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Mis amigos se cogieron a mi madre en el parque

Aquel verano tuve lo que se dice una crisis al menos psicológica, eso de que no sabía ni de dónde venía ni a donde iba ni, por supuesto, que cojones hacía. La verdad es que continúo sin saberlo, pero, empujado por las circunstancias, me he tomado la vida con algo más de calma. Las clases me aburrían mientras que los nuevos amigos que me había echado me molaban mogollón, por lo que dejé de ir a clase, primero de forma esporádica luego más seguida, para reunirme con ellos y hacer de las nuestras. Yo era el más joven y mis nuevos compañeros de fatiga me sacaban más de tres años. Éramos lo que se dice una pandilla de gamberros y, por supuesto, unos salidos. Uno de ellos, Fran, se había agenciado una pequeña cámara de vídeo, posiblemente de sus padres, y la había metido dentro de una bolsa de deportes a la que había hecho un pequeño agujero, de forma que colocando la cámara dentro y sujetada con esparadrapo para que no se moviera, podía grabar bajo las faldas de las mujeres sin que se percataran. Lo había visto por internet y quería que lo lleváramos a la práctica. Antes de ponerlo en práctica, realizamos pruebas y simulacros entre nosotros, utilizando la bolsa y la cámara, y eligiendo una distancia de foco adecuada a nuestros intereses: ver la entrepierna de la víctima lo más próxima posible, si posible, la mismísima concha. Nuestro primer ejercicio con fuego real fue en un hipermercado y lo probamos una mañana que había pocos clientes. Fue Fran el que entró en el hiper con la bolsa de deportes trucada y, haciendo como si buscara algo en los estantes, se acercaba a la víctima elegida, siempre una mujer más bien joven y apetecible con una falda corta. Nosotros algo más lejos, contemplábamos disimuladamente cómo Fran se arrimaba y aproximaba la bolsa tanto como podía a la mujer, metiéndola entre sus piernas y grabándola. Luego salíamos fuera y en un sitio discreto de un parque cercano, visionábamos lo grabado.


Aunque los primeros resultados fueron un poco frustrantes, fuimos mejorando, y aprendimos a no movernos rápido ni a cambiar bruscamente de sentido o dirección, obteniendo poco a poco resultados espectaculares. Observábamos a las mujeres bajo sus faldas y, aunque parezca mentira, no todas llevaban bragas, y, si las llevaban, éstas en muchos casos se escondían entre sus glúteos y, en un primer vistazo, parecía que no las llevaban. Aun así sí que podíamos ver cómo la vulva se marcaba bajo las bragas y nuestra libido crecía a la par que nuestra pija. Y más de una vez nos corrimos solamente observando lo grabado. Nos cruzamos apuestas para ver cuál llevaba o no bragas y frecuentemente la que tenía un aspecto más puro y discreto era la más puta, la que no llevaba bragas y la que llevaba la concha depilado. Cambiábamos de hipermercado para que no sospecharan nada y nos comportábamos de la forma más discreta posible. Todo fuera por una buena paja. Incluso nos compramos unos antifaces, que siempre llevábamos con nosotros, por si teníamos que utilizarlas para preservar nuestro anonimato. Repetimos la experiencia varios días, no siempre consecutivos, hasta que un día, buscando dentro de un hipermercado una mujer a la que filmar bajo sus faldas, nos encontramos a ¡mi madre! Fue Chicho, uno de mis nuevos amigos, el que nos alertó en voz baja y señaló con la cabeza a Fran que esperaba algo más lejos con la bolsa y la cámara: ¡Culona a la izquierda! Miré expectante y excitado en la dirección que nos indicaba y, a varios metros, efectivamente un enorme culo, macizo y respingón se exponía ante nuestros lascivos ojos.


Mi pija se puso erecta al momento por tan lúbrica visión. De espaldas a nosotros, una mujer estaba agachada hacia delante, observando los estantes inferiores de una estantería, de forma que su minifalda se le había subido mostrándonos la totalidad de sus torneadas y fuertes piernas y el comienzo de sus nalgas. Antes de que me agachara para verla las bragas y, si es posible, la concha, se irguió y, girándose un poco en dirección a nosotros, ¡entonces la vi! ¡Mi corazón dio un vuelco! ¡Era mi madre! ¡Mi madre! Instintivamente me encogí, miré hacia otra parte y me puse de espaldas a ella para que no me viera, Tenía que estar en clase y hoy no había ido, sin que ella, mi madre, lo supiera. Ninguno de mis amigos pareció darse cuenta de mi actitud, tan excitados estaban observándola. Me moví hacia una esquina próxima y me escondí detrás de unos estantes. ¡Mi corazón latía a mil! Intenté tranquilizarme y, sacando un poco la cabeza de mi escondite, miré hacia donde ella estaba. Estaba mirando concentrada entre las baldas, cogiendo productos que ponía dentro de un carrito que iba llenando. No parecía que me hubiera visto y mis amigos, que yo supiera, no la habían visto nunca y no sabían que era mi madre. Llevaba mi madre una falda corta de color crema con vuelo y una blusa de tirantes del mismo color. Además calzaba zapatillas deportivas de color blanco y un pequeño bolso a juego. Aunque tenía ya treinta y siete años, parecía tener menos de treinta con esa indumentaria. La verdad es que estaba buena, ¡muy buena!, pero era mi madre y la última mujer a la que me gustaría que grabaran bajo las faldas, o, al menos, eso pensaba yo en ese momento. Chicho comentó en voz baja a Nico, otro de mis amigos, que estaba a su lado: Esa no lleva bragas, seguro. ¿Te apuestas algo? Cinco pavos. Y si las lleva, de color blanco, ¿otros cinco? Seguro que no las lleva, pero venga, otros cinco si las lleva blancas. Estaban apostando si mi madre llevaba o no bragas. Y ¿qué pensaba yo? Que las llevaba, por supuesto. Era mi madre y tenía que ser más pura que la Santa Virgen María y todos los arcángeles del cielo.


