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La hija del pastor

No sé cuánto tiempo estuvimos abrazadas; sólo me dedicaba a sentir su cuerpo contra el mío, su calor y su olor. No, no me veía queriéndola, ya la quería y no la dejaría sola bajo ninguna circunstancia. Valió la pena cada segundo que pasé para llegar hasta aquí y poderla tener en mis brazos. Se empezaba a hacer una costumbre jugar su cabello para calmarla y es que parecía funcionar cada vez que lo hacía. Su agarre nunca se suavizó y tampoco el mío. Parecía en que cualquier momento me fundiría con ella. -Tranquila, por favor.- Su sollozos se hicieron más intensos. –Como siempre llevándome la contraria.- Entre su llanto rió. –Él va a estar bien, es muy fuerte.- Lentamente se fue soltando y quedó a unos centímetros de mí. -¿Puedo?- Pedí permiso para limpiar su cara. Asintió levemente y con mis pulgares limpié las lágrimas que caían por sus mejillas. -Gracias.- -¿Por qué?- -Por estar aquí.- Tenía la cabeza agachada. -Quiero estar aquí contigo… y con él.- Leves sollozos escaparon de sus labios de nuevo. –Ven aquí.- La atraje de nuevo a mí y la abracé. -No lo quiero perder.- Decía con voz entrecortada. –Es todo para mí.- -Lo sé, Anita. Lo sé. Es muy útil para Dios aquí en la tierra así que no se lo llevara todavía.- Se abrazó más fuerte a mí. -Amén.- Después de varios minutos logré que se calmara y volvió a ocupar su lugar detrás de la maceta y yo a un lado de ella.


Entrelazó nuestros meñiques y se recostó en mi hombro. -¿Caminaste?- -No. Tomé prestada una bicicleta.- -¿Tomaste prestada?- -Sí, sólo que el dueño no lo sabe.- -¿La robaste?- Era un tono acusatorio pero su voz seguía normal. -La voy a devolver. La necesitaba para llegar rápido.- -Me alegra que estés aquí.- -Me alegra estar aquí.- Puse mi cabeza sobre la de ella y cerré los ojos. -Están estabilizándolo, probablemente pasé la noche en terapia intensiva… o eso me dijeron.- -Antes de venir contigo hablé con mi padre. Él buscará a alguien que ayude a tu papá; lo prometo.- -¿En serio?- Asentí.-Gracias.- -No es necesario.- -Después de todo no eres tan fastidiosa.- -Esto es un tiempo fuera; después regresaré a mi habitual yo.- -Necesitamos más tiempos fuera.- Soltó un gran suspiro. -Definitivamente.- En cuestión de minutos Ana se quedó completamente dormida sobre mi hombro. La contemplé por varios minutos, tanto como mi posición lo permitía. Tenía el cabello algo húmedo por lo que quizá terminaba de bañarse cuando esta situación pasó. Su olor era muy peculiar; al ser alérgica como yo quizá no usaba perfume pero su olor natural era exquisito. Su piel era muy suave, lo constaté cuando limpié sus lágrimas. Pero su aspecto físico era un extra, era una maravillosa chica, en muchos aspectos. Y con sentimientos encontrados me di cuenta que su fragilidad era mi debilidad. No sé en qué momento pasó pero me encontraba en un estado de constante preocupación por el bienestar de la rubia. Para mi fortuna o mi desgracia no había vuelta atrás. Realmente era muy fácil quererla o eso me decía mí misma. -Cardozo.- Anunció un doctor bajito con poca cabellera.


Aquí.- Moví un poco a la rubia que de inmediato despertó. –Tienen noticias.- Rápidamente se puso de pie y se puso frente al doctor equivocado. Sonreí, me paré y la arrastré a la persona correcta. -El pastor se salvó por muy poco. Fue un infarto. Tendrá que quedarse unos días aquí para hacerle algunos exámenes y determinar que prosigue.- -¿Va a estar bien?- Preguntó la rubia omitiendo el pequeño discurso del doctor. -Haremos todo porque así sea.- -¿Lo puedo ver?- -Por supuesto, aunque aún está inconsciente.- Asintió. –Es fuerte.- El doctor levantó la mano con la intención de ponerla sobre el hombro de Ana. Sabía que no era mal intencionado, sin embargo esto incomodaría a la rubia. Así que la intercepté en el aire y se la estreché. -Gracias, doctor.- Me quedó viendo algo confuso y después sonrió, asintió y desapareció de nuestra vista. -¿Qué esperas, tonta? Ve a verlo.- -¿Quieres acompañarme?- -Claro. Vamos.- Caminamos en total silencio por un largo pasillo. Ya previamente una enfermera nos había indicado a dónde debíamos dirigirnos. Muy amablemente nos dijo que el pastor estaría bien e incluso ofreció su casa para que la rubia y yo pudiéramos descansar. Obviamente Ana no se movería de ahí ni con una grúa. Por fin encontramos la habitación ocho; antes de entrar entrelacé nuestros meñiques para llamar la atención de la rubia. -Pido mucho pero busca estar tranquila.


