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Durmio a su mujer para los dos

Jorge siempre había sido mi amigo del alma. Desde pequeños, íbamos juntos al colegio, pero ni tan siquiera la universidad consiguió separarnos, aunque nuestros caminos profesionales fueron por lados distintos, él se hizo médico y yo profesor. Íbamos siempre en la misma pandilla, con chicas que conocíamos hasta que empezó a salir con Amelia, una chica castaña y muy guapa, enfermera en el hospital donde trabajaba Jorge. Nada más iniciar la relación, supe que aquella chica no era una más y que iban en serio, como así fue. Un día me comentó la posibilidad de quedar con una amiga de Amelia, Elisa. Según ella, estaba segura que encajaríamos perfectamente, y fue así. Un amor a primera vista. Casi a la vez, las dos parejas comenzamos a hacer planes a largo plazo. Jorge y Amelia decidieron comprar una casa en las afueras, con terreno, piscina y muchas zonas verdes. Elisa y yo decidimos comprar un piso en el centro. Nos casamos, con una diferencia de cuatro meses. Seguíamos muy unidos, y dependiendo de lo que nos apetecía, si queríamos ciudad, pasábamos los fines de semana en mi casa, mientras que si queríamos pasarlo tranquilo, nos íbamos a casa de Jorge y Amelia y disfrutábamos de la piscina o del entorno rural.


Jorge y yo nos contábamos todo. Teníamos mucha complicidad también en el ámbito sexual. Años atrás, hicimos un trío con una amiga mía, y era algo frecuentemente recordado y comentado. Supongo que a los dos nos impresionó lo que vivimos con ella. Un día que ambos teníamos la tarde libre quedamos a comer, lo hacíamos con frecuencia. Después nos tomamos una copa y Jorge me hizo una confesión que me dejó bastante impresionado. Alberto. Te acuerdas cuando nos cepillamos a Carmen? Nos lo hicimos los dos con ella. Si, claro que me acuerdo. Era una tía muy fogosa. Fue una gran experiencia. Pues a mi me gustaría que lo volviésemos a hacer. No con Carmen, si no con nuestras parejas. No sé Amelia, pero te aseguro que Elisa se negaría. Y si se enterase que me tiro a tu mujer, me cortaría los huevos. – Dije riendo y extrañado por su proposición. No. Amelia tampoco aceptaría, pero lo que estoy pensando es hacerlo sin que nadie se entere. Tan sólo tú y yo. Sin su consentimiento, para ser claro. Abrí bien los oídos ante lo que me contaba. Su idea era que podríamos dormirlas a través de una droga. Nunca se me habría ocurrido, así que le pregunté como pretendí hacerlo.


Por lo que me ha dicho Amelia, sé que el próximo fin de semana Elisa tiene guardia en el hospital. He pensado que podrías venirte a casa, a pasar el fin de semana, con la excusa de ir a una terraza, con música en directo. Han abierto un local así en el pueblo. Y cómo piensas dormir a Amelia? – Pregunté. Cogeré un medicamento del hospital. Amelia toma una medicina todas las noches, así que será la solución. Se la echaré y quedará dormida. Lo tengo controlado Estaba excitado pero no comenté nada a Elisa sobre pasar el fin de semana en casa de Jorge y Amelia. Sin embargo, al día siguiente fue ella misma la que me dijo que su amiga se lo había comentado. Era mejor así. Aparecer como un convidado de piedra. Por fin llegó el sábado. Mi mujer se fue a trabajar y nos despedimos hasta el día siguiente. Yo me quedé en casa y después de comer me fui a casa de Jorge. Pasé todo el día empalmado. Cuando llegué a casa de Jorge no podía dejar de mirar a Amelia, y que horas después sería mia, la vería desnuda y me la follaría. Mi imaginación volaba. Por la tarde me pasé por su casa, tomamos algo y luego salimos a cenar los tres en la terraza de la que me había hablado Jorge. Casi no probé bocado. Los nervios me atenazaban y no veía el momento de poder disfrutar de aquella mujer. Tomamos una copa después y nos fuimos a su casa. Estaba ansioso y Jorge me miraba con complicidad, . Yo observaba a su mujer, que se caminaba contenta, ajena a todo lo que iba a suceder poco tiempo después. Me dirigí a la habitación que nos dejaban siempre, me cambié de ropa poniéndome tan sólo un pantalón corto, enchufé la tele, tal y como me había dicho Jorge que hiciera y me senté en el sofá cama. Al poco apareció él, con un vaso de agua y un sobre.


