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Virginia es desvirgada por un ganadero poderoso

Mi nombre es Virginia, soy una joven de tez blanca, cabello castaño y ojos color miel. No soy muy alta, mido 1,65 mts de estatura y tengo un cuerpo bien proporcionado: mi cintura es estrecha, mi busto no es ni muy grande ni muy chico pero, eso sí, cuento con un derrier generoso y redondeado que no pasa desapercibido ante ningún hombre. Siempre fui una chica más bien tímida, tanto así que, a pesar de no ser poco agraciada, a mis 23 años aún era virgen. Hoy escribo estas líneas con la intención de exorcizar los fantasmas que me perturban desde aquella terrible noche del mes de octubre de 2009, pues desde ese momento no he podido superar el trauma de lo que, en suerte, tuve que sufrir. Soy de Medellín, Colombia, pero mi mayor anhelo siempre fue estudiar Medicina en Bogotá, así que, tras graduarme de un colegio católico en mi ciudad, mis padres decidieron enviarme a la capital para que hiciera realidad mi sueño. Llegué a Bogotá en el primer semestre de 2009. Como cualquier provinciana, totalmente asustada frente a la gran urbe. Por fortuna mi padre me consiguió un pequeño departamento, amoblado y con un ventanal que amenazaba mi privacidad, debido a su gran tamaño; sin embargo, con el paso de los días, terminé por tomarle cariño pues me permitía observar los cerros de la ciudad. A mediados del segundo semestre de ese año, ya no era una primípara en la universidad ni en la ciudad y me sentía más segura, aunque un poco melancólica por la soledad: mi timidez no me había permitido hacer muchos amigos y ya empezaba a extrañar a mis padres. Esa noche de octubre me estaba dando una ducha caliente, se empañaban los espejos del baño mientras yo recorría mi cuerpo con la espuma.


Estaba de espaldas a la puerta de la ducha cuando ésta se abrió de repente y una mano masculina cubrió mi nariz y mi boca con un pañuelo empapado en una sustancia de olor penetrante. Yo pateaba sin lograr ver a mi oponente, que me sostenía con su brazo por el vientre, pero mi fuerza fue sucumbiendo ante el efecto de aquella sustancia y perdí el conocimiento. No sé cuántas horas después, desperté en un cuarto de dos por dos, sentada en un sofá rojo de pana y con un traje que, en mis cabales, jamás luciría: tacones muy altos, medias malla negras que concluían en un liguero de encaje a mitad de muslo, vestido corto de botones y un delantal blanco, cual mucama de hotel. Desde una esquina de la habitación, se escuchó una voz potente que salía de un parlante: —Vamos, a trabajar. — ¿Perdón? — Pregunté sin entender a qué se refería. —Toma la bandeja que está al lado del sofá y llévasela a tu nuevo amo. Él está al otro lado de la puerta. Observé la dichosa bandeja y en ella había un látigo enrollado, un tubo de vaselina, un arnés pectoral de cuero y unas esposas con cobertura de peluche rojo. La levanté, abrí la puerta desconcertada y al fondo de ese nuevo cuarto pude ver a un hombre sentado de espaldas en una silla empresarial. Avancé hacía el escritorio y dejé la bandeja sobre él. Me devolví por donde había venido en busca de la puerta para salir de inmediato, pues ese hombre y los elementos de la bandeja me ponían nerviosa. Sin embargo, al llegar a la puerta, traté de abrirla y no pude hacerlo. Desesperada le daba vueltas a la perilla sin ningún resultado. Fue entonces cuando recibí un latigazo en la espalda que casi me tira al suelo, traté de mantenerme en pie y seguí en mi infructuosa lucha contra la puerta, albergando la esperanza de poder escapar, pero el hombre llegó hasta donde estaba y, sin mediar palabra, me tomó desde atrás por las tetas. — Pensabas que te irías así de rápido, perra. No sabes cuánto he hecho para tenerte hoy aquí. — Dijo aquel hombre tomándome con rudeza.