Él necesita ánimos, ¿de acuerdo?- Asintió levemente. –Estará bien, Anita.- -Por eso pedí que vinieras conmigo.- Me sonrió tan dulcemente que sentí que el corazón se me detuvo un poco. Sin soltarnos entramos a la habitación, era ese típico olor de hospital, entre cloro y medicinas; me ponía mal. Y el enfermizo color blanco que tendía a ser asociado con los hospitales; ahora entendía porque. Ana contuvo un sollozo al ver a su padre en la cama con una aguja en su mano conectada al suero y con una mascarilla que le ayudaba a respirar. El señor Cardozo se veía relativamente joven, yo le calculaba entre cuarenta y cinco y cincuenta años. Se conservaba muy bien, era delgado y por lo que veía tenía buenos hábitos alimenticios. Me preguntaba que había desatado el ataque. Debo admitir que me entristeció mucho verlo así. Aparte de ser un buen apoyo desde mi llegada, los momentos más lindos de mi infancia lo involucraban a él. Deseaba con todo el corazón que esto terminara pronto y regresara con nosotros a casa. -Papi.- Ana se soltó de mí y se puso a lado de su papá. –Vas a estar bien. Lara, le habló a su padre y mandará a alguien para ayudarte.- Pegó su frente con la de él. –Tenías razón, es una buena chica.- Dijo casi en un susurro que escuché claramente. Involuntariamente mis labios se movieron hasta formar una sonrisa. Me sentía como una intrusa ahí; algo en mí me decía que Ana necesitaba tiempo a solas con su padre pero recordé que me pidió ir con ella. Quizá podía decirle que iría a tomar aire, quizá no lo creería. Vi que se balanceaba sobre sus pies. Divisé una silla que estaba en la esquina de la habitación y la acerqué a la rubia. Con una sonrisa la aceptó y se sentó.


Tomó la mano de su papá, que no estaba canalizada y la besó. -Estaré afuera de la habitación.- -Puedes quedarte.- Respondió amablemente. -Lo sé pero necesitas tiempo a solas con él.- Asintió. –Sin necesitas algo sólo háblame, ¿de acuerdo?- -Gracias, Lara.- -De nada, tonta.- Le sonreí y salí del lugar. Me senté frente a la puerta que parecía de madera pero era muy liviana para ser de ese material. Quizá era una imitación. O quizá debería pensar en cómo ayudar y dejar para después mis profundos pensamientos acerca de la puerta. Apenas un par de semanas acá y ya estaba vinculada fuertemente con la rubia y con el señor Cardozo. Bueno, a él ya lo conocía pero aun así no estaba muy contenta con su idea de traerme para acá. Con la rubia comenzamos con el pie izquierdo pero ahora nada me preocupaba más que su bienestar. Ambos y Norma representaban lo más importante para mí ahora en este lugar y uno de ellos estaba tendido en una cama luchando por su vida. No podía ni comenzar a imaginar lo que la rubia debe estar sintiendo en estos momentos; me volvería loca si algo le pasara a papá. Al tener mi cuerpo en estado de reposo Morfeo se acercó a mí. Llevé mis rodillas cerca de mi pecho y sobre ellas puse mi cabeza; cerré los ojos para descansarlos un momento. El constante sonido de la máquina que monitoreaba al señor Cardozo hizo que me adormeciera un poco. El clima bastante agradable, el piso algo frío y el cansancio del día fueron los ingredientes perfectos para quedarme dormida en minutos.


De nuevo me encontraba sola en la cancha de voli de la escuela; veía a Mónica alejarse de mí. Tomé unos conos y comencé a acomodarlos para iniciar el entrenamiento… alguien me habla, conozco a la perfección esa voz. Volteo y alguien pega su cuerpo al mío. Aspiro profundamente… ese olor. Ese olor natural que ya era muy pero muy familiar para mí. Simplemente estamos abrazadas, ella canta algo muy bajito que no logro descifrar. Después de varios instantes se separa lentamente de mí y sus ojos quedan a centímetros de los míos. Me sonríe ampliamente y yo hago lo mismo. Con mucho cuidado levanto mi mano derecha y la veo, pidiéndole permiso; asiente. Pongo mi mano sobre su quijada y mi pulgar juega con su pómulo. Nunca había visto sus ojos tan de cerca… se ve preciosa. Sus ojos ya no me ven, ven mis labios. Lentamente se acerca y estoy ansiosa porque lo haga. Está muy pero muy cerca de mí. -Lara.- Alguien toca mi hombro y despierto de inmediato. Levanto la cabeza y tengo la rubia muy cerca de mí, como en mi sueño. De inmediato me pongo de pie y me alejo de ella. ¿Qué mierda me está pasando? La rubia me ve confundida. -¿Estás bien?- Me tapo la cara con las manos y busco controlar mis respiraciones. –Lara, me estás asustando.- Se acerca de nuevo a mí.


