación mental que me producía repasarla con mi mirada sin que ella lo supiera. Desnudarla más aún con la imaginación. Imaginar si sus pezones serían rosados u oscuros, si se dejaba crecer el vello público o iba depilada. Al terminar de beber, Ana se giró dándome la espalda, por lo que pude ver sus curvas y no me pareció que estuviese gorda. Todo lo contrario, me pareció aún más deseable. En silencio me llevé la mano al calzoncillo y me toqué un poco, lo justo para endurecer y ganar tamaño. Di unos pasos adelante y saludé con naturalidad. Ana no se inquietó y me devolvió el saludo muy contenta: _ ¿Qué tal has dormido? Muy pronto te levantas. _ Bien. Quería beber un poco de agua porque tengo la boca seca de tanto gintonic anoche y luego quería ir a desayunar al bar del pueblo. _ Si quieres te preparo unas tostadas con mermelada. _ No gracias, no soy nada goloso. Prefiero un café y un pincho de tortilla. _ Pues yo sí, soy muy golosa en muchos aspectos. ¿Era un coqueteo esa respuesta? Por el tono así me lo pareció. _ Así no hay manera de guardar la línea, añadió mirándome a los ojos, evidentemente esperando una respuesta con la que poder calibrar si tenía algún interés en ella o si era atractiva a mis ojos o todo lo contrario. De mis palabras podría deducir si soy uno de esos hombres que tienen siempre preparada una galantería para las damas, si era un patoso con las mujeres o si iba a ser prudente con un cumplido poco comprometedor. Así que decidí ser un tanto ambiguo. _ Línea no tienes que guardar ninguna. Lo que tienes que cuidar son esas curvas, que estás muy guapa.


No dejes que las tonterías sobre las tallas te condicionen. Mira yo, que tipo tengo y lo feliz que voy por la vida, afirmé mientras me señalaba mi cuerpo en calzoncillos, que ella estaba calibrando perfectamente, incluido el bulto del que trataba de hacer ver que no se había fijado. Lo cierto es que no soy ni un Adonis ni un tipo musculado o deportista. Soy un cuarentón del montón, con tripa cervecera y poco pelo. Con mucha testosterona, eso sí. Y con la regularidad de un reloj atómico en cuanto a erecciones se refiere. Nunca un gatillazo, nunca una queja. Cada mañana, una erección; matemático. Y como de tamaño tampoco he tenido quejas, pues actúo con la seguridad en sí mismo de Nacho Vidal. _ O sea, que estamos de buen ver los dos, sentenció Ana dándose cuenta de que le había devuelto la pregunta a la espera de ver si ella también piropeaba y me respondía con la misma ambigüedad, porque ver nos habíamos visto bien: yo su figura y ella mi paquete semierecto sólo cubierto por el boxer. _ Y tanto. Bueno, bebo un poco de agua y me voy, que como se levanten los demás, seguro me me liáis para que me quede. Ella se despidió en dirección a las escaleras mientras la miraba mover el culo para mí. Cuando volví del pueblo las tres mujeres estaban levantadas haciendo planes para comer y para las excursiones y vestidas con leggings y camisetas técnicas, bien apretadas para presumir de tipo y para que yo les fuese repasando con la vista mientras pululaban por la casa detrás de los niños. Ana parecía haber decidido que con quien mejor se lo iba a pasar era conmigo y la tuve todo el día cerca. Bebimos de la misma botella, la cogí de la mano en algunos obstáculos, le aparté el pelo de la cara. Todo pequeños detalles que hablan de la confianza que íbamos cogiendo el uno con el otro. Nada sexual ocurrió -nada fuera de mi calenturienta imaginación, pues yo me hubiese revolcado con Ana detrás de cualquier arbusto- hasta que llegamos a casa. Los niños salieron corriendo hacia la piscina y Sole y Sara fueron detrás.