Te cedo el honor que viertas el sobre en el agua. Ahora ella vendrá y lo beberá. Entra en el baño y sal en cinco minutos. Estará dormida para ese momento. Eché los polvos en el agua y me fui al baño. Escuché como Jorge llamaba a su mujer, indicando que estaba en mi cuarto. Enseguida apareció y tomó su medicina. Hice un poco de tiempo y aparecí en la habitación. Amelia yacía tumbada en el sofá, sobre las piernas de Jorge, con un pijama de camiseta y pantalón corto, color verde. Estaba guapísima. A simple vista, mi mujer me parecía más atractiva que ella, pero estar con la esposa de Jorge era algo que tenía un enorme morbo para mi, y sobre todo, por eso, por ser su mujer. Amelia era morena, tenía una buenas tetas, y tal vez le sobrasen dos o tres kilos, pero era una mujer muy apetecible, que cualquier hombre desearía disfrutar. Jorge le tocó la cara, le apretó la nariz para asegurarse que estaba profundamente dormida. Al ver que la droga había hecho efecto me pidió que la ayudase, que la levantásemos para que apoyase su cabeza en mis rodillas, quedando tumbada encima de los dos. Me sentía cohibido por ser su mujer. Le acarició las piernas y me dijo que la tocase, que tenía su autorización. Hoy iba a compartir a su esposa. Me dijo que le subiera la camiseta del pijama. Era el momento de verle las tetas. No eran enormes, pero de tamaño más que aceptable. Jorge también pasó sus manos por ellas, y después ahuecó el pantalón para mostrarme su tanga. Qué te parece Amelia? Vestida me parecía atractiva pero así me está poniendo como un burro.


Tenía la camiseta levantada por encima de los pechos, y mi amigo separó ligeramente sus piernas para que la tocase entre ellas, aún por encima del pantalón. Mi mano no se separaba de uno de sus pechos, pero con la otra hacía lo que me pedía. Era consciente que estaba invitado por mi amigo, por lo que no sólo debía obtener placer yo, si no colaborar con él, para que disfrutase también de lo que yo le hacía a su mujer. Jorge agarró las piernas de Amelia, las levantó y tiró del pantalón de su pijama para sacarlo. La dejó de cintura para abajo solamente con un precioso tanga negro. Le mordí los pezones, mientras me daba cuenta que Jorge no perdía detalle de lo que iba haciendo a su mujer. Separó ligeramente las piernas de su esposa y corrió ligeramente su tanga. Estaba viendo por primera vez el sexo de Amelia. Lo llevaba totalmente depilado. Jorge deslizó su dedo por su rajita, de arriba a abajo, metiendo los dedos entre medias. Ayudé a mi amigo, y tomé la pierna izquierda de su mujer y la levanté. De inmediato, su marido le desplazó el triángulo del tanga hasta el principio de los muslos, quedando expuesta. Después nuestras manos se juntaron en su concha, jugando con su rajita. Alberto. Quítale la camiseta del pijama. No le hace falta. No tuvo que repetirlo. Desnudarla era un placer para mi.


Jorge agarró su pierna izquierda y la colocó encima de su hombro para que su sexo quedara totalmente expuesto ya que el triangulo de su tanga seguía ladeado y mostrando su sexo. Una vez desnuda de cintura para arriba la dejó tumbada sobre el sofá, con las piernas abiertas y dirigió la boca hacia el sexo de su esposa. Observé como pasaba su lengua por su clítoris. Me miró entonces, y me dijo que era el momento de dejarla completamente desnuda. Me habría gustado ser yo quien le hubiera quitado el tanga, pero ella era su mujer y yo sólo su invitado y el amigo con quien la estaba compartiendo. Nosotros también nos desnudamos. Abracé por el cuello a Amelia como si fuera mi esposa. En esos momentos ya estaba completamente empalmado, en realidad desde horas antes, y tan sólo deseaba meterla en su boca. No esperé a Jorge y antes que volviese a sentarse ya tenía mi pene en la boca de mi amiga. Enseguida se sentó su marido, poniendo una de sus piernas arriba, y de nuevo tocar su sexo. Le notaba excitado, imagino que viéndome como me sentía yo al estar con su esposa. Tal vez Amelia tuviera algún pequeño michelín, pero sin duda era una mujer preciosa.