Observé a Fran cómo se acercaba con su bolsa hacia donde estaba ella, mirando disimuladamente en los estantes cómo si buscara algo, pero mi madre, empujando su carrito, se alejó ligera por el pasillo, revoloteando su faldita y moviendo provocativamente su culo respingón. ¡No lleva bragas, la zorra! La he visto el culo al levantarse la falda. ¿No lo has visto tú? Exclamó Chico en voz baja, interrogando a Nico, pero éste respondió: ¡Eso hay que verlo! Fran, más despacio, se fue con su bolsa, mirándonos contrariado, tras ella con nosotros tres detrás, siendo yo el último, escondiéndome detrás de Chicho y Nico para que no me viera mi madre. No sabía qué hacer, si huir para que no me reconociera o quedarme, cómo impedir que grabaran bajo su falda, pero ¿realmente era eso lo que quería, que no la grabaran? Una sensación de morbo, de excitación sexual me invadía, más que cuando grababan bajo las faldas de una extraña, por muy buena que estuviese. En un pasillo próximo mi madre detuvo el carrito y, doblando sus rodillas, se puso ágil en cuclillas. Cogió un paquete de un estante inferior, incorporándose con él, y se puso a leer detenidamente la etiqueta del producto, sin moverse. Fran acercándose nuevamente, se puso a su altura, deteniéndose, como si buscara algo, y aproximando la bolsa a las rodillas de ella, empezó a grabarla. No debía encontrar ni madre lo que quería porque, sin moverse del sitio, no dejaba de leer y Fran grababa a placer sin que nada ni nadie le molestara.


Me di cuenta en ese momento que mi madre tenía en sus manos la caja de una tablet que yo, en más de una ocasión, la había comentado que la quería, pero que dudaba si cumplía determinados requisitos técnicos. Ahora era ella la que estaba comprobando si el producto los cumplía. ¡Lo estaba mirando para regalármelo! ¡Bastantes veces me sorprendía regalándome cosas y la encantaba verme la cara que ponía al ver la sorpresa! ¡Se me encogía el corazón pensando en mi madre, que siempre miraba por mí, por su hijo único, y a la que tanta ilusión la hacía satisfacer mis caprichos! Y ahora ¿qué hacer? ¿podía yo evitar que fuera ahora ella la sorprendida, a la que sorprendieran grabando su concha? Rápida ella se agacho, empezando a ponerse nuevamente en cuclillas para ver algo del estante debajo y pego con su entrepierna en la bolsa de Fran, lanzando un ligero gritito de sorpresa, e incorporándose presurosa. Fran apartó la bolsa, exclamando un “Lo siento”, pero fue ella la que respondió, mirando fugazmente la bolsa, con un “No, no. Lo siento yo”. Mirando a Fran le preguntó, sonriendo: ¿Sabes tú algo de esto? Y le enseñó la caja con la tablet que tenía en la mano. Se lo quiero regalar a mi hijo, pero no sé si es lo que busco. Como tú tienes casi su edad, quizá puedas ayudarme. Y se lo explicó muy simpática lo mejor que pudo, pero sin tener ni idea del producto. Fran, volviendo a meter la bolsa bajo la falda de ella, hizo como si leyera también la etiqueta, dejando luego la bolsa en el suelo y cogiendo la caja. Mi madre, encajonada entre el carrito y los estantes, no podía moverse tampoco hacia delante ya que Fran lo tenía enfrente, ocupando todo el espacio, por lo que aguantó sin moverse, con las piernas abiertas y la bolsa en medio, grabando todo bajo sus faldas. ¡Fíjate, tío, tampoco lleva sostén! ¡Qué melones! Comentó emocionado Nico al oído de Chicho Ya me había dado cuenta. Es una calientapijas que quiere que se la metan hasta el fondo. Respondió Chicho muy creído de sí mismo. Hablaban así de mi madre y, excitado, me fijé que, efectivamente, sus pezones se marcaban nítidamente en su fina camiseta y, al moverse, sus tetas se balanceaban sin un sostén que las controlara.


Después de hacer como si leyera la etiqueta durante un rato, Fran empezó a explicarla algo de las características técnicas del producto, pero estaba claro que no tenía ni la más remota idea y que solamente decía sandeces, pero mi madre, que tampoco tenía conocimientos técnicos, le escuchaba embobada, intentando asimilar la sarta de tonterías que la estaba contando. Finalmente también ella se dio cuenta que su interlocutor no sabía nada y solo decía tonterías sin sentido, así que, dándole las gracias, cogió el producto de sus manos y lo puso también en el carrito, echando a andar con él. Fran, al verla alejarse sin mirar hacia atrás, se giró hacia donde estábamos nosotros, y, muy sonriente, nos guiñó un ojo y con los dedos de su mano derecha indicó el signo de la victoria. ¡Había grabado a placer a mi madre bajo su falda, sus bragas, …, su todo! Observé cómo mi madre se iba con el carrito hacia las cajas para pagar, pero no fui el único que lo observó ya que mis tres compañeros no perdieron detalle del movimiento de sus nalgas y de sus piernas, y uno de ellos, concretamente Chicho, exclamó rijoso: ¡Vaya culo que tiene la calientapijas! ¡A esa sí que la hacía yo un buen favor, pero entre las piernas y hasta el fondo! Asintieron los otros y yo, al escucharlos, también asentí. Tenía unos fuertes remordimientos de conciencia, pero no quería quedar marginado del grupo, eran mi gente y quería sentirme integrado y arropado por ellos, por mis nuevos amigos. Salimos por separado del hiper para observar el resultado de nuestro botín y nos acercamos al parque, al banco apartado que acostumbrábamos para disfrutar de nuestro botín, de la grabación de las conchas de las mujeres buenas. Sacando Fran la máquina de la bolsa, echó para atrás la película y, desde el principio, empezó a verlo, rodeado de sus dos colegas, pero yo, al ser más joven y pequeño que ellos, me contenté con escucharles y ver sus rostros.