Paco subió al baño y Luis se puso a hablar por teléfono. Nos quedamos solos Ana y yo. _ ¡Qué calor tengo ahora!, dijo. Acto seguido tiró de la cremallera de su maillot hacia abajo y la detuvo bastante por debajo del ecuador de sus pechos, por lo que se le veía completamente el canalillo, el sostén y la parte superior de sus senos. _ ¡Hala! Tirá más para abajo de la cremallera que aún no te veo el ombligo, le solté con los ojos como platos. _ Pues me lo vas a ver enseguida, eso y todo lo demás porque vendrás a darte un baño conmigo a la piscina, ¿no? _ Claro. Lo estoy deseando. No dejé claro qué estaba deseando hacer si bañarme o verla a ella. Igual que Ana no especificó qué era ese “todo lo demás” que me iba a dejar verle. Pero estaba claro que había química entre los dos y que teníamos una cita casi desnudos en la piscina. Allí que me fui con el bañador más estrecho que tenía para ir marcando paquete. Me tumbé en una hamaca y desde allí vi llegar a Ana enfundada en un vestido ligero. Se sentó a mi lado, con su culo pegado a mi pierna y empezó a quitárselo por la cabeza. _Ayúdame, que se me ha atascado. Abre más los botones. Los botones estaban en la parte delantera y resultaba difícil llegar a ellos porque estaba medio tumbado y por la posición de Ana, que de tanto moverse me restregaba por su pechera mis manos que peleaban por abrir un botón. Visto desde fuera le estaba tocando las tetas mientras le refrotaba mi paquete contra su culazo. Era imposible no reaccionar y me empalmé mientras Ana terminaba de desvestirse. _ Ya que estás ahí detrás ponme algo que crema solar en los hombros, me pidió. Como pude me incorporé y le extendí el protector por toda la espalda y los brazos, deteniéndome en su cuello, realizando un masaje con las puntas de los dedos en el hueco de la clavícula y bajo las orejas. A Ana le gustó porque cerraba los ojos y se dejaba hacer. No parecía haber reparado ni en mi miembro erecto ni en cómo le miraba los pechos desde arriba.


Hay que decir que tenía un escote fabuloso. Dos grandes pechos, muy firmes y nada caídos. Su piel parecía extremadamente suave y me moría por pasar mi lengua por ese canalillo antes de detenerme en sus pezones, que, de momento, no se resaltaban bajo el bikini. En general me pareció que tenía una piel muy delicada y sugerente, así que aproveché para lanzarle un nuevo piropo. _ ¡Qué piel tan suave y bonita tienes! Da gusto acariciarla. _ Gusto me están dando a mí esas manos que tienes. No te digo que sigas con el magreo porque hay niños presentes. _ ¡Hala! No te pases, que tu me has pedido que te ponga crema. _ Una cosa es poner crema y otra dar un masaje sensitivo. Si te pido un abrazo me dejas en pelotas, ja, ja, ja. _ No sé si me estás vacilando porque se me ha ido la mano o porque me he quedado corto y querías más. ¡Venga, vamos al agua, ya verás que bien se me dan las ahogadillas! En la piscina jugamos un rato con los niños y yo me entretuve nadando en lo más profundo y sumergiéndome hasta el fondo, hasta que me dí cuenta que las tres madres estaban apoyadas en el borde mirando como los niños jugaban en el césped. Entonces pasé buceando a su lado con los ojos bien abiertos para verlas el culo por debajo del agua. El culo de Sole me pone mucho porque lo tiene muy apetecible para echarle mano y en esta ocasión encima se le veía muy bien porque el bañador tenía poca tela. Sara tenía el culo bastante plano, pero delgado y con buenas piernas para su edad. Pero lo de Ana era una oda a la lujuria. ¡Menudo culazo! Potente, redondo, para nada pequeño. Con las nalgas salientes y bien redondeadas, sin celulitis ni nada parecido. Era el culo que tiene que tener una mujer jamona. Daba gloria verlo, porque, además, se le había metido la tela en la hendidura y se le veían muy bien los cachetes. No he hecho en mi vida más largos buceando en una piscina que aquel día. Nadé un poco más para disimular cuando se salieron las mujeres y por no tener que hablar con Paco y Luis, que entraban en el agua.