Lo sé porque percibo su olor. Siento sus manos en mis muñecas y lentamente las baja. -¿Lara?- -¡Boo!- Pegó un pequeño brinco y comienzo a reír. -Eres una tonta.- Dice golpeando levemente mi hombro. –Estaba preocupada.- Me queda viendo fijo un momento. -¿Qué pasó?- -Paso que estaba teniendo un lindo sueño y tú lo arruinaste.- -Lo siento pero no podía dejarte dormir en el piso… te puedes enfermar.- Le sonreí. -Tonta, te preocupas mucho.- -La próxima vez dejaré que mueras de hipotermia en el piso.- -Eres una exagera, el piso no está tan frío.- -La próxima vez sí lo estará.- -Ahora resulta que eres bruja y ves el futuro.- -Bruja tú.- -Bruja mi mamá.- Hizo un enorme esfuerzo por aguantar la risa pero falló y comenzó a reír. –A mí no me da risa porque sé que es verdad.- Me encogí de hombros. -¿Qué soñabas?- -Con una…persona muy atractiva.- Su rostro se tornó algo serio. -¿Y qué hacían en tu sueño?- -No creo que quieras saber.- Respondí levantando una ceja y casi de inmediato la rubia se puso roja y agachó la cabeza. -No, no quiero saber.- Dijo algo apenada. -Me iba a besar. No lo que estás pensando, pervertida.- Levantó la cabeza de nuevo. -En eso pensaba.- -¿En un beso?, ¿te sonrojaste por un beso?- Asintió. –Ana, ¿has besado a alguien?- Agachó la cabeza de nuevo y segundos después negó. Por alguna razón sentí mi corazón latir rápidamente. Una parte de mí estaba muy alegre con esta información pero, ¿por qué? Algo está sucediendo en mi interior… algo que muere por salir. Y creía saber que era. Inconscientemente di un paso hacía atrás. -Estás a tiempo de alejarte de la rara.


¡Soy una estúpida! Tomó mi reacción como algo contra ella. -Aunque quisiera alejarme… no podría.- Sonreí para mí misma. Era la afirmación más genuina que había hecho en toda mi vida. No podría alejarme de ella, de ninguna manera. Y esa sensación me agradaba, producía un cosquilleo agradable en mi estómago y hacía que mi corazón latiera a mil por hora. Sentí su meñique entrelazarse con el mío. Aún seguía con la cabeza agachada. -Yo tampoco podría.- Replicó muy quedito. Recuperé la poca distancia que había entre nosotras y tenía unas enormes ganas de sentirla nuevamente entre mis brazos y dejarla ahí por unos minutos u horas pero no podía. No podía porque sé que ese abrazo vino por una fuerte necesidad que ella tenía y yo aparecí. Nuestra diferencia de estaturas hacía que ella quedara justo debajo de mi quijada. Como días atrás me acerqué más a ella y deposité un beso sobre su cabeza. Dejé mis labios unos segundos y la oí suspirar. Regresé a mi posición original y levantó la vista. El color café del infinito, ese color que no tenía nada de común, porque nunca he visto un café que brille con tanta fuerza como el de sus ojos. -Gracias.- -Ya me agradeciste hace un rato.- -No es suficiente.- -No tienes que hacerlo, Ana.- -Yo sé que es un servicio…- Levanté mi mano libre y la puse cerca de su boca. -No es un servicio social, estoy aquí porque me preocupa tu padre. Lo quiero mucho y me dolería que algo le pasara.


Pero también estoy aquí por ti, porque me aterró la idea de que estuvieras sola. En el pueblo te conocen y te quieren aquí es otra historia. No sabes qué tipo de gente te puedes encontrar.- -¿Y quieres que no te agradezca?- -Agradece los favores, no agradezcas acciones que salen del corazón.- Más de un corazón que está como caballo desbocado por… por algo que está sintiendo. -Eres una buena chica, Lara.- -No con todos.- Ambas sonreímos. –Deberíamos regresar a la sala de espera y buscar un lugar donde dormir. No tardan en corrernos de aquí.- Asintió y caminamos de regreso a la sala de espera. No había mucha gente así que tendríamos mucho espacio para dormir. Una enfermera pasó muy cerca de nosotras y al principio sonrió pero vi un poco hacía abajo e hizo un gesto desagradable. Automáticamente volvimos la mirada y nos dimos cuenta que aún íbamos con los meñiques entrelazados. De inmediato nos soltamos y sentí mi cara arder. De reojo vi que la rubia se teñía de rojo de nuevo. -Eh… este… voy al baño.- Anunció nerviosamente. -Buscaré donde podemos descansar.- La rubia prácticamente salió corriendo del lugar. La sala de espera era algo grande, mayormente ocupada por incomodas sillas de plástico que estaba unidas unas a otras y éstas pegadas a una enorme barra de metal que las adhería al piso. Dormir ahí implicaría perder la espalda. El piso era una buena opción pero necesitaba algo para hacerlo menos incómodo. Quizá cartón o algo por el estilo. Buscaba con la vista algo que pudiera sernos útil para no pasar frío y dormir bien o dormir del todo. -¿Qué buscas?- Me preguntó la enfermera que estaba en recepción. Me acerqué a ella. -Algo que haga el piso menos… piso.- Meditó un momento. -Vienes con el pastor, ¿cierto?- -Sí, una rubia fea y yo.- Sonrió. -Ven.- Me llevó en dirección contraria a dónde estaba el señor Cardozo.