Me asombraba la flexibilidad que tenía, ya que Jorge levantaba sus piernas como si fuera una muñeca. Su marido empezó a follarla, lo que me puso a mil, teniendo que hacer ya esfuerzos para no correrme a las primeras de cambio. Cada uno de nosotros utilizaba un orificio y nuestras manos se manejaban libremente, cruzándose tan solo en algunas ocasiones en sus pechos. Jorge relajó las piernas de su mujer y las cerró, pero continuó follándola. Que fuese ancha de caderas permitía eso. Mientras, acercó su cabeza hacia mi hombro para comprobar como su esposa seguía succionando mi pija. Sabía que a mi amigo le gustaba ver como me excitaba su esposa, y a mi, disfrutar a una gran amiga y sobre todo a la mujer de mi hermano del alma. Notaba mi glande en su boca, llegando casi a su garganta, haciendo del roce una sensación que jamás había tenido con nadie, ni tan siquiera con Elisa. Creo que jamás había visto mi miembro de aquel tamaño, hasta el punto de dolerme por la hinchazón. Alberto. Quiero que te la folles. Quiero ver como se lo haces a mi mujer. Aquello me pareció un auténtico regalo. Sabía que lo iba a hacer, pero escucharlo de su boca fue una bendición.. Poder cepillarme a Amelia había sido mi sueño durante mucho tiempo, y ahora lo iba a cumplir. Nos levantamos los dos del sofá y nos cambiamos de sitio. En realidad era la misma posición, sólo que él se había situado a la altura de su boca y yo a la de su sexo.


Jorge jugaba con los pechos de su mujer y de vez en cuando le apretaba la nariz si se escapaba su pene de la boca y tenía la boca cerrada. Yo la tenía agarrada por la cintura con un brazo, mientras que con la otra mano mantenía su pierna abierta para facilitar mi incursión. Amelia estaba lubricada. Supongo que la relajación hacía que estuviera ligeramente mojada, y tocar su concha era agradable. Fue en ese momento cuando decidí sacar mi pija, y abrir ligeramente su vagina y contemplar el paraíso. Contemplarlo me puso aún más y empecé a penetrarla compulsivamente, tocando sus muslos y su clítoris. Seguía metiendo y sacándola, aunque me sentía nervioso y a veces se me iba la cabeza. De los nervios y excitación, al meter y sacar, mi pene se clavó en el año de Amelia. Jorge me lo recriminó. No es que me importe que le folles el culo, es que seguramente si lo haces le dolerá mañana y no quiero que sospeche nada de esto Claro amigo. Lo siento. Se me fue y la metí por donde no debía. No le dimos más vueltas y seguí con mi labor. De nuevo mi pija se introdujo en la concha de Amelia y seguí moviéndome dentro de ella. Me había venido bien la parada ya que me costaba aguantar estar con esa mujer sin correrme. Entendía lo que habías sentido antes Jorge, al verme con su mujer, porque ahora era yo, mientras la penetraba, veía como sus bonitos pechos caían sobre sus antebrazos, y se movían rítmicamente, al ritmo de mis embestidas. Continué durante unos segundos más pero tuve que parar, temiendo que terminase en ese momento mi disfrute con Amelia.


Estaba demasiado excitado, y unos instantes habrían provocado mi eyaculación. Al pararme, Jorge me pidió que pusiera a su mujer de rodillas, así le haría la felación de arriba hacia abajo y no de lado. Antes de seguir me volvió a recordar que aunque lo hiciera por detrás, sólo debía utilizar su concha, no su culo. Jorge se excitó al ver a su mujer en esa situación y mientras yo la follaba él empezó a tocarle el culo hasta llevar el dedo a su ano y meterlo en él. Volví a bajarme y a dejar de penetrarla. De nuevo temí correrme antes de tiempo. Amelia quedó tumbada boca abajo en el sofá. La toqué por detrás y de nuevo volví a separar sus labios vaginales y a meter mi dedo. Una vez que se me había pasado el calentón. me puse en cuclillas y volví a follarla. A pesar de lo forzado de la situación la tenía tan firme que podía hacerlo. Agarraba sus cachetes y subía y bajaba sobre ella. Aún así, disimulaba ante Jorge, parando y sacándola de vez en cuando, fingiendo que mi pene se salía del útero. Seguía trabajando a Amelia. Veía como Jorge miraba mi posición con envidia. Así que le propuse que lo hiciera él, al fin y al cabo, era su mujer y yo sólo su invitado. Jorge, quieres ponerte aquí? Si, lo estaba pensando, me pone mucho. Además, creo que va a ser la definitiva.