Mi rostro y mis orejas ardían como teas, pero ellos, tan eufóricos y salidos como estaban, ni se daban cuenta de mi estado, solo pensaban en la concha de mi madre. Por la cara que ponían y por los comentarios que hacían, era evidente que el resultado era más que satisfactorio. ¡Te lo dije, tío, te lo dije! ¡No lleva bragas, la zorra! ¡Me debes cinco! ¡Vaya puta! ¡Y va con la concha bien depiladito! ¡Esa guarra quiere guerra, busca un buen rabo que se la folle! ¡No me lo podía creer! ¡Imposible! ¡Mi madre sin bragas por la calle y con minifalda! ¿Había perdido la cabeza? Solamente pensaba en ver el vídeo para comprobar si me equivocaba y si mis amigos me engañaban. Finalmente me lo pasaron y, con Fran al lado, volviéndolo a ver, pude por fin verlo, escuchando las explicaciones que me daba emocionado: ¡Ahora, ahora! ¡Fíjate bien! ¿No la ves la concha? ¡Te das cuenta, cómo lo tiene, calentito y jugoso, pidiendo a gritos que se la follen! ¡Es una puta! ¡Seguro que es una puta! ¿Cuántos se la habrán pasado por la piedra? Podía ver el rostro de mi madre desde abajo, y, una vez la bolsa entre sus piernas, bien pude ver sus muslos sonrosados, su entrepierna y ¡su concha! ¡su concha! ¡totalmente depilado! ¡como si fuera una puta! Me quedé anonadado. Efectivamente no llevaba bragas. Solamente llevaba la minifalda y la blusa fina de tirantes, nada debajo. ¡Ahí va, ahí va, miradla, ahí va la calientapijas! Exclamó Chicho emocionado, y levantando la cabeza del vídeo, pude ver hacia donde señalaba con la mano. ¡Era mi madre! ¡Mi madre! La que cruzaba despreocupada por el parque. Debía haber dejado el carrito en el hiper para que se lo llevaran a casa, como hacía siempre. ¡Venga, vamos detrás de ella! Propuso Chicho y los otros dos le siguieron, conmigo detrás. ¡El corazón me latía nuevamente a mil! ¡Era una pesadilla, pero no sabía cómo salir de ella! Mientras caminaba me quité el polo que llevaba y lo di la vuelta, volviéndomelo a poner. Suponía que dificultaría en algo que mi madre me identificara a distancia.


Iba ella siguiendo el camino y nosotros a varios metros detrás, quizá cincuenta o menos. No perdíamos de vista su culazo, cómo lo bamboleaba sensualmente en cada zancada que daba, sus morenas y torneadas piernas, y cómo revoleaba su faldita a punto siempre de enseñarnos sus nalgas desnudas. Nos cruzábamos con alguno que pasaba corriendo o paseando, a veces a su perro, pero que no nos prestaba ninguna atención. Había poca gente en el parque a esa hora. Se metía ahora mi madre caminando por una zona más arbolada del parque, por un camino que iba como encañonado por unas paredes de bastante vegetación y por donde no se veía a nadie más que a ella y a nosotros. Propuso Chicho a Fran: ¡Tú ponte la máscara y graba! ¡Ahora veréis! Y nos ordenó a Nico y a mí: Vosotros, poneos también la máscara y escondeos, que no os vea, pero no os perdáis detalle de lo que voy a hacer. Va a ser solo el principio de un gran día de caza. Nico se salió del camino y, empujándome, nos metimos entre los arbustos para que no nos vieran. ¿Qué iba a hacer? El corazón se salía desbocado de mi pecho. Estaba a punto de darme un infarto y no sabía qué hacer. Con la cámara en la mano Fran utilizó el zoom para acercar la imagen de mi madre, seguramente su culo macizo y respingón, y empezó a grabar. Chicho se puso su máscara y se subió la capucha de su sudadera, comenzando a trotar hacia donde estaba mi madre, como si estuviera haciendo footing. Al llegar a su altura agarró por detrás su falda con las dos manos y, levantándola, tiró de ella para quitársela. ¡Y vimos todos las nalgas desnudas de mi madre! ¡No llevaba bragas! La cogió tan de sorpresa que, cuando se dio cuenta y quiso reaccionar, Chicho, a tirones, ya se la había arrancado y salía corriendo con la falda, dejándola con todo el culo y la concha al aire, totalmente expuesto a nuestras lascivas miradas. La escuchamos chillar sorprendida e incluso hizo un ligero amago de salir corriendo detrás del joven, pero estaba tan lejos e iba tan rápido que desistió casi al momento. La visión panorámica de su culazo desnudo disparó al instante mi cipote hacia arriba y a punto estuvo de atravesar mi pantalón, pero no fue el único, ya que el de Nico escapó por la parte superior de su pantalón, emergiendo con una serpiente hambrienta. Enseguida Chicho desapareció en una curva del camino.