Pasamos unas cuatro puertas, todas marcadas con el típico “Sólo personal autorizado” hasta que se paró. –Los doctores de guardia duermen aquí. Sólo hay una cama individual pero no es tan frío como dormir en la sala de espera.- -Gracias.- -El pastor ha sido muy bueno con nosotros, salvó mi matrimonio… le debo mucho y esto es lo mínimo que puedo hacer por él.- Ambas sonreímos. -Es una persona excepcional… el señor Cardozo y usted. Muchas gracias.- -Dense prisa antes que las vea alguna enfermera. Cuando estén dentro asegúrense de ponerle llave por dentro para que nadie las moleste, ¿de acuerdo?-Asentí y regresamos a la sala donde una desesperada rubia buscaba por todos lados. -¿Qué buscas, tonta?- Volteó a donde estaba y la vi relajarse. -Creí que te habías ido.- -¿Y perderme la oportunidad de molestarte por una noche? Jamás.- -Fastidiosa.- -Tonta.- Oh, debíamos apurarnos. –Ven.- -¿A dónde?- -Al inframundo.- Hizo una mueca. –Ven, tonta.- Llegó a donde estaba yo y le susurré. –Nos encontré un lugar donde dormir.- La guié hasta el lugar que nos serviría de refugio y al entrar puse el seguro. Sobre la cama había dos cobijas y dos almohadas, tomé una de cada una y las acomodé en el piso. -¿Qué haces?- -Mi cama.- -Entramos las dos aquí.- -Soy muy loca para dormir. Te puedo noquear mientras duermes así que mejor yo en el piso.- -Pero…- -Silencio, majestad. Duerme en la cama.- Terminé de acomodar la cobija y me acosté. Ana hizo lo mismo pero en la cama. –Buenas noches, Ana.- -Buenas noches, Lara.- Me acomodé en posición fetal y cerré los ojos. Antes de dejarme vencer por el sueño rugué a los Dioses de todas las culturas que el sueño que se hacía recurrente dejara de hacerlo. Sólo quería dormir un poco. -¿Lara?- -¿Sí?- -¿Estás durmiendo?- -Sí.- -¿En serio?- -Muy en serio.- -¿Lara?- -¿Sí?- -¿Qué extrañas de tu casa?- -A papá.- -¿Y de tu antigua escuela?- -Nada.- -¿De verdad?- -Estoy bien donde estoy.- -¿Quieres regresar a casa?- -Por el momento no.- -Me alegra.- Era demasiado fácil hablar con ella cuando ambas estábamos de buen humor. No se necesitaba mucho para podernos conectar.


Y me asombraba la confianza que tenía en ella. -¿Lara?- -¿Qué quieres?- -Dulces sueños.- -Dulces sueños, Ana.- -Dulces sueños, Larita.- -No me digas así.- -Dulces sueños, Larita.- Comencé a reír. -¿Qué te pasa, tonta?- -Dilo.- Le estaba dando la espalda pero estaba casi segura que sonreía. -Buenas noches, Anita.- No dijo más y minutos después la escuchaba respirar profundamente. A pesar de que moría de sueño me aseguré de que se durmiera para poder hacerlo yo. Me desperté al escuchar a alguien llamando mi nombre insistentemente. Abrí lentamente mis ojos y vi que aún era de noche; todo estaba oscuro. Unos cuantos reflejos de luz medio iluminaban la habitación. Me di la vuelta y la rubia estaba hincada a lado mío. -¡Mierda!- Tenía el cabello sobre la cara y se veía como la chica del aro pero en rubia. -Estás tosiendo.- -Soñé que me atragantaba con una galleta.- Volví a encogerme y cerré los ojos. -Lara.- -¿Qué?- -Llevas un rato tosiendo. El piso está muy frío y de loca traes una playera sin mangas.- -Estoy bien.- -¿Por qué eres tan terca?- -Anita, ve a la cama a dormir, por favor. Estoy cansada.- Escuché que hizo unos movimientos, yo seguía con los ojos cerrados. -Ponte esto.- Su mano rozó con mi espalda. –Lara, tu playera está empapada. Quítatela.- -No soy horas para estar coqueteando, rubia.- Me puso el suéter sobre la cara. -Deja de ser una mula y ponte esto.- Me eché a reír. -¿Una mula?- -Sí, terca como una mula.- Con mucho desgano me senté. Sin más me quité la playera, vi a la rubia darse la vuelta. Me puse el suéter y me embriagué del olor de la rubia. –Gracias.- -¿Por qué?- -Por hacerme caso.- -No te acostumbres.- Regresó a la cama, yo simplemente puse la cabeza en la almohada y me quedé profundamente dormida. Mi sueño nuevamente fue interrumpido no sé cuánto tiempo después pero ahora no era la rubia, alguien tocaba a la puerta. Me puse de pie y abrí.