Las lágrimas empezaron a rodar por mis mejillas y fue entonces cuando ese hombre me volteó frente a él, momento en el que pude ver por primera vez su rostro que, para mi desgracia, resultó ser conocido. Se trataba de Maximiliano Hernández, un General Retirado del Ejército que en ese momento, como ahora, se dedicaba exitosamente a la ganadería. Aquel tipo tenía extensas tierras en el Magdalena Medio y se rumoraba acerca de su comportamiento non santo durante sus años de servicio. Yo sabía de este personaje por los periódicos y porque vivía en el conjunto que quedaba frente a mi departamento. Se la pasaba en la portería de mi edificio hablando con el vigilante, parecía tener una relación muy cercana con él. Luego me enteraría que había sido su subalterno en el Ejército y tal vez cómplice de sus fechorías. Este hombre siempre me había generado desconfianza, ya que cada que yo entraba o salía me miraba lascivamente y reía sin ningún pudor con el vigilante aquel. —Mira bien mi cara, potranca, porque es la cara del hombre que te va a hacer mujer. — Dijo, mientras me contemplaba con lujuria. —Por favor déjeme ir, no me haga daño. — Le dije entre sollozos. —No pretendo hacerte daño, pero todo depende de ti, belleza: si te portas bien, hasta terminarás disfrutándolo, de lo contrario, te mataré y desapareceré tu cadáver. He estado estudiando tus movimientos durante seis meses y sé que vives sola y que tu familia se demorará varias semanas en empezar a extrañarte. — Me dijo dándole un pequeño beso en la frente. No podía entender cómo ese tipo pensaba que yo podría llegar a disfrutar aquello. Traté de soltarme pero era mucho más fuerte, medía casi 1,85 mts de estatura y su entrenamiento militar le hacía lucir como un cuarentón en buena forma. El tipo me acorraló contra la puerta, tomó con una sola mano mis dos muñecas por encima de mi cabeza y empezó a lamer mis lágrimas de forma repulsiva, luego me besó introduciendo su lengua hasta tocar mi campanilla, con su otra mano levanto una de mis piernas y la acerco a su cadera mientras la sobaba con desenfreno.


No sabes cómo me calientan las nenitas mojigatas como tú. ¿Creías que seguirías contoneando tu culo frente a mis narices sin darme ni una probada? De un momento a otro me cargó sobre su hombro cual si fuera un costal, con una sola mano me sostenía sobre sí, mientras yo pateaba e intentaba bajarme. En un extremo del recinto, subimos por una escalera en forma de caracol, llegando a una habitación muy amplia, rodeada de espejos y en la que el blanco era el color reinante. Fue entonces cuando me aventó sobre una cama muy grande y, estando ahí, pude ver que del techo pendía una cámara que apuntaba su lente justo hacía a mí y que en la pared de enfrente había un collage de fotos ampliadas en las que yo era la protagonista. Evidentemente el desgraciado era un voyerista, había estado espiándome y fotografiándome desde su ventana: Yo en ropa interior en la sala de mi departamento, yo el toples viendo tv en mi habitación, yo poniéndome unas medias veladas, yo en toalla caminando hacia el baño… — Eres un depravado, déjame salir de aquí. ¡Maldito!— Le dije, mientras trataba de incorporarme. —No sabes cuántas pajas me he hecho en tu nombre jajaja – Dijo mientras saltaba sobre mi como un animal salvaje. Sacó del bolsillo de atrás de su pantalón las esposas de peluche rojo que yo misma le había entregado y me esposó a la baranda de la cabecera de la cama. De nuevo lamió mis mejillas y luego me mordió el labio inferior suavemente, para después besarme con desenfreno. Empezó a descender por mi mentón y luego por mi cuello dándome pequeños mordiscos y chupetones. Todo parecía indicar que el muy miserable sabía lo que hacía porque, en contra de mi voluntad, empecé a sentir el palpitar de mi concha. Se acercó a mi oído y suavemente me dijo: — No creas que no sé tú secreto, pequeña. Pero tranquila, haré lo posible para que no te duela. Me esperaba cualquier cosa, menos que ese bastardo supiera que yo era virgen.