En ese momento mi madre bajó sorprendida su mirada a su entrepierna y, al verse sin nada que la cubriera, se la tapó rauda con una mano delante y colocó la otra detrás, intentando cubrirse las nalgas desnudas, pero era tan inútil su postura, tenía tanto que cubrir, que se agachó enseguida, poniéndose en cuclillas en mitad del camino, mirando temerosa y avergonzada para delante y también para atrás. Su rostro había adquirido un color rojo intenso y denotaba una profunda vergüenza mezclada con miedo y excitación sexual. Pero Fran, aunque seguía grabando, se había apartado como Nico y como yo del camino para que mi madre no nos viera. Como mi madre no nos veía, se puso en pie y, sin dejar de taparse el sexo con las dos manos y de mirar horrorizada hacia delante y hacia atrás, se salió del camino y se metió veloz entre unos arbustos por si aparecía alguien y la pillaba con las tetas y la concha al aire. Encogida y aterrada, sin saber qué hacer, tiró de su blusa hacia abajo para cubrirse, pero era más bien corta y, aunque se esforzó por estirarla, no consiguió llegar a su entrepierna. Al fin tomó la determinación de coger su móvil del bolso y llamar solicitando ayuda. No sé a quién hizo la primera llamada, seguramente a mi padre, pero, aunque insistió varias veces, no se lo cogieron. Se reflejaba en su rostro la angustia y la vergüenza que estaba pasando. Al verla telefonear me di cuenta que podía llamarme a mí y mis compañeros se darían cuenta que la mujer a la que habían dejado casi desnuda era mi madre y se reirían de mí, avergonzándome, por lo que, intentando no llamar la atención, saqué con cuidado mi móvil para que no lo vieran y le quité volumen y vibración. De todas formas, Nico se dio cuenta, aunque en ese momento no me dijo nada, solo me echo una mirada de soslayo. La segunda llamada que hizo sí fue a mí, como bien pude ver en la pantalla de mi móvil, pero no la cogí. Aunque un enorme remordimiento mordía mis entrañas, no podía ser el hazmerreír de mi pandilla, y prefería que nadie supiera que ella era mi madre. Intentó comunicar conmigo en tres ocasiones, pero no se lo cogí ninguna de ellas.


Desesperada, volvió a tirar nuevamente de su blusa hacia abajo para que la cubriera pero, lo hizo con tanta fuerza, fruto de la más absoluta desesperación, que se rompieron los tirantes y se rasgó la blusa de arriba abajo, dejando al descubierto también sus enormes tetazas que emergieron, como impulsadas por un resorte, exuberantes de los restos de la blusa, inundando todo nuestro campo de visión. ¡Ostias! ¡Vaya cacho melones! Escuché exclamar maravillado a un Nico cada más empalmado. Efectivamente ¡vaya tetazas que tenía mi madre! Enormes, redondas, erguidas, macizas, … hermosísimas como si fueran dos gigantescos y jugosos melones que pedían a gritos que nos los comiéramos, que disfrutáramos de semejante manjar de dioses. Y sus pezones semejaban cerezas maduras, emergiendo gordos y empitonados, de unas aureolas oscuras, casi negras, del diámetro de monedas de euro, daban una insuperable sensación de voluptuosidad, de hambre de mujer que no puede ser saciada. ¿Cómo era posible que unas tetas tan grandes y hermosas pudieran estar ocultas y apresadas bajo una blusa tan fina? Sufrió ella un ataque de pánico, de ansiedad, y, chillando como una loca, se arrancó a tirones los pocos trozos de blusa que todavía quedaban intactos, tirándolos con rabia al suelo, a sus pies, y sus manos fueron crispadas a su entrepierna, quizá en un principio, deseando cubrírsela, pero enseguida se restregaron con insistencia por toda la vulva, entre sus labios vaginales e incluso entrando sus dedos dentro de su vagina, convirtiéndose en una enérgica masturbación convulsiva. Poco a poco el ritmo fue remitiendo, los ásperos roces se convirtieron en delicadas caricias y los chillidos en jadeos y gemidos de placer. ¡Se está pajeando, la muy guarra! Exclamó Nico sin perderse ni un solo detalle de lo que hacía mi madre. Y unos metros más adelante, estaba Fran grabando sin descanso cómo mi madre, sin saber que estaba siendo además observada, se masturbaba.


La escuchaba gemir y jadear débilmente y observaba la cara de vicio y placer que ponía, con los ojos cerrados, disfrutando plenamente de su toqueteo. También sus tetas crecieron, quizá por la respiración tan profunda que tenía, y los pezones se le empitonaron todavía más. Dejamos que se corriera, en medio de jadeos, gemidos y chillidos, y casi nos corremos también nosotros observando cómo lo hacía. Se lo había ganado a pulso cómo también se había ganado lo que la vendría a continuación, y es que con ese cuerpo no se podía ser pura. Estaba hecha para ser follada sin descanso. Chicho apareció en escena de entre los árboles que estaban detrás de ella y se fue acercando sigilosamente a donde estaba mi madre, sin que ella se diera cuenta, y, una vez la tuvo a su alcance, la dio un soberano azote en una de sus nalgas que resonó como un petardo, haciendo que chillara, más de sorpresa que de dolor, y lanzándola su pelvis hacia delante. Recuperó el equilibrio y se giró rápido hacia su agresor, y, al verle, con el rostro cubierto con un antifaz, se quedó paralizada, sin saber qué hacer y con la boca abierta, exhibiendo sus enormes melones y su concha sin nada que lo cubriera. Las manos de Chicho fueron a los pechos de mi madre, sobándolos sin recato, ante su pasividad, y la indicó con un tono que reflejaba una lascivia desbordante: ¡Tienes unas tetas espléndidas! ¿Me haces una cubana? Al escucharle salió de golpe de su trance y chilló aterrada: ¡Nooooooo! Y de un manotazo, retiró de sus senos las manos del joven, que perdió ligeramente el equilibrio, echando ella a correr despavorida, huyendo y alejándose del lugar donde yo y el resto de la pandilla permanecía oculta. En ese momento, tanto Chicho como Nico, echaron a correr en su persecución y yo, para que no tuvieran ninguna sospecha sobre mí, les seguí también corriendo y vi como Fran se incorporaba sin dejar de grabar.