Hola.- Era la enfermera de recepción. –Afuera hay alguien preguntando por una chica de ojos verdes. Supongo que eres tú.- -Gracias.- Con el cabello alborotado caminé y en la sala de espera estaba papá con otra persona. Al verlo corrí a abrazarlo. -¡Papi!- Apenas y tuvo tiempo de abrir sus brazos para recibirme. -Mi princesa.- Extrañaba su profunda voz que lejos de asustarme me hacía sentir segura. Al ver de cerca mi rostro vio el golpe. -¿Qué le pasó a tu ojo?- -Un accidente en el voli.- Le sonreí. -Hay cosas que no cambian.- Me volvió a abrazar. Cuanto extrañaba a este hombre. -¿Cómo estás, mi amor?- -Preocupada por el señor Cardozo.- Nos separamos y le di un beso en la mejilla. -He traído a alguien que puede ayudar. Te presento al doctor Añorve; es de los mejores cardiólogos que hay en México.- Le extendí la mano y el amablemente la aceptó. -Mucho gusto, doctor.- -Un placer, señorita Orozco. Escuché mucho sobre usted en el avión.- -Le pago el psicólogo, no se preocupe.- Ambos hombres rieron. -El doctor Montero está por venir.- Anunció la enfermera que fue por mí. El hombrecito asintió. -¿Puedo pasar a verlo?- Preguntó el doctor. -Claro, por aquí.- Lo guió la enfermera. Me quedé en la sala con papá. -Te ves bien, mi amor.- -No me quejo, papá. Esto me ha abierto los ojos un poco.- Me atrajo hacía él. -Y por lo visto también te los ha dejado morados.- Me sonrió. -Cardozo sugirió un semestre aquí pero si quieres nos podemos ir ya.- -Papi, no seas blando. Sabes que no he sido una buena hija.- -Tenemos mucha culpa, Lara.- -No, papi. Yo tomé mis propias decisiones. De ti no he visto más que trabajo y sacrificio para mantener a tu familia. Has sido un buen ejemplo.- -A costa de tiempo contigo, mi amor.- -Esto nos servirá a ambos.- -A los tres.- Dijo de inmediato. -No puedo hablar por ella.- -Lara…- -Papi, no quiero hablar de ella. Por favor.- Asintió y depositó un beso en mi frente.


Te he extrañado mucho. -Yo también, mi amor. Cardozo me ha dicho que te adaptaste bien.- -No me queda de otra.- Me encogí de hombros. Levanté un poco la vista y vi a la rubia parada a unos metros de nosotros. Le hice una señal para que se acerca. –No le vayas a dar la mano.- Le dije a mi papá muy despacio para que sólo él lo escuchara. –Papi, ella es Ana. La hija del señor Cardozo.- Los presenté una vez estuvo lo suficientemente cerca de nosotros. –Ana, él es Manuel Orozco, mi papá.- -Mucho gusto, señor.- Dijo la rubia un poco nerviosa -El placer es mío, señorita Ana. Lamento lo que le pasó a tu papá pero he traído a alguien que lo hará ponerse bien.- -Dios le regrese lo que hace con muchas bendiciones.- -Mi mayor bendición está al cuidado de tu papá; haré todo porque mi amigo se recupere.- -Gracias.- Le di unas palmadas a la silla que tenía a mi lado y la rubia rápidamente captó. Se sentó a lado mío. –¿Dormiste? -Muy poco porque alguien me estuvo molestando, ¿y tú? -Casi no.- Respondió con una sonrisa. -Papi, ¿tienes sueño? -Dormí un poco en el avión. Descansaré hasta que sepa que pasa con él.- Asentí. –Ustedes pueden regresar a dormir.- -Quiero esperar noticias.- Contestó la rubia. -Vayan a descansar y en cuanto sepa algo las voy a llamar, ¿les parece? -Sí, eso está muy bien.- Respondí y tendí mi mano para levantar a la rubia. Un poco dudosa la tomó. –Te veo un rato. -Descansen, señoritas.- Llegamos al pequeño dormitorio y me eché sola la cobija, cerré los ojos y segundos después sentí a alguien acostarse a lado mío. -¿Qué haces?- -No quiero dormir sola.- -Conste que te advertí.- Estaba de espaldas a ella. Mi cara daba a la pared. No podía ni comenzar a describir la sensación de tenerla así de cerca. Simplemente sonreí.


¿Lara?- -Dime, Ana.- -¿Te puedo abrazar?- Un abrasante calor se apoderó de mi pecho. -Claro que puedes.- Tímidamente pasó su mano por mi cintura; y así, con la rubia abrazada a mí me quedé dormida profundamente. De nuevo el golpeteo de la puerta nos despertó; Ana se puso de pie tan rápido como pudo y fue a la puerta. -Las esperamos en la sala.- Dijo mi papá con una sonrisa. Levanté la cama improvisada y corrimos a la sala. El doctor Añorve hacía unos apuntes mientras papá le decía algo. -¿Cómo está?- Preguntó la rubia de inmediato. -Lo obvio es que tuvo un infarto pero aún desconocemos qué lo causó. Le decía a Manuel que lo mejor es llevarlo para hacerle estudios más profundos.- -¿Pero se pondrá bien?- -Necesitamos primero los estudios para saber cómo evitar que pase esto de nuevo y saber que tanto dañó.- Me agradaba y odiaba la sinceridad del doctor. -Milagro.- Todos me quedaron viendo extrañados. –Su pluma.- El su mano derecha tenía una pluma dorada que decía “Miracle”. -Oh, esto. Me lo dieron en una conferencia que tuve en Toronto. El hospital Miracle fue el anfitrión.- Explicó con una sonrisa que imité. -¿Ya se despertó?- -Sí, Ana. De hecho preguntó por ti.- Papá sonrió. –Deberías ir a verlo.- Asintió y vimos a la rubia desaparecer por el pasillo. Me puse de pie. -Iré a tomar un poco de aire fresco.- Anuncié. -Con cuidado, mi amor.- Comencé mi camino a la puerta y a lo lejos vi al chico de la tienda donde hice la llamada la noche anterior. Al verme hizo un intento de sonrisa y vi que traía arrastrando la bicicleta que había tomado prestada. -Dejaste esto ayer.- -Gracias.- -Y esto.- Extendió su mano y me mostró dinero. Supongo que era el cambio del billete que le tiré. -Gracias de nuevo.- -No hay de qué.- -Oye, ¿sabes dónde venden buenos desayunos?- -Mi tía tiene una pequeña fonda.