No sé de qué forma lo averiguó, pero lo cierto es que lo hizo y, al parecer, era un dato que lo excitaba sobremanera. Yo lloraba desconsolada, no podía creer que fuera a perder la virginidad de esa manera tan terrible y humillante. Arrancó el delantal y me tomó de la solapa del vestido, halando con cada una de sus manos hacía un extremo del mismo, hasta que terminó por descoser los botones que salieron volando. Fue entonces cuando quedé frente a sus ojos en ropa interior. Se trataba de una lencería de encaje negro, cuyo claro objetivo era ser muy sexy: un corpiño que realzaba mis tetas haciéndolas ver más exuberantes de lo que en realidad eran y una tanga muy pequeña de la que pendían unas cargaderas hacía mis muslos para sostener las medias de malla. Hernández se incorporó un poco para observar el espectáculo, luego salió de la cama un instante y regresó con una cámara profesional para hacerme un par de tomas. Dejó la cámara sobre la mesa de noche y regresó a su labor. Fue entonces cuando sacó de su bolsillo una navaja y burlonamente me enseñó su hoja. A lo que yo reaccioné gritando de pánico. —No te preocupes, potranca. Es solo para quitarte tanta ropita— Se inclinó de nuevo sobre mí e hizo un pequeño corte en el sostén, entre mis tetas. Eso le permitió romperlo y liberar mis melones para abalanzarse sobre ellos y succionarlos con su asquerosa boca. Los lamía, los mordía y los besaba como si se le fuera a acabar la vida. De nuevo mi cuerpo empezó a responder a sus estímulos y mis pezones empezaron a ponerse duros, tomando forma y viéndose más apetitosos todavía. Hernández tomaba una teta con una mano y la otra se la metía a la boca, succionándola con fuerza, como buscando ordeñarla. —No me imaginé que tuvieras unas ubres tan ricas, ternerita. Están como para mamarlas toda la noche. Me encantan tus pezones respingones y estas areolas rosaditas— Dijo mientras delineaba con su dedo la areola de mi teta derecha. Luego descendió por mi pecho y por mi vientre, besando y lamiendo mi abdomen hasta llegar a mí pubis, tomó de nuevo la navaja y rasgó la tanga, despojándome de ella y dejando al descubierto mi sexo. Arrancó con uñas y dientes las medias sin importarle mis gritos de desesperación.


Fue ahí cuando me di cuenta de que alguien, tal vez en mi estado de inconsciencia, me había depilado por completo, pues tanto mi concha como mis piernas no tenían ni un solo vello. Hernández tomó otra vez la cámara he hizo dos nuevas tomas de mi cuerpo, ahora sí, totalmente desnudo. Yo trataba de cerrar mis piernas con todas mis fuerzas para que aquel cretino no profanara mi pequeña cueva con su mirada, pero esos intentos sucumbieron ante el avance inclemente de sus manos que, de inmediato sujetaron mis muslos abriéndolos de par en par. Puso mis piernas sobre sus hombros y empezó a observar mi vagina con minuciosidad: —A ver, ¿qué tenemos aquí? ¡Una conchita tierna! Parece que te ha gustado lo que ha pasado, porque estas bien mojadita. Todas son igual de putas, se quejan y lloran, pero sí que les gusta que se las coman. Yo me sentí humillada como nunca en mi vida, mi cuerpo me había traicionado por completo. Lo cierto era que Hernández debía tener mucha experiencia en las artes sexuales porque conocía todos las zonas erógenas femeninas y, hasta ahí, las había estimulado con decoro. Fue entonces cuando empezó a pellizcar mi clítoris suavemente, luego introdujo su dedo Corazón en mi orificio, causándome una gran molestia: —Por favor pare, soy virgen. Déjeme en paz. ¿No cree que ya tuvo suficiente humillándome de esta manera? —¿Crees que te voy a dejar ir en este momento? Aun no has sentido nada, mi reina. Además, yo no voy a perder esta oportunidad de desvirgar a una yegua tan rica como tú. Después de esta noche, serás una más de mis pertenencias, como mis haciendas, como mis reses. Inmediatamente introdujo un segundo dedo en mi orificio y empezó un mete y saca frenético que ocasionó que mi espalda se arqueara sobre las sábanas. Como se agitó bastante, se quitó la camisa, dejando al descubierto su abdomen y sus