Los fuertes glúteos de mi madre se crispaban sensuales en cada rápida zancada que daba y sus macizos muslos pedaleaban lujuriosos con la potencia que proporciona el miedo y la desesperación. Pero el deseo de follársela era muy fuerte y las distancias se fueron acortando. Un nuevo azote de Chicho se estrelló sobre la dura nalga de mi madre, que lanzó un agudo chillido y perdió el equilibrio. Aunque no se precipitó al suelo, aminoró su velocidad, no pudiendo impedir que tanto Nico como Chicho la adelantaran. Al verse sobrepasada, se detuvo y, girándose rápida, observó que Fran se había retirado del camino para grabar y que yo, el más enclenque, era su único obstáculo en ese sentido, por lo que lo retomó, echando a correr en mi dirección. Sus enormes tetas se balanceaban de forma rápida y desordenada, viniendo voluptuosas a mi encuentro. Mis ojos se clavaron en esas hermosas tetazas y levanté por un momento mis manos más para sobárselas que para detenerla. El tiempo se detuvo hasta que de pronto me la encontré encima y detuve mi carrera, sin saber qué hacer, e incluso me aparté para que pasara corriendo, cuando escuché a Chicho ordenarme a gritos: ¡Qué no se te escape, ostias, que no se te escape! En ese instante pasaba al lado mío y, ante la orden recibida, estiré tímidamente mi pierna y la puse, como sin querer, la zancadilla, haciéndola caer al suelo, rodando por el mismo. ¡Cógela, cógela! Ante la nueva orden de Chicho, me abalancé sobre ella cuando estaba levantándose, y, abrazándola, la precipité nuevamente al suelo, rodando con ella, sin soltarla, y mi rostro se pegó a sus tetas, saboreándolas. Mis ojos se llenaron de sus tetazas y todos mis sentidos disfrutaron de sus sabrosos manjares. ¡Estaba buena, muy buena y la deseaba, deseaba gozar de ella, follármela! ¡Pero que fuera mi madre me creaba unas sensaciones de pecado y vergüenza que me lo impedían! Chillando desesperada, me dio un par de manotazos en la cabeza, obligándome a soltarla, pero, cuando estaba levantándose, libre ya de mí, las manos de Chicho, rápidas, la sujetaron por detrás las tetazas y la arrastraron hacia atrás, haciéndola perder el equilibrio, así como el bolsito que cayó al suelo, haciéndola chillar de desesperación, sorpresa y vergüenza. A punto estuvo de caer nuevamente mi madre al suelo, impidiéndolo las manos de Nico que la sujetaron por las nalgas y por los muslos, levantándola del suelo.


Mis ojos se fijaron en las amplias caderas de mi madre, sin nada que las cubriera, en sus enormes tetazas redondas y sabrosas, en sus muslos macizos y torneados y, especialmente entre sus piernas, en su vulva depilada que nunca recordaba haber visto, y una enorme sensación de morbosidad, de vicio descomunal por sus carnes prietas me inundó. ¡Venga, vamos, hacia allí! Ordenaba Chicho, señalando con la cabeza, hacia una zona de vegetación muy tupida situada a unos diez metros de donde estaban y hacia allí la llevaron en volandas Nico y él, mientras yo les seguía, con la mirada fija en la deseada vulva depilada de mi madre. Se agitaba y luchaba como una loca furiosa y desesperada, chillando y golpeando con pies y manos, a todo lo que pillaba. Tenía muy claro cuáles eran nuestras intenciones, violarla, y quería evitarlo de cualquier forma. La depositaron en un pequeño claro que había entre la tupida maleza, oculto del camino, y nada más colocarla en el suelo, se tumbaron los dos sobre ella con el fin de inmovilizarla. La sujetaron brazos y piernas, cubriéndola con una mano la boca para que dejara de chillar, pero aun así no lograban apagar completamente sus gritos. Yo, desde arriba, contemplaba embelesado la lucha que mantenía mi madre con los dos jóvenes, fijándome especialmente en las enormes tetas y cómo las movía en la refriega, y en su concha, pensando cómo se lo iban a violentar. Nico lograba sujetarla las piernas sin dejar de observar entusiasmado sus muslos y su vulva, pero a Chicho le costaba más sujetarla los brazos y taparla la boca. También estaba allí Fran, grabando sin descanso todo lo que estaba sucediendo. Me fijé que una fuerte erección levantaba la parte frontal de su pantalón y me di cuenta que no era el único, también yo la tenía bien erecta y dura. ¡Cállate, puta, si no quieres que te hagamos daño! La amenazó Chicho sin conseguir acallarla, recibiendo un fuerte mordisco en la mano que le hizo gritar de dolor.