Está a una cuadra de aquí.- -Gracias.- Le sonreí, él simplemente asintió y se fue. Regresé adentro con los hombres que estaban enfrascados en su plática. –Hay un lugar donde desayunar cerca de aquí. Deben estar hambrientos.- -Sí, definitivamente.- Contestó el doctor. Les di las indicaciones de cómo llegar. -¿Tú no vienes?- -Esperaré a la rubia. Los alcanzamos en un rato.- Asintieron y salieron del lugar. Minutos después de su partida llegó Norma al hospital. –Hola, Norma.- -Lara, me alegra saber que llegaste bien estaba preocupada.- -Todo bien. Gracias.- -¿Cómo está?- -Necesitan hacerle estudios, se lo van a llevar.- -¿Quiénes?- -Tu crush y el doctor que trajo.- Le sonreí. -¿Mi crush?- -Mi papá.- Me dio un golpe en la espalda. –Pierdes puntos si golpeas a su consentida.- Ahora si no aguantó y de plano me dio un zape. -¡Oye! Si así me vas a tratar no te ayudo.- -Lara, basta.- Estaba en el limbo entre estar molesta y apenada. -Vamos, es divertido. Aparte nadie nos escucha y no saben qué pedo. Relájate.- -Me vas a matar de un coraje, Lara.- -Prometo ser obediente.- Rápidamente me puse de pie porque sabía que me golpearía de nuevo. –Que ira, señora.- Eran tan refrescante ver este lado de Norma. La directora respetada y admirada por la escuela no tenía nada que ver con la mujer sonrojada que tenía frente a mí. Para su fortuna y para mi desgracia la rubia hizo acto de presencia. -Hola, profe.- -Ana, ¿cómo estás?- -Bien. Y parece que él también.- -Me alegra mucho saber eso. ¿Crees que pueda pasar a verlo?- -Claro, está despierto.


Es la habitación ocho.- Señaló al pasillo. -Esto es guerra, Lara.- Dijo la mujer de ojos expresivos con una sonrisa. -Y todo se vale.- Repliqué con una sonrisa. Se dio la media vuelta y yo volví mi vista a la rubia que se sentó a lado mío. -¿Cómo está?- -Bastante tranquilo. Quiere verte para agradecerte que hayas llamado a tu papá. También está muy feliz por haberle visto.- -Son muy buenos amigos. Papá habla de él con mucho cariño. Y mira, su amistad nos tiene aquí.- -¿Te duele?- Pasó su dedo índice sobre mi pómulo con mucho cuidado. Cerré los ojos al sentir su piel con la mía. -Sólo cuando lo presionan.- -Aquí- presionó suavemente –se ve morado. –Movió un poco su dedo. –Aquí se ve verde.- Yo seguía sin abrir los ojos, deleitándome con su roce y su voz. –Tienes un arcoíris en potencia.- Dijo burlona. -Debería hacerte uno.- -Si eso llega a pasar sabré que lo hiciste a propósito.- Quitó su dedo y abrí los ojos lentamente. -Definitivamente.- Vi como los hoyuelos se formaron en su rostro. -¿Quieres ir a desayunar? Me dijeron de un lugar bueno cerca de aquí. Ahí está papá y el doctor.- -Claro pero deberíamos esperar a la profe.- -De acuerdo.- Esperamos a Norma en un agradable silencio. El reloj de recepción marcaba las diez y media de la mañana. La mujer de cabello corto salió casi a las once. -¡Vámonos!- Dije con tal desesperación que Ana comenzó a reír. -¿A dónde?- Preguntó Norma confundida. -A desayunar. Las tripas de Lara están teniendo una acalorada discusión y las mías van por el mismo camino.- -Vamos.- Dijo la mujer. Omití el detalle de que papá estaba ahí. El lugar estaba a unos tres minutos de ahí y lo reconocimos por las letras pintadas en la pared: “Cocina de doña Mary”. Entré primero y vi a papá y al doctor en una mesa amplia; después de mí entró la rubia y por último Norma.