Iba pensando en el pecho y las nalgas de Ana, en la suavidad de su piel y en su desenvoltura al ponerle las manos encima. Y deseando llevármela a la cama. La idea ya estaba firmemente prendida en mi mente. Ya por la noche la situación se volvió a repetir y hubo fiesta de parejas, pero como al día siguiente volvíamos a casa nos moderamos con la bebida y nos fuimos a la cama pronto. Pero tanto pensar en Ana, que estuvo mirándome toda la noche, me había excitado, y en cuando mi mujer se desvistió me lancé a abrazarla por detrás. Con pequeños besos detrás de las orejas y en el cuello, con mis manos subiendo y bajando por su talle, con mis palabras enardecidas sobre su belleza y lo mucho que me excitaba su cuerpo fui venciendo su resistencia. Con una mano en uno de sus pechos bajé la otra hasta su sexo. Lo acaricié suavemente por el exterior de sus labios, notando su calor. Pronto Sole acercó su mano a mi pene y lo cogió por la base. Empezó a amasarme suavemente el escroto dándome un gusto increíble mientras yo hacía presión con la punta de mi verga sobre la unión de sus nalgas. Deslicé mis dedos en su sexo abriéndome paso hacia la humedad de su cueva. Los flujos de su vulva me facilitaban un movimiento circular con dos dedos sobre su clítoris. Sole se apretaba el otro pecho y se dejaba llevar con su mano en mi pene. La llevé hasta la cama y la empujé hacia adelante. Quedó a cuatro patas, con su bonito culo expuesto y su sexo brillante de excitación, palpitando de deseo. Así que me lancé a lamerlo porque ambos lo estábamos deseando. Me encantó enterrar mi cara en su entrepierna. Con mi boca en su sexo la nariz quedaba a la altura del ano y me sorprendí aspirando su aroma. mezcla de deseo, fluidos sexuales y sudor. Mis lametazos se fueron haciendo más largos, recorriendo desde el clítoris hasta la entrada de su vagina y un poco más. Cada vez que me acercaba con la punta de la lengua a su ano crecía mi excitación. Agarré las nalgas de Sole con las dos manos, alargando mis lametones hasta su oscuro agujerito, sujetándola bien para que no se retirase.


Ella se sorprendió pero se mantuvo en su postura, gozando de esa novedosa caricia. Centré mi lengua en su ano y con dos dedos fui introduciéndome en su sexo con cuidado, acelerando el ritmo poco a poco, sin dejar de magrearle el culo con la otra mano. Sole gemía cada vez más fuerte. Echaba su culo hacia atrás para que mi lengua penetrase más adentro en su ano y mis dedos llegasen hasta el fondo de su vagina. Estaba a punto de correrse, pero no se lo permití. Quise ver hasta qué punto iba a salirse del guión del sexo habitual y me incorporé acercando mi verga a su cara. Con una sonrisa que quería decir que sabía de antemano que acabaría por pedirle sexo oral cogió mi miembro con una mano y el escroto con la otra y empezó a masturbarme. A mí me encanta ese tipo de caricias. Que me las haga ella o hacerlo yo. Una buena paja proporciona orgasmos muy meritorios, pero más si te la hace una mujer tan hermosa, desnuda y arrodillada frente a mí. Eché la cabeza para atrás de puro placer y de pronto noté una sensación de frío en la punta del pene. Era Sole que con la punta de su lengua realizaba círculos sobre el orificio de mi miembro, depositando saliva en el glande sin dejar de apretar el tronco de mi verga con la mano. Percibí su aliento caliente mientras se introducía el glande en la boca muy adentro, tratando de cubrirlo por completo entre sus labios. Luego presionó con la lengua transmitiéndome el calor de su boca. Me estaba derritiendo. Comenzó a chupar acompañando con un sube-baja de su mano que al poco me acercó peligrosamente al orgasmo. Era una sensación deliciosa. Ella me miraba pendiente de mis reacciones, disfrutando como haría una niña con un helado. Poniendo todo su amor y complicidad en que yo disfrutara de sus caricias. Sentí como trataba a mi verga con adoración y la amé por ello. Pero no podía aguantar más. Me tumbé sobre la cama y atraje a Sole hacia mí.