Retirando su mano, la tapó la boca con la otra al tiempo que me indicaba a gritos: ¡concha, dame algo, lo que sea para taparla la boca! ¡Un pañuelo, algo! Metí mi mano en el bolsillo de mi pantalón y saqué mi pañuelo sucio y arrugado, que llevaba tiempo sin lavar, y, sin pensármelo, se lo tendí a Chicho, que agarrándolo, se lo logró meter, no sin esfuerzo, en la boca a mi madre. Sus gritos fueron sofocados y Chicho no me dio tiempo a pensármelo y me ordenó nuevamente: ¡Ven aquí! ¡Sujétala por las muñecas! Anonadado y sin saber qué hacer, no me moví del sitio, intentando controlar mi nerviosismo, pero el joven me gritó: ¡Venga, concha, ¡Ven aquí! ¿A qué esperas? Sin pensármelo, me lancé hacia ellos, sujetando a mi madre por las muñecas. ¡Sujétala fuerte, concha, qué lucha como una tigresa! Fue soltarla Chicho y mi madre, casi se suelta de mi agarre, por la fuerza que ejercía y el empeño que ponía. Tuve que emplearme a fondo, apoyando todo mi peso en sus muñecas, y mientras luchaba por sujetarla, la miré al rostro colorado como un tomate y congestionado. Sudaba por el esfuerzo desesperado que realizaba para soltarse y que no la violaran, pero yo, temiendo que mis nuevos amigos me echaran de su pandilla, no me atreví a soltarla. Sufriendo en silencio, observé cómo Chicho metía una de sus piernas entre las de ella, abriéndoselas, y se colocó de rodillas entre ambas, mientras Nico se las sujetaba para que no las cerrara ni le pateara, mientras Fran no dejaba de grabarla a menos de medio metro de distancia. Se soltó el cinturón Chicho, se abrió el pantalón y se bajó el calzón, dejando al descubierto una enorme verga, erecta y dura, que salía disparada de un escroto densamente poblado de pelos negros rizados.


Mi madre, observando el empinado miembro con los ojos desorbitados, sabía lo que querían hacer a continuación, y empezó a gritar desesperada y sus gritos, aunque amortiguados por el pañuelo, eran escuchados por todos. ¡Se la iba a follar, allí mismo, delante de mí y yo le estaba ayudando a que lo hiciera, a que se la follara, a que la violara, a que violara a mi madre! ¡Venga, tío, fóllatela, venga, fóllatela! Le animaba Nico y, sonriendo lascivamente, Chicho tomó su duro y erecto cipote con una mano, apoyándose en el suelo con la otra, y lo restregó por toda la vulva de ella, hasta que, al llegar a la entrada a la vagina, la penetró poco a poco hasta el fondo. Los gritos histéricos de mi madre se hicieron todavía más intensos hasta que, de pronto, se callaron, y su respiración se fue haciendo cada vez más profunda a medida que el cipote de Chicho aparecía y desaparecía, una y otra vez, dentro de su vagina. ¡Se la estaba follando, se estaba follando a mi madre! ¡Se la estaba follando delante de mis narices y yo la sujetaba para que lo hiciera! Ella ya no luchaba por soltarse, se había extrañamente relajado, mientras un sonriente Chicho, apoyado en sus brazos y sin dejar de observar las tetas y la cara de mi madre, imprimía un ritmo deliberadamente lento a sus acometidas, disfrutando del momento, del polvo que la estaba echando y de cómo la estaba ultrajando. Contemplaba asustado cómo la verga la penetraba sin descanso, entrando y saliendo, entrando y saliendo, y cómo las enormes y redondas tetas de mi madre se desplazaban adelante y atrás, adelante y atrás, una y otra vez, , relucientes por el sudor, tanto de ella cómo el mío, como el de todos nosotros. El ritmo del joven fue poco a poco aumentando y las tetas de ella se bamboleaban rápidas y desordenadas en cada embestida, hasta que de pronto, Chicho, aminoró el ritmo y gruñendo, se corrió, descargando todo su esperma dentro de ella.


Fran, en ese momento y sin parar de grabar, la quitó el pañuelo de la boca, y un largo sollozo salió de la boca de mi madre, pero ya no chilló, solo lloró en silencio y un río de lágrimas se deslizó por sus mejillas, empapándola también las tetas. La dirigió Chicho una sonrisa triunfal, desmontándola, y con la verga todavía rezumando esperma, intercambio su sitio con Nico que, ansioso, ahora se colocó entre las piernas de ella, descubriendo al instante su pene también erecto y tieso. Fue penetrarla y tumbarse bocabajo sobre mi madre, con sus manos sobre las tetas de ella, sobándolas reiteradamente, y su boca sobre la de ella, besándola, mordisqueándola, e introduciendo su lengua dentro de los labios carnosos de mi progenitora que ya no oponía resistencia, pero que tampoco le correspondía. Chicho se puso en pie, disfrutando del espectáculo que estábamos presenciando. Ya no la sujetaba las piernas, no hacía falta. Ella, ya violada, no tenía fuerzas ni ánimo para resistirse más. Temiendo que le pudieran impedir follársela, Nico cabalgó furiosamente dentro de ella, moviendo arriba y abajo, una y otra vez, sus fibrosos glúteos, corriéndose en menos de un minuto. Se detuvo emitiendo unos sonidos guturales y enseguida Fran, dando su cámara de vídeo a Chicho para que siguiera grabando, le palmoteó la espalda a Nico y le dijo un escueto: ¡Me toca! ¿ahora me la follo yo! Se apartó Nico y pude ver cómo la vulva de mi madre estaba colorada y rezumaba esperma, estando también sus tetas y su boca relucientes y de un color rojo intenso. Al apartarse el joven dejó la concha libre a Fran, pero éste lo primero que hizo fue quitarse en un instante el pantalón y el calzón, quedándose desnudo de cintura para abajo, exhibiendo un rabo enorme, desproporcionado, que no correspondía al tamaño de su propietario.