Me hubiera encantado tener una cámara para grabar su cara al ver a mi padre ahí. Usé todas mis fuerzas para contener la risa. -Rubia, ven aquí conmigo.- Hice que tomara la silla que estaba a mi izquierda haciendo que Norma quedara justo frente a mi padre. Papá al verla entrar como todo un caballero se puso de pie al igual que el doctor. -Hola, Norma. Gusto en verte.- La saludó amablemente. -Lo mismo digo, Manuel.- Contestó Norma en un tono de voz muy serio. -Él es el doctor Añorve, está a cargo de Cardozo a partir de ahora.- -Mucho gusto.- Dijeron al unísono y se estrecharon las manos. Una pequeña de unos ocho años nos llevó el menú a cada una de nosotras. Yo tardé menos de dos segundos en decidirme por unos chilaquiles al igual que la rubia. Y Norma optó por un caldo de pollo. El desayuno transcurrió relativamente normal. Papá le hizo plática a Norma y se veían algo incomodos interactuando pero trataban de disimularlo. Obviamente eso no pasaba desapercibido para mí pero los otros dos espectadores ni se inmutaban. Comía y veía entretenida la plática de los adultos. Era bastante notorio que Norma sentía algo por mi papá y papá no era muy bueno disimulando las miradas hacia Norma. No aguante más y me reí bajito. Sentí un leve pellizco en mi pierna y sólo reí más. -¿Estás bien, princesa?- -Sí, papi. Recordé algo gracioso, es todo.- Los adultos siguieron con la plática. Volteé hacia la rubia y se rió bajito. -¿Qué?- -Tú.- -¿Qué conmigo?- Tomó una servilleta y me limpió la comisura de los labios. -A la próxima te traeré un babero.- Dijo con una sonrisa juguetona. -Gracias.- Volteé y Norma nos veía atentamente. -¿Qué?- Una malévola sonrisa apareció en su rostro. -Nada. Absolutamente nada.


Terminamos el desayuno y regresamos al hospital. La rubia me decía algo a lo cual no prestaba mucha atención; mi vista estaba en las personas que iban delante de nosotros, especialmente en papá y Norma. Definitivamente había algo entre esos dos. -¿Estás de acuerdo?- -Sí.- -Muy bien.- La rubia me puso el pie y si no es por un bote me voy de boca al piso. -¿Qué te pasa, tonta?- -Te pregunte que si estabas de acuerdo en que te pusiera el pie y me dijiste que sí.- -Lo siento, rubia… es sólo que hay más cosas en mi mente.- -Ya me di cuenta.- -Perdón de verdad, ¿qué me decías?- -Que debemos avanzar con nuestra presentación de la tabla periódica.- -Claro, en cuanto regresemos a casa nos podemos poner de acuerdo para estudiar.- -A veces eres muy despistada.- -Mira quién habla.- Me recompuse. –La que en lugar de pasar el balón me da en el ojo.- -Fue un accidente.- -Esa es una buena forma de ser despistada, tonta.- Entre bromas y pequeñas risas llegamos al hospital. -Bueno, hora de despedirse.- Dijo el doctor. -¿Despedirse?- -En cuanto llegue el helicóptero nos iremos con el paciente.- -¿Por cuánto tiempo?- Inquirió la rubia. -Lo que necesiten lo estudios. Quizá un par de días o una semana dependiendo de lo que encontremos.- -Nosotros no tenemos dinero…- -Ana, no debes preocuparte por eso, papá se hará cargo, ¿cierto?- -Así es, princesa. No tienes que preocuparte, hija. Lo voy a cuidar bien.- Vi los ojos de la rubia llenarse de lágrimas. -Gracias.- -Tranquila.- Tomé unas hebras de su cabello y comencé a jugarlo. –Vamos a despedirnos de él, ¿te parece?- Asintió. Olvidamos por completo que no éramos las únicas ahí y nos fuimos directamente a la habitación ocho sin decir nada. La rubia sonrió automáticamente al ver a su papá. -Dulce Lara, me alegra verte.


Igualmente, señor. Se ve… bien.- Fue lo único en lo que pude pensar. -Bueno, tu padre cree que debo ir por exámenes y no sé qué cosas a la ciudad.- -Es lo mejor. Debemos estar completamente seguros de que todo está bien. No asustaste mucho, papi.- -Lo siento, hija.- -Para que no vuelva a disculparse vaya con mi padre y obedezca instrucciones.- El hombre alto sonrió. -De acuerdo. Entonces te dejo a ti a cargo de mi iglesia.- -¿Yo?- -Tú, Lara. Sabes cómo se maneja y lo que planeo. Nos falta poco para tenerla completa y no quiero que se retrase nada. Confío en ti, Lara.- La sonrisa no me cabía en el rostro y por lo que vi tampoco la rubia. -Gracias, señor. No lo defraudaré.- -Yo sé que no.- Esperamos alrededor de una hora hasta que el helicóptero llegó. Al parecer no eran muy conocidos ya que casi todo el pueblo se reunió a ver lo que acontecía. La rubia no estaba muy acostumbrada a estar sin su padre y en cuanto escuchó el helicóptero comenzó a llorar. Ni siquiera intenté decirle algo, era su forma de desahogarse y no la reprimiría. Papá antes de partir me dejó una bolsa sellada y me pidió que la abriera hasta llegar a casa. Esperamos hasta que la enorme máquina se fue. Entonces la persona que llevó al señor Cardozo a ese pueblo amablemente nos ofreció llevarnos de regreso y evitarnos la larga caminata. Le pedí que acomodara la bicicleta que debía regresar junto con una muy buena explicación y una extensa disculpa. Ya dentro del coche la rubia seguía llorando. -Deja de llorar, por favor.- Quería hacer algo más que jugar con su cabello pero no podía.


