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Quiero acabar junto a ti

Por fin habíamos quedado. Después de cinco años y varios intentos (casi todos fallidos por mi parte), por fin habíamos decidido un sitio y una hora. Me daba miedo que todo fuera raro, frío, distante. Que nos quedáramos sin conversación. Te había conocido cinco años antes en un trabajo de verano. Conectamos increíblemente bien, incluso se podría decir que tonteábamos. Por aquel entonces ya me sedujiste. Tú lo tenías claro. Yo tenía novio y algunas dudas, pero también muchas ganas de experimentar, y tú lo sabías. Pero todo acabó ahí. Sin más. Hasta hoy... Cuando te he visto estabas tremendamente guapa, con un gorro y una bufanda de lana y tus pintas de "hippie disimulada". La distancia que temía que hubiera entre nosotras sólo duró unos minutos. Tras la primera cerveza y algunas conversaciones sin importancia, todo empezó a fluir. Las risas, las palabras, las miradas, la complicidad...Y también mis temidas, pero a la vez ansiadas, ganas de besarte. Te conté lo que me pasaba y por fin lo entendiste todo.


Comprendiste por qué había desaparecido cinco años atrás sin responder a tus mensajes y por qué ahora volvía a reaparecer de la nada. No sólo no me juzgaste, sino que me regalaste tus mejores consejos y sonrisas demostrando una enorme generosidad y empatía. Me pareció increíble lo cómoda que me sentía revelándote mis necesidades y mis dudas sexuales; intimidades y secretos inconfesables que no saben la mayoría de mis mejores amigas. Hiciste que todo pareciera tan natural que la confianza surgió por sí sola. Y me volviste a seducir. Esta vez no lo planeaste, como probablemente sí hicieras cinco años atrás, pero mis ganas contenidas y la sensualidad que se desprendía de cada poro de tu piel, lo hicieron inevitable. En varios momentos tuve que esforzarme por mantenerte la mirada. Por vergüenza, en parte, pero sobre todo por la excitación que empezaba a recorrerme el cuerpo como una corriente eléctrica. Era tan intensa que creo que las ganas de acariciarte se me reflejaban en los ojos. Cada vez estaba siendo más complicado disimular las ganas que tenía de hacérmerlo contigo, de sentirte dentro de mi, de poder acariciar por fin el cuerpo de una mujer, tu cuerpo.


Te llevé a casa en coche y, cuando estábamos en tu portal, te pusiste en el asiento del conductor y dijiste que íbamos a dar un paseo. El corazón me dió un vuelco... "¿En serio va a pasar lo que llevo deseando toda la tarde o es que las ganas que te tengo hacen que me imagine tonterías?" Paraste en una calle solitaria, echaste con decisión el freno de mano y me miraste. Fue como si me atravesaras... Imaginé que tenías tantas ganas de follarme como yo a ti y mi excitación empezó a crecer de nuevo. Acercaste tu mano a mi cara y me acariciaste sin dejar de mirarme a los ojos. La tensión se respiraba y se podía cortar con cuchillo... Me armé de valor y empecé a besarte la mano con la que me acariciabas y, sin saber cómo ni por que, introdujiste tus dedos en mi boca. Empecé a chuparlos imaginando que no era mi boca, sino mi sexo lo que rozabas con tus dedos. Noté como me iba humedeciendo poco a poco, pero seguía sin saber qué pasaba por tu cabeza en ese momento ni si tú lo estabas disfrutando tanto como yo. Seguías follándome la boca y yo me calentaba cada vez más. Mordí sutialmente uno de tus dedos y entonces ahogaste un gemido.


Ya no había duda, tú también lo estabas buscando. Ese gemido desató una descarga de placer que comenzó en mi nuca recorriendo toda mi espina dorsal hasta llegar a mi sexo. No pude evitar gemir, esta vez ya sin vergüenza ni remordimientos y sin pensar en nada más que en las ganas que tenía de correrme contigo... Empezamos a besarnos, al principio de manera suave, tímida, insegura. Los besos se hicieron cada vez más húmedos y profundos, cada vez más calientes y sexuales. Quería que fueras tú la que me guiaras y la que marcaras el ritmo. Me dijiste que echara mi asiento para atrás y te sentaste a horcajadas sobre mi. Ya no había vuelta atrás... Comenzaste a besar mi cuello. Podía sentir tu respiración entrecortada en mi oreja, ya descontrolada por tu creciente excitación. Mis jadeos eran ya más que evidentes. Te acaricié el pecho, primero por encima de la blusa. Después saqué uno de ellos torpemente por encima del sujetador y empecé a tocarlo y a chuparlo sin poder parar de mirarte. Me temblaban las manos. Estaba muy nerviosa y excitada. Tú lo notaste y me invitaste a continuar... "Tranquila, lo haces muy bien. Estoy tan cachonda como tú. Déjate llevar...". En ese momento mi sexo empezó a palpitar de gusto. Sentía tanto placer que hasta me dolía, parecía que me iba a explotar de un momento a otro.


Seguí acariciándote las tetas, ahora ya con más seguridad y destreza. Pellizcaba suave y rítmicamente tus pezones mientras tú me abrazabas y gemías sobre mi cuello. Cuando empezaste a moverte y a balancear tus caderas sobre mi, entendimos que nos sobraba la ropa. Nos desnudamos rápidamente y me volteaste para que ahora fuera yo la que quedara sentada encima te ti. Me dejé caer sobre tu cuerpo y pude notar tu suavidad, tu calor, tus pechos frotándose contra los míos, tus pezones erectos dándome un inmenso plancer. Estaba tan excitada que tuve que contenerme para no correrme allí mismo. Creo que podría haber llegado al orgasmo con sólo sentirte debajo de mi, con saber que nuestros coños estaban tan cerca, a punto de rozarse... Paré un momento para mirarte a los ojos. "¿Te gusta? ¿Estás bien?". Mis inseguridades volvían a aflorar. Tú única respuesta fue una mirada cargada de sexo mientras dirigías mi mano a tu entrepierna para que pudiera sentir su humedad y así comprobar lo cachonda que estabas. Volví a aguantar las ganas de correrme mientras te acariciaba el coño. . Empecé a mover mis dedos, primero por fuera, rozándote suavemente, hasta que , poco a poco, fui introduciendo mis dedos por dentro de tus labios y por fin pude sentirte por completo, totalmente mojada y con tu sexo balanceándose pidiéndome más. Fue entonces cuando tú iniciaste la misma maniobra y comenzaste a acariciarme la entrepierna mientras las dos gemíamos de gusto...