Nos besamos apasionadamente, notando el sabor de mis fluidos en su lengua. De repente se sentó sobre mí me puso su sexo sobre mi boca para que notase su humedad. No me dejó más que darle un lametón rápido y se bajó hasta toparse con mi endurecido falo. Lo agarró con una mano deslizándolo a lo largo de su sexo mientras gemía de puro gusto. Sin poder esperar más, con un golpe de cadera la embestí. Todo mi pene entró de golpe en su interior sacándole un resoplido mezcla de placer y dolor al sentir las paredes de su vagina dilatarse de golpe para acoger a mi gruesa verga. Comenzamos una carrera por ver quién iba más rápido. Ella movía sus caderas en todas las direcciones y yo presionaba con fuerza para introducirme todo lo posible en su interior. Le llegó el primer orgasmo y siguió cabalgando, echándose hacia atrás para seguir estimulando su clítoris. Así pude aguantar unos minutos más en los que ella se corrió dos veces hasta que tuve que pedirle que se saliera. De un salto se echó para atrás y agarró mi pene masturbándolo con pasión hasta que me sobrevino un orgasmo muy intenso. Sole repartía los trallazos de semen entre su estómago y el mío hasta que un largo tiempo después deje de eyacular y de sentir las oledas del placer. Habíamos hecho el amor como hacía mucho tiempo, gracias a la excitación que había despertado en mí otra mujer, en la que, luego me dí cuenta, no había pensado mientras me acostaba con Sara. Y allí habría quedado todo lo ocurrido aquel fin de semana con Ana de no haber sido por una casualidad que luego llevó a otras muchas más. Ana y yo volvimos a encontrarnos a solas apenas unas semanas después. Nos habíamos saludado en compañía de más gente, pero en aquella ocasión coincidimos en un bar de copas al que llegamos cada uno celebrando un cumpleaños con sus respectivos compañeros de trabajo. Ya era tarde y todos habíamos bebido, pero aquel era el único bar con ambiente en esa noche de jueves por lo que pedimos varias rondas.


Poco a poco Ana y yo empezamos a hablar, a comentar anécdotas de conocidos comunes, a contarnos nuestra vida y a reírnos como dos viejos amigos. Estábamos tan a gusto que acabamos apartados del resto, que fueron despidiéndose. Estaba muy guapa. Se había ondulado el pelo y maquillado para salir y lucía un pantalón muy ajustado y una camisa holgada, con mucho vuelo en el escote. Un modelito discreto para el trabajo y poder salir después sin dejar de estar sexy. Yo no había dejado de mirarla a distancia desde que la vi en ese bar, devorando con la vista ese culo que tanto me gustaba. _ Pídenos otra copa. La compartimos ¿vale? Que si me la tomo entera vas a tener que cargar conmigo. _ Lo que tú digas. Se separó un poco de mi y empezó a bailar despacito alejándose hacia un rincón de aquel gran local de espaldas a mí. Pedí la copa sin dejar de mirarla el culo. Cuando me la sirvieron me reuní con ella que me abrazó achispada. _ Muchas gracias, eres un cielo. Con estas atenciones que me das y lo que me he reído contigo te voy a perdonar lo malo que eres. _ ¿Yo malo? Te equivocas de hombre. _ Sí, tú. Que eres un pillo, que parece que tengas quince años. Sí hombre, no pongas esa cara, que este bar está lleno de espejos y te he pillado cien veces mirándome el culo como un salido. Ahora mismo mientras pedías la copa me has dado un repaso que no veas. _ Hija, ha culpa es tuya, que te pones unos pantalones tan ajustados que me provocas. No soy de piedra y tú estás muy guapa. _ Claro, me miras el culo por culpa de los pantalones. Y será entonces culpa de mi blusa que cada vez que me quieres decir algo te acerques bien a mi oído y de paso me eches una miradita al escote. _ Bueno, eso también es culpa de la música que está muy alta y si no no me oyes. _ O sea, que reconoces que llevas toda la noche mirándome el culo y las tetas. _ No, llevo toda la noche mirando cómo esos pantalones te marcan un culazo impresionante y esa blusa deja ver un canalillo muy apetecible.