Luego, en lugar de montarla como habían hecho antes sus compañeros, tiró de una de las caderas de ella con el fin de ponerla bocabajo, por lo que, para facilitarle el trabajo, la solté las muñecas, dejándola libre los brazos, pero ella nuevamente se resistía y chilló angustiada, suplicando, sin apartar del rabo congestionado que la amenazaba sus ojos dilatados por el terror: ¡No, por favor, no! Temía que la sodomizaran con el enorme miembro, pero Fran, riéndose y contagiando su risa a los otros dos compañeros, parece que quiso tranquilizarla y la dijo, entre risas: ¡Si te portas bien, no te daré por culo, solo te follaré por el chochete, guarra! Aun así mi madre se resistía y fue Nico el que tirando de sus brazos, ayudó a ponerla bocabajo, pero ella enseguida intentó incorporarse, pero fue Fran el que la sujetó por los glúteos y Nico el que se apoyó en su espalda, impidiendo que progresara y dejándola a cuatro patas sobre el suelo. Al instante Fran, sin soltarla los glúteos, se colocó de rodillas entre sus piernas, y la amenazó: ¡Cómo te muevas, zorra, te vamos a dar por culo no solo yo, sino todos, y ya verás … ya! Nico continuó empujándola la espalda hacia abajo hasta que ella, sin poder aguantar la presión, dobló los brazos, colocando sus antebrazos en tierra y su rostro entre ellos, exponiendo su voluptuosos culo en pompa a los deseos de una gigantesca pija erecta y congestionada de sangre y lefa. Y ¡vaya culo que tenía mi madre! ¡enorme, carnoso, sabroso, maravilloso, espléndido .. ¡¡Esos y muchos otros adjetivos se merecía su culo! ¡Sin una gota de celulitis, ni una sola mancha, grano o imperfección, y de un reluciente color dorado! ¡Solamente decía cómeme, cómeme! Y eso parecía que quería hacer la pija erecta y dura de Fran pero, al no poder abarcar tanta carne magra, se restregó juguetona por las brillantes y macizas nalgas como si fuera una ávida viborilla hasta que encontró la dilatada entrada a la chorreante vagina y desapareció dentro de ella, para aparecer en cada uno de los golpes de cadera del joven. ¡Nuevamente se la estaban follando! ¡Y acompañaba el joven cada embestida con un fuerte y sonoro azote en una de las nalgas de mi madre! Escuchando ahora arrebatado el pegadizo ritmo de cómo mi madre jadeaba, gemía y chillaba al ser penetrada, follada, me quedé observando el espectáculo de sus fuertes glúteos convulsionándose y bamboleándose sin descanso al ser empujados, golpeados y estrujados en cada una de las acometidas de Fran. Y el rojo carmesí que iban tiñéndose en cada nalgada que la propinaba.


Pero especialmente me atraían los agujeros de mi madre, no solamente la concha dentro del que se escondía la estaca que tenía el joven entre las piernas, sino también su ano, blanco e inmaculado. Pero no fui yo el único que se dio cuenta de esto último, porque una vez Fran hubo descargado, fue Chicho el que, dándome una palmada en la espalda, me animó a tirármela. ¡Ahora tú, el que falta, el virgen! ¡Y qué mejor que un virgen para desvirgar el culo de la zorra! ¡Noooo00, por favor, nooooo! La escuché chillando aterrorizada. No quería que la sodomizara, pero la acallaron azotándola duramente en las nalgas. ¡Cállate, puta, cállate! ¿te he dicho que te calles, puta! Aunque ardía en deseo de follármela y mi pija, palpitando ansiosa, amenazaba con reventar mi pantalón, los límites morales que los curas me habían inculcado desde pequeño me lo impedían. ¡Era mi madre y yo ni podía ni debía follármela! ¡Puta religión, puta comedura de coco de esta sociedad castradora! Pero Chicho no pensaba lo mismo y, empujándome por el hombro, me llevaba a la fuerza hasta su enorme culo. ¡Venga, concha! ¿A qué esperas, tío? ¿Eres maricón o qué? Fue Nico el que, agachándose, me soltó en un momento el pantalón, bajándomelo junto con el calzón hasta los pies. Trastabillé con la ropa y estuve a punto de caerme de cabeza hacia delante sobre el culo desnudo y en pompa de mi madre, sino es porque Chicho detuvo mi caída, sujetándome por un hombro, y me depositó de rodillas entre las piernas abiertas de ella, pero, por la inercia que todavía llevaba, tuve que colocar mis manos sobre las nalgas de ella, metiendo boca y nariz entre ellas. ¡Eso, eso, comételo, comételo! Empezó a animarme Chicho entusiasmado al verme entre las cachas abiertas de ella. Logré sacar mi cabeza, pero enseguida noté una mano en mi cogote que me la volvió a meter dentro, sujetándomela con fuerza para que no la sacara, mientras me volvía a animar. ¡Cómetelo, concha, cómela la concha! ¿No serás maricón? Estaba chorreando y despedía un fuerte olor a esperma, el de mis compañeros que se acababan de beneficiar a mi progenitora. Saqué mi lengua y empecé a lamerla el chocho, el ano y el espacio entre ambos agujeros.


Todo estaba pegajoso y lleno de fluidos, Estuve a punto de vomitar al principio, pero, por no desobedecer a mis compañeros, aguanté y, según lamía me iba dando menos asco, incluso casi me gustaba. Tragué algo, pero ya no pensaba ni saboreaba, solo lamía y lamía. ¿Te gusta, nene? ¿A qué te gusta? Pues lame, lame, nene, lame. Escuchaba sus risas burlonas sin dejar de lamer y a mi madre gemir, jadear, chillar, y además se estremecía. ¡Era de placer, la gustaba que la comiere el chocho! Tiraron de mi polo hacia atrás, sacándome el rostro del culo de mi madre, al tiempo que Chicho me ordenaba nuevamente: ¡Ahora a follártela, nene! ¡qué la tienes a punto de caramelo! ¡Querían ahora que me tirara a mi madre, que me la follara! Notaba mi cara pringosa de esperma e incluso me cubría los ojos, impidiéndome la visión, y escuché carcajearse a mis compañeros: ¡Estás ciego de deseo, joputa! Con aprensión retiré con mis manos el esperma que cubría mi rostro, especialmente mi boca, nariz y ojos. ¡Venga, concha, a por ella, a por su concha! Me gritaron al oído al tiempo que me retiraban el antifaz y me lo quitaban. Conmocionado al verme con la cara descubierta, me quedé paralizado, hasta que un par de fuertes manotazos en la parte posterior de la cabeza, me hicieron reaccionar. ¡Venga, cabrón, que te espera la concha de la puta para que te lo folles! Y allí tenía delante de mí su culo, su sabroso culo, y estaba a escasos centímetros de mis ojos, de mi boca, de mis manos. Todo disponible para mí, para que hiciera con él lo que quisiera e, incluso, lo que no quisiera. ¡Venga, chaval, qué estamos esperando! Es su culo o el tuyo, tú decides si quieres que te desvirguemos el culo. La amenaza era clara y directa. O me la follaba o me follaban. Bajé la mirada a mi entrepierna e, ¡increíble!, allí estaba mi miembro.