Sabía que no podía hacerlo pero no fue necesario. La rubia buscó refugio en mi pecho. Norma que estaba junto a ella abrió los ojos como platos cuando vi la acción de la rubia. Estaba claramente sorprendida. -No quiero que le pase nada.- -Tranquila. Para eso se lo llevaron.- Sobaba su espalda rítmicamente tratando de calmarla un poco. –No soporto verte llorar, por favor.- Aún entre sollozos llegamos al pueblo; Norma en ningún momento nos quitó la vista de encima y observaba curiosa la escena. Sabía que se me venía un gran interrogatorio. Ella pidió que la dejarán cerca de su casa y nosotras fuimos llevadas hasta la iglesia. Al llegar le di una pequeña propina después de que me ayudó a bajar la bicicleta. La rubia me guió hasta su habitación. Olía maravillosamente, como ella. Había un enorme estante con muchos libros. Su cama estaba pegada a la pared; estoy segura que se caía si la ponía a media habitación y me hizo sonreír. También había varios dibujos y partituras pegadas en la pared. La habitación era muy ella. Incluso en el color, verde agua con una franja blanca en medio. -¿Quieres un poco de agua?- Asintió. Caminé a la cocina que ya era familiar para mí y tomé dos vasos uno para ella y uno para mí y regresé a la habitación. -¿Puedo?- -Un momento.- Supuse que se estaba cambiando de ropa. –Pasa.- Estaba en lo cierto, ahora tenía unos shorts que mostraba hasta la mitad de su muslo y una blusa sin mangas. Le pasé el vaso de agua. –Gracias.- -Un placer, majestad.- Ambas nos sentamos en la orilla de la cama.


¿Tienes hambre?- -No mucho. ¿Tú?- -La respuesta siempre será sí, Ana.- -Vamos, te prepararé algo.- Regresamos a la cocina y en cuestión de minutos tenía un sándwich y un vaso de leche frente a mí. -¿Sólo uno?- Sonrió y puso otro plato con un sándwich. -¿Y tú?- -Estoy bien.- Me encogí de hombros. -Tú te lo pierdes.- Devoré los sándwiches ante la mirada atenta de la rubia. –Deliciosos.- -Lo sé.- -Qué humildad, majestad.- Después de dejar todo levantado regresamos a la habitación de la rubia. Al igual que unos instantes atrás nos sentamos en la cama. -¿Te puedes quedar conmigo?- Preguntó después de muchos instantes de silencio. -Sí, Anita.- Me sonrió y se puso de pie, buscó al en su clóset y me lo entregó. -Para que duermas más cómoda.- Aún tenía puesta su sudadera. -Gracias.- -Te dejo un momento.- Salió de la habitación y me cambié tan rápido como pude. Al verla en shorts me hizo sentir que tenía demasiada ropa puesta y comencé a sudar. No podía dormir así. -¿Ana?- -¿Sí?- -Necesito ducharme.- -¿Puedo?- -Pasa.- Entró con una leve sonrisa. Del mismo clóset sacó una toalla y me la pasó. -Esa puerta.- Señaló una puerta que no había visto junto al librero. –La luz está a tu izquierda entrando.- -Gracias.- Tomé un baño con cierta calma; dejé que el agua me refrescara, muchas cosas pasaron hoy y necesitaba este pequeño momento de relajación. Los short de Ana me quedaban demasiado “short” era casi como mis antiguas licras del voli y su playera me quedaba como ombliguera. Cuando salí la rubia estaba acostada en el rincón de la cama. Aproveché el tiempo para abrir la bolsa que papá me dio. Intenté hacer mucho ruido pero no lo logré.- -¿Lara?- -Lo siento.


Quería ver que me trajo papá.- -¿Qué esperas?- Le sonreí y abrí la bolsa; de ella saqué mis rodilleras, mis estabilizadores de tobillos y un par de tenis nuevos. –Están muy bonitos, Lara.- -Gracias.- Metí las cosas de nuevo a la bolsa y me quedé parada. -¿Dónde dormiré?- -Aquí, sólo que en la orilla de la cama.- Dijo con naturalidad. Asentí con una sonrisa y me metí a la cama con ella. Me quedé boca arriba a lado de ella. Lentamente se acercó hasta quedar sobre mi pecho. –No puedes imaginar lo mucho que significó para mí el que estuvieras conmigo.- Con mi mano izquierda rodeé su cintura y la atraje más a mí. -Sé que hubieras hecho lo mismo.- Pegué mi cabeza con la de ella y cerré los ojos. -Me agradas mucho, Lara.- Su mano se aferró más a mi cintura. -Quisiera decir lo mismo, rubia.- La escuché reír. Después de varios minutos sus respiraciones se hicieron más lentas y sabía que se había quedado dormida. Ahora entendía mi dilema, con la rubia en mis brazos todo era más claro. No era un sentimiento que quisiera ocultar pero era algo que me daba mucho miedo; no por sentirlo sino por las posibles consecuencias que podría acarrear. Aquí, aspirando su aroma sabía que quería estar así con ella todos los días. Ahí en la comodidad de su habitación, la cual estaba junto a una iglesia, con ella durmiendo sobre mi pecho acepté lo que mi subconsciente venía maquilando y que me pedía que lo dijera a gritos: me gusta la hija del pastor.