El alcohol, la chispa con la que Ana hacía esos comentarios, lo discreto del rincón y lo cerca que estábamos hablando el uno del otro nos estaban llevando a un estado de excitación que sólo podía acabar de una forma. _ Estás muy rica y encima no haces más que provocarme. Así que es culpa tuya si te miro. Sólo te falta ponerme morritos para volverme loquito. _ Como, ¿Así? Y cerró los ojos juntando los labios como si fuera Marilyn Monroe, con esos labios rojos, ese escote a la vista y sus caderas rotundas. Tuve que besarla. La cogí por detrás de la cintura y aplasté todo mi cuerpo contra el suyo a la vez que mis labios se posaban sobre su boca entreabierta. Fue un beso largo, caliente, de tanteo. Y ella respondía. Abrí mi boca devorando la suya y luego vinieron a conocerse nuestras lenguas. Nos separamos a la vez abriendo los ojos. Ana sonreía. Le había gustado y tenía la cara sonrosada y un gesto pícaro que me decía que habría más. Pero en aquel momento lo que hizo fue arrastrarme de la mano a un baile latino, con nuestros cuerpos bien pegados el uno al otro. _ ¿Ves lo que pasa cuando me ponen morritos las mamás buenorras y provocadoras? Que me las tengo que comer. _ Uh-hum. _ ¿Ahora bailamos tan pegados para que no te mire el escote? Le susurré al oído con un leve beso en el lóbulo de la oreja. _ No. Ahora bailamos tan pegados para notar esa polla dura contra mi vientre y para que tu veas lo firmes que son esos pechos que tanto has estado mirando. _ Vaya… _… y para que me agarres el culo, que te mueres de ganas. Claro que lo hice. No perdí ni un segundo en aceptar su propuesta. Deslicé las manos desde su cintura primero hacia arriba para luego bajar acariciando toda su espalda hasta detenerme sobre su trasero. Ella me miraba directamente a los ojos cuando le apreté con las dos manos los cachetes de ese suculento culazo por lo que tuvo que notar claramente el escalofrío de lujuria que despertó en mí el sentir su carne bajo mis dedos. El pantalón era muy fino y tenía la sensación de palpar directamente sus nalgas, por lo que mi erección aumentaba por momentos y más que bailar frotaba mi pene contra su vientre. _ Estás buenísma. Me encanta tu culo, es una gozada. _ Y a mí me encanta notar como te excita mi cuerpo. Es una sensación que tenía olvidada y tu me haces sentir guapa.


Es que lo eres. Estás muy buena, no dejes que nadie te convenza de que no eres preciosa, razoné, y acto seguido le planté un beso en los labios para reforzar mis argumentos. _ Ya, que te has puesto cachondo ya te lo noto con el bulto este que me estás clavando desde hace rato, dijo pasando rápidamente su mano sobre mi pene por encima del pantalón. _ Pero seguro que sólo llevas el calentón de todos los tíos cuando se ligan a alguna chica en la discoteca y se la quieren llevar a la cama. _ Tienes razón en dos cosas: me he puesto cachondo y me gustaría llevarte a la cama, pero no por el alcohol. Hace mucho que te deseo. _ ¿A mí? ¿Desde cuando? _ Desde que te oí follar con tu marido, ordenándole lo que tenía que hacer igual que hace un momento has hecho conmigo. Desde que vi tu cuerpo en la piscina. Desde que me dí cuenta que tu tienes algo que a mí me falta y que yo podría darte a tí lo que a lo mejor necesitas. Habíamos llegado a un momento serio. El del todo o nada. A partir de ahí podríamos ser osados e iniciar una aventura a espalda de nuestras parejas o ser cautos y dejar correr el asunto, como ocurre tantas veces en los ligues de discoteca. Parecía que iba a ser lo segundo. Nos tomamos a medias la copa que teníamos olvidada, bailamos un poco más, besándonos a veces, con Ana permitiéndome palparle el culo y el perfil de sus senos. _ Vámonos, que mañana se trabaja y mi marido estará pendiente de que llegue a casa. _ Te llevo en coche si quieres. Conduje hasta su barrio, una zona residencial con muchos espacios verdes y poco tráfico. _ Para un momento. Tengo que decirte algo. _ No te preocupes, no diré nada a nadie de lo que ha pasado esta noche. Queda entre nosotros, es un regalo que me has hecho que te agradezco mucho. Quiero devolvértelo asegurándote que eres una mujer preciosa, muy sexy, que a mí me pones mucho, que no tengas complejo por tus curvas porque que hacen muy deseable. Pero niña ¡mira como me tienes todavía!, bromeé señalando el bulto en mis pantalones. _ Pobrecito. Vas a llegar a casa con dolor de testículos por mi culpa. No te preocupes tú que yo tampoco diré nada. _ Me queda la duda de si hubiéramos llegado más lejos si no te hubiera entrado miedo. ¿Qué hubiera pasado? _ Miedo ninguno chaval. No era el momento. No tenemos edad de perder la cabeza así.


Contestame a una pregunta. ¿Tú me deseabas como yo a tí? Guardó silencio durante unos momentos, mordiéndose el labio mientras dudaba en contestar. _ No me pongas morritos que ya sabes lo que pasa… Y la besé de nuevo. Esta vez apasionadamente. Tenía que apurar la conexión que había surgido entre nosotros si es que iba a ser la última vez, así que la besé para seducirla. Jugué con mi lengua en la suya, le acaricié el cuello, los lóbulos de las orejas, su espalda. Cogí uno de sus senos en mi mano y lo llené de caricias, apretando con suavidad, notando como su pezón se elevaba y su respiración se hacía más rápida. Hasta me arriesgué a llevar la punta de los dedos entre sus piernas, donde la liviana tela del pantalón transmitía el calor de su sexo. Estaba muy cachonda, era evidente, pero yo estaba seguro que no iba a dejar que nos acostásemos en un coche aparcado a un par de calles de su casa. Aún así estuve un buen rato acariciando su sexo por encima del pantalón mientras nos besábamos y la noche se consumía. Hasta que Ana se echó hacia atrás en su asiento. Yo hice lo mismo y aproveché para recolocarme el pene bajo el pantalón. Ana se quedó mirando y susurró: _ Sácatela. _ ¿Qué? _ Enseñame eso que escondes en la bragueta. Que yo también llevo mucho tiempo imaginándome cosas. Bajé lentamente la cremallera, desabroché el cinturón y el boton y me bajé el pantalón con los calzoncillos hasta las rodillas. Mi pene quedó completamente expuesto, tieso como un mastil, con la punta brillante de mis propios jugos. Yo, como siempre, iba depilado y ese detalle también pareció gustarle. _ Descapullalo, ordenó Ana. _ No. Hazlo tú. Íbamos a jugar los a ese juego. _ Como quieras. Sentir el contacto de sus dedos sobre la piel del glande fue una descarga de electricidad. No sé si fue la suavidad del movimiento o el impacto en mi cerebro del morbo que me generaba esa situación. Me recosté para sentir como bajaba mi prepucio ayudada por la humedad del líquido preseminal.