Erecto, duro, enorme, y apuntando a la concha de mi madre, como si tuviera un radar que lo guiara, como si tuviera vida propia y yo no tuviera ningún control sobre él, como si fuera un ente ajeno a mí, un alienígena hambriento que parasitara en mi cuerpo. A la altura de mi rostro, observé a mi derecha un rabo tieso que apuntaba hacía mí. Levanté mi mirada y era el de Chicho que nuevamente me amenazaba a voces: Cuento hasta cinco, y si no se la has metido, te la meto yo a ti. Cinco, cuatro, … Agobiado, tenía que reaccionar ya y tomé la decisión más fácil y la más difícil a la vez: Follarme a mi madre. Me puse en cuclillas, con las piernas medio dobladas, y, tomando mi rabo con la mano, se lo metí, sin prisas pero sin pausas, poco a poco a mi madre por la entrada a su vagina, y entró, sin ningún impedimento, deslizándose más bien, dentro por la cantidad de fluidos que tenía y por lo dilatado que tenía el acceso de tanta follada. Cuando toqué con mis cojones su ano, suspiró fuertemente. Fue entonces cuando debió darse cuenta que la habían de nuevo penetrado. Y una vez dentro, ya estaba hecho lo más difícil y ahora todo era fácil, simplemente follármela, y así hice, moviéndome adelante y atrás, adelante y atrás, mediante un movimiento de vaivén, mientras me apoyaba con mis manos en sus duros y cálidos glúteos, me la fui follando sin dejar escuchar reírse a carcajadas a mis compañeros mientras me vitoreaban: ¡Bravo, bravo, así se folla uno a una zorra, a una puta calientapijas! Aún no había acabado, cuando me levantaron el polo y me lo quitaron por la cabeza, dejándome completamente desnudo. No me lo esperaba y me desconcertó, deteniendo mis movimientos de mete-saca. ¿Qué sucedía?, ¿por qué me habían desnudado? ¡Venga, continúa, campeón, que no se te resista la puta culona! Y, obediente, volví nuevamente a mecerme adelante y atrás, a follármela, hasta que de pronto pusieron una foto delante de mis ojos que al principio no pude distinguir al tenerla tan cerca, pero cuando la retiraron un poco pude darme cuenta que era una fotografía mía, de mi cara, y me di cuenta que era la foto que mi madre siempre llevaba en su cartera, y la habían abierto, cogiéndola. ¡Venga, chaval, continúa, córrete dentro de la puta! Ya no podía continuar, las piernas me flaquearon y caí de rodillas al suelo, empujando a mi madre y tirándola desmadejada al suelo. Apoyándome con mis manos en el suelo, no podía levantar mi mirada fija en el césped y empecé a llorar copiosamente. ¡Buuuuuuuu, llorón, buuuuuuuuu, que se ha follado a su calentorra mamacita y ahora llora como la nena viciosa que es! De pronto echaron a correr, gritando asustados algo que no comprendía.


Levantando la mirada, vi cómo los tres huían alejándose de donde estábamos. Y me di cuenta que se escuchaban pitidos, unos estridentes pitidos que se acercaban. Me giré hacia el origen de los pitidos y observé un par de guardias que se acercaban corriendo hacia donde yo estaba. Me entró un ataque de pánico y me levanté al instante, corriendo como un loco, huyendo despavorido sin pensar en coger ni mi ropa, solo huir … huir completamente desnudo, pero me atraparon cuando no había recorrido ni un par de metros, arrojándome de forma violenta bocabajo al suelo. Retorciendo mis brazos a la espalda, me inmovilizaron y me pusieron unas esposas prietas que me hicieron mucho daño. No me atreví a levantar mi cabeza y permanecí con la cara sobre el césped, sin osar decir nada, solo callando avergonzado. Escuché voces de gente y perros ladrando que habían ido a ver curiosos que sucedía. Me taparon las nalgas desnudas con una áspera manta y, cuando me llevaron a empujones al coche de policía, ataron la manta a mi cintura. Antes de llegar al coche, la manta se soltó y un montón de exclamaciones, insultos y flashes inmortalizaron mis genitales. Estuve un par de días preso ya que mi madre no presentó ninguna acusación, dijo que me habían obligado. Me dijeron que a mis compañeros sí que les detuvieron y estuvieron en la cárcel, siendo violados todos los días por violentos y viciosos reclusos. Nunca me lo creí pero nunca más los vi, porque mi familia tuvo que huir avergonzada, como si hubiera sido mi madre la puta que les provocó, y cambiamos de ciudad. Las películas que grabaron a mi madre tanto en el hipermercado como en el parque circularon durante muchos años por internet y tuvieron millones de visitas que seguramente se masturbaron mientras las veían. Yo también lo hice. El cuerpo de mi madre bien que se lo merecía. ¡Vaya tetas, vaya culo y vaya polvos que la echamos aquel día!