Estoy muy caliente y no creo que aguante mucho más. Tuya es. Aunque compartamos, sé que es tu mujer, Además, yo también estoy muy caliente, tanto que he tenido que parar varias veces. – Dije entre risas. Si, ya me he dado cuenta. – Rió también. Volvimos a cambiarnos de posición. Me coloqué a la altura de su boca y volví a meter mi pene. Por su parte, su marido imitó mi posición anterior, volviendo a penetrarla. Se había situado en cuclillas, pero subía en función de su necesidad y se situaba semi erguido. Esta posición es estupenda. No me extraña que hayas tenido que parar. Ves como la chupa, ves todo? – Preguntó con la voz entrecortada por la excitación. Joderrrrr. Qué mujer tienes. – Respondí. – Es la hostia, me pone mucho, siempre me ha gustado y esto no lo voy a olvidar nunca. Te voy a devolver el favor muy pronto. Ahhh. Me corro Alberto, me corro. Dios, joder, jamás imaginé una corrida así con mi mujer. No sabes como me ha puesto que la compartamos. Ahhhh. Jorge se corrió dentro dla concha de su mujer. Yo quería hacer lo propio pero quería una situación especial, algo que no olvidase nunca, quería hacerme una paja mientras su marido la tocaba y por supuesto, yo lo veía al detalle. Mirar como la sobaba, expuesta, dormida, para mi. Ahora te toca a ti, Alberto. Cómo lo quieres hacer? Puedes correrte dentro de su concha, toma la píldora y no hay riesgo de embarazo. No Jorge, te lo agradezco, pero mi fantasía es que le toques la concha mientras me hago una monumental paja y dejo sus tetas llena de leche. Vale, cómo quieres que lo hagamos? Vamos a darle la vuelta y la ponemos mirando hacia el techo, en la posición natural.


Dije riendo. Tomándola de los hombros, entre los dos, le dimos la vuelta, hasta colocarla encima del sofá, con la cabeza hacia arriba, totalmente expuesta, para que yo me desahogara con ella. Su marido, levantó su pierna para dejar su vagina completamente abierta. Con una mano iba pasando el dedo por su rajita, mientras que con la otra le apretaba fuertemente uno de sus pechos. Todo ello, iba haciendo que mi excitación fuese cada vez mayor, y ahora si, no me iba a controlar. No tardé. Enseguida mi pene lanzó un enorme chorro. En realidad creo que nunca había visto salir tanto semen de mi pene. La escurrí y dejé su pecho completamente empapado ante la atenta mirada y sonrisa explícita de su marido, que no dejó de tocarla para mi hasta que no me vacié complemtamente. Gracias Jorge. Hoy me has hecho feliz. De nada amigo, pero ya sabes que ahora te toca a ti. Elisa ha de ser la siguiente. No respondí. Ahora que estaba relajado, no sabía si deseaba darle la contraprestación a Jorge.


En cualquier caso, ya veríamos lo que pasaría más adelante. Venga. Vamos a lavarla un poco y la volvemos a vestir. La llevaremos a la cama. Mañana no sabrá nada de lo que ha pasado esta noche. Se comportará de manera natural. A la mañana siguiente, Amelia estaba muy contenta. Había descansado bien y estaba deseando hacer cosas. Yo intentaba mantener la naturalidad pero me costaba trabajo. Jorge y ella vinieron a mi habitación. Jorge mantenía perfectamente la compostura, igual que ella, que no sabía lo que había pasado la noche anterior. Después nos duchamos y salimos. Amelia se puso un vestido corto. Estaba guapísima. Comí con ellos, y después me marché a casa. Estaba nervioso, sobre todo por la contraprestación que debía pagar. Ahora debía ser Jorge quien disfrutase de mi mujer, y no estaba seguro que me gustase la idea.