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Romance prohibido

Abrí la puerta de mi casa y me encontré con una mujer joven y de figura bien torneada. Vestida con jeans y una camiseta sin mangas. Le di una mirada furtiva a su pronunciado escote antes de saludarla. ― Tú debes ser Paola –le dije. ― Si, así es. Y tú eres Raquel. Paola me mostró sus dientes blancos al sonreír y se me acercó para abrazarme. Era más alta que yo, y mucho más fuerte, tal como pude percibir al sentir como sus brazos me apretaban en la espalda. Mejor así. Era la clase de mujer que necesitaba en ese momento. La chica seguía con esa sonrisa seductora en su rostro, por lo que me sonrojé. Una amiga me la había recomendado para hacer trabajos en el jardín. Desde que me separé de mi marido no había tenido ganas ni fuerzas para hacer todas esas tareas domésticas, por lo que mi amiga, al ver el estado en que se encontraba mi jardín, me insistió en que llamase a esta muchacha para que me ayudase.


Paola era su nombre y no sabía más de ella que eso. Mi amiga no me había mencionado lo atractiva que era, aunque no había razón para hacerlo. Paola solo había venido a mi casa a hacer algo de mantenimiento en mi jardín y nada más. ― Bueno –dijo Paola.― ¿Dónde está el jardín? La acompañe hacía el fondo de la casa. El jardín era amplio, con varios arbustos, una piscina y dos frondosos árboles. El césped llevaba meses de crecido por lo que Paola tendría mucho trabajo que realizar para poder dejar mi jardín en un estado aceptable. Con su juventud y esos brazos fuertes sabía que no le costaría demasiado. Caminamos un poco por el jardín, mientras yo le iba explicando lo que necesitaba que ella hiciera. Podía sentir su mirada fija en mi rostro, a pesar de que yo le apuntaba con el dedo por el jardín para que mirase hacia otro lado. ― ¿Crees que será muy difícil? –le pregunté. ― No –me dijo.― Me va a llevar algo de tiempo pero lo puedo hacer. No te preocupes. ― Me alegro. Yo voy a volver dentro, así que si necesitas algo entras y me lo pides, ¿sí? ― Perfecto. La dejé en el jardín y volví con paso apresurado hacia la casa.


Necesitaba alejarme ya mismo de su lado. Su sonrisa y su cuerpo me estaban afectando más de lo normal. Entré a la cocina, desde donde le podía ver a través de la ventana, y vi que Paola ya se había puesto a trabajar. Una chica trabajadora, así era como me la había descrito mi amiga. Ella era el tipo de persona que necesitaba en este momento de mi vida luego de que mi ahora ex marido ya no estaba más en la mía. Mi marido me había dejado hacía ya unos dos meses. O mejor dicho, yo lo había echado hacía ya dos meses. Claudio, mi marido por siete años, ya no estaba más en mi vida y no lo echaba de menos. No después de haberlo descubierto en nuestra cama matrimonial teniendo sexo con su secretaria. No podré olvidar jamás ese momento, esa imagen en mi mente al ver como todo mi mundo se desplomaba en un instante. Mi relación con Claudio hacía ya tiempo que no era buena, pero nunca habría pensado que terminaría de esa forma. Claro que en retrospectiva todo tenía sentido.


Todas esas horas que tenía que quedarse en su oficina luego del horario laboral o esas emergencias que lo obligaban a ausentarse durante el fin de semana, todas esas situaciones que ahora podía ver que no eran más que excusas para encontrarse con ella. Una parte de mi mente sabía que lo que estaba sucediendo no era normal, pero lo justificaba pensando en que tal vez lo que decía Claudio era verdad. ¿Cómo podría llegar a pensar que el hombre que amé por siete años me engañaría de esa forma? Un sábado había salido con una de mis amigas, pensando en pasar la tarde viendo una película. Sin embargo, nuestra reunión no duró mucho tiempo porque ella se sentía algo mal, con síntomas de gripe, por lo que era mejor que descansase, así que volví temprano a mi casa. No pensé en avisarle a mi marido, quien me había mencionado que se quedaría allí a descansar. ¿Quizá hubiera sido mejor enviarle un mensaje de texto? Me hubiera evitado la tragedia de descubrirlo desnudo junto con esa mujer y hubiera mantenido la ficción de un matrimonio feliz por un tiempo más. Sabía que era una estupidez, pero no podía dejar de pensar en que hubiera sucedido si no los hubiera descubierto. En la entrada de mi casa había un automóvil que no conocía.


