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La puta en el espejo

Desde muy temprana edad comenzó a sentir el calor de la pasión y la lujuria en su juvenil cuerpo, fue entregándose a los placeres de cuerpo y de la carne; sus primeras experiencias fueron simples experimentos que no llenaban sus ansias de placeres. Probó el sexo en diferentes formas, posiciones, lugares, con diferentes personas, pero su cuerpo le pedía siempre más. Al no conseguir lo que buscaba en otras personas optó por entregarse a la persona más cercana, ella misma. Experimentó el fino arte de la autosatisfacción, así comenzó a conocer cada rincón de su cuerpo, aquellas zonas que antes no conocía y que ahora le daban placer; su joven piel morena tersa como la seda era explorada por sus dedos que con el paso de las sesiones se iban volviendo ágiles.


Sus pechos de tamaño media se mantenían firmes y redondos, coronados por una aureola oscura y un pezón que lograba ponerse duro como una piedra al más mínimo contacto sensual; sus anchas caderas atesoraban en medio un premio deseado por muchos, su sexo; carnosos labios rosas resguardan su vagina. Conoció el placer que le causaba el pellizcarse uno de los pezones con sus dedos mientras con la otra mano frotaba enérgicamente su clítoris; pronto estos juegos dejaban de causar el efecto deseado en su cuerpo y se convertía en rutina. Un día entró por curiosidad en una tienda de adultos e invirtió parte de su dinero en un consolador de buen tamaño y grosor; aprovechaba los momentos de soledad en su hogar para entregarse a los placeres de la autosatisfacción. Su ritual consistía en darse un baño a conciencia y con su cuerpo húmedo se tendía en la cama y abriendo las piernas recibía aquel enorme pene de goma en su sexo.


En una de sus tantas sesiones mientras experimentaba nuevos lugares para sus juegos sexuales se vio en un sofá que quedaba justo al frente de un espejo de cuerpo entero, los que sus ojos observaron fue de agrado para ella y para su mente ya pervertida, a pesar de que era su reflejo le parecía que era otra persona a la que observaba, algo dentro de ella cambió y así comenzó un juego de seducción y perversión del cual no quería salir. Comenzó a admirar su cuerpo en el espejo, detallando cada parte, recorriendo con sus manos las curvas de su silueta; empezó por sus pechos los cuales tomó con ambas manos y se atrevió a apretar por primera ver soltando un leve gemido, estimuló con los dedos sus pezones los cuales no tardaron en reaccionar y cerrando los ojos los apretó.


Sus manos se deslizaron por su vientre y acentuaron la curva de su cintura, girándose un poco pudo ver el reflejo de su trasero en el espejo, sus nalgas firmes y redondas se veían apetecibles y no puedo resistir la tentación de brindarse una nalgada, un sentimiento de dolor por el fuerte contacto se convirtió en placer, cada acción tenía una reacción placentera en ella, pero no eran solo sensaciones nuevas que le causaban.


Poco a poco se fue transformando en otra persona dentro de ella, ya no era a ella misma a quien veía reflejada en el espejo, era alguien más, alguien que se entregaba sin miedo ni pena a la lujuria; se sentó en el sofá y abrió las piernas lo más que pudo y sin una gota de pudo procedió a introducir los dedos en su vagina caliente y humedad; la piel se le comenzó a erizar, sus pezones firmes comenzaban a doler de lo duro que los tenía, se veía fijamente en el espejo y aceleraba los movimientos de sus dedos que invadía su cueva de placer.


La habitación se iba llenando de gemidos, se miró una vez más en el espejo de una forma desafiante y como si de otra persona se tratara le dijo a su reflejo: ‘eres una puta, la más perra de todas’; y así era como se sentía, como una puta, una perra en celo que deseaba más que nada ser poseída de forma salvaje para calmar sus ansias de placer. Desde ese entonces cada vez que quedaba sola en casa se entregaba a los placeres de sexo y la lujuria frente a "la puta del espejo".