Cuando me hubo descapullado por completo extendió la mano y me agarró el pene por la base. _ ¡Qué gorda la tienes! Más que la de mi marido. Y mira estos testículos, son enormes. _ Tócalos, ordené. Con la mano izquierda en mi pene, extendió la derecha para agarrarme el escroto, palpándome los huevos con delectación. _ Ahora que tienes entre manos lo que querías, masturbamé. Me miró a los ojos sintiéndose retada, casi a las puertas de consumar un adulterio y sin soltar mis genitales. Cerré los ojos como el que se prepara para recibir un masaje y esperé. _ Te voy a hacer la mejor paja de tu vida. Te vas a correr en cinco minutos y yo me voy a ir a casa. Y aquí no ha pasado nada. Dicho y hecho. Ana empezó a masajearme el escroto, estirándolo y presionando. Bajando la mano hacia el perineo y presionando, con lo que logró que mi erección fuera aún más potente. No dejaba de abrir y cerrar la mano presionando la base de mi pene. Me estaba calentando con caricias en la zona baja en vez de centrarse en el glande, que a esas alturas salivaba constantemente. Ana aprovechó después esa lubricación para extenderla por toda la cabeza del pene y empezó a subir y bajar la mano, ocultando y descubriendo el glande. Estaba dándome un gusto tremendo, resoplaba y me agarraba al asiento fuera de mí. Cuando abrí los ojos descubrí a Ana mirándome con atención, pendiente de mis reacciones para darme más placer con sus manos. _ Me estás volviendo loco. _ ¡Chiss! Disfruta. Alargué entonces la mano hacia sus muslos. Se había sentado sobre el borde de su asiento para tener más movilidad por lo que pude recorrer sus piernas y su pecho, compartiendo con ella las caricias. Pude introducir el índice y el corazón entre sus piernas y por encima del pantalón iba frotando su triangulito más íntimo y al poco ya notaba humedad en la zona. Si hubiera sido menos egoísta podría haber tratado de meterle mano bajo las bragas para masturbarla a ella también, pero me estaba dando tanto gusto que no quise parar.


Ana tampoco pensaba en sí misma, estaba concentrada en darme placer, pero no quiso acabar su trabajo manual sin llevarse mi pene a los labios. Me pilló de sorpresa cuando sentí que era su boca lo que encerraba mi miembro y le transmitía ese calor húmedo tan sabroso. Su cabeza subía y bajaba al compás de una extraordinaria felación, ella chupaba con ansia y no me daba respiro, sin dejar de masturbarme. No iba a poder evitar correrme pronto y así se lo dije. _ ¡Chiss! Relajate y disfruta. Otra vez su vena mandona en el sexo, pero no estaba en condiciones de discutir así que cumplí sus órdenes y me dejé llevar. Pensé que el el último momento se retiraría, pero cuando me llegaron las convulsiones previas al orgasmo dejó de masturbarme y llevó esa mano hacia el perineo, bajando hasta el mismo ano y presionando mientras tragaba mi pene aún más profundamente. Y, claro, me corrí sin poder evitarlo. _ Ahgrrr! ¡Qué gusto! ¡Me corro! Mi semen fue a parar a su boca donde fue incapaz de retenerlo dada la cantidad de mi eyaculación que se derramó por mis testículos, pero Ana ni paraba ni se sacaba el pene de entre sus labios. _ ¡Qué placer Ana, que bueno ha sido! Gracias, gracias. Pero Ana no podía hablar, estaba tragando mi leche y luego recogiendo con la punta de su lengua las últimas gotas del glande. Cuando dejó de manar esa leche que tanto parecía haberle gustado dijo: _ Ha sido un auténtico placer. Tienes un pene riquísimo. Y para no dejar dudas sobre esa afirmación volvió a metérselo en la boca. Succionó bien arriba y abajo y lo dejó bien límpio de semen. Acto seguido, mirándome de lado con una intensa mirada de mamá viciosa lamió con cuidado mis bien depilados testículos. _ Listo. Tápate que todavía nos verá algún vecino. _ Tranquila, no ha pasado nadie desde que paramos. _ Vale, me bajo aquí. Ha sido una noche extraordinaria que se nos ha ido un poco de la mano, aunque he disfrutado muchísimo y tú más. _ Y tanto que sí. _ Pero vamos a dejarlo así. No me llames y actúa como si nada hubiera pasado. Vamos a asimilar lo que nos ha ocurrido y ya hablaremos más adelante. Muchas gracias por haberme hecho sentir guapa y deseada. De verdad que es muy importante para mi. _ Gracias a tí por dejarme disfrutar de tí. _ Adios Javi. _ Te debo un orgasmo… Se fue lanzándome un beso, con la mirada llena de picardía. Acababa de correrme y ya estaba deseando hacerla mía de verdad. Y estaba seguro de que lo conseguiría.