No me sorprendió porque pensé que quizá algún amigo de Claudio había decidido visitarlo. Al entrar dentro no los vi ni a mi marido ni a su amigo en la sala, donde pensé que podrían estar viendo televisión. Tampoco en el jardín ni en ningún otro lugar de la planta baja, por lo que subí al piso de arriba, con algo de desconcierto, no sabiendo bien que podían estar haciendo allí. Mientras subía las escaleras podía escuchar un ruido lejano, un murmullo que no podía reconocer, pero que sabía que venía de nuestro dormitorio. Hacía allí fui, encontrándome en el pasillo su camisa en el suelo. Unos pasos adelante estaba tirada una blusa, que no era mía. Mis oídos podían percibir mejor el murmullo que venía del dormitorio, un murmullo que sabía que en realidad eran gemidos. Seguí caminando hacia la puerta, con mi mente incapaz de procesar lo que estaba sucediendo. Tenía que estar segura y verlo con mis propios ojos. Existía una pequeña probabilidad de que todo fuera un error, una equivocación de mi parte y que no me encontraría a mi marido con otra mujer en nuestra cama. Me acerqué y los gemidos fueron incrementándose en volumen.


Reconocí la voz de Claudio pero no la de la mujer que estaba con él. La puerta estaba entreabierta, por lo que solo tuve que moverla un poco para poder ver lo que estaba sucediendo dentro. Claudio estaba acostado en nuestra cama, boca arriba, con una mujer rubia, joven, montándolo. La reconocí al instante. Era su secretaria. No sabía cuál era su nombre ni me interesaba. La había conocido dos meses antes, cuando fui a visitar a mi marido a su oficina. No era la secretaria que conocía de antes, por lo que Claudio me contó que la chica era nueva y que había comenzado a trabajar con él unos días atrás. Me molestó que Claudio no me haya mencionado eso antes, pero no le di demasiada importancia. Mi marido y yo estábamos atravesando por una pequeña crisis y no estábamos hablando como solíamos. Pude ver como los pechos de su secretaria rebotaban con cada salto que daba sobre mi marido. Una y otra vez la vi, hipnotizada por esos pechos firmes que Claudio había elegido en lugar de los míos. Su cuerpo era delgado, tenía pechos atractivos y era joven. Con razón mi marido estaba en la cama con esa mujer y no conmigo.


El engaño no solo había destrozado mi matrimonio sino también mi autoestima. Tenía 38 años y no podía competir con esa mujerzuela. Sabía que no tenía que pensar así, pero no podía negar como el paso de los años me había afectado. Tenía unos pocos kilos de más y mis pechos no estaban tan firmes como cuando era joven, pero aún eran grandes y suculentos. Me consideraba una mujer atractiva, pero lo que estaba viendo frente a mis ojos era como una bofetada que me dejaba en claro que quizá lo que pensaba no era cierto. No sé cuánto tiempo pasó antes de que Claudio me viese ahí en la puerta. Se sorprendió al verme y su amante se cubrió los pechos, pero ninguno de los dos intentó separarse del otro. El miembro de Claudio seguía bien dentro de su secretaria. Salí corriendo de mi casa y fui a lo de una amiga. Claudio abandonó la casa luego de que le pidiese el divorcio. No sabía que era de su vida estos últimos días, ya que no volví a hablarme con él. Tenía 38 años y sentí como mi vida se había acabado. Tenía que comenzar otra vez, pero no estaba interesada en hombres por el momento. Fugazmente mis pensamientos volvieron a la sonrisa que la chica me había dado unos pocos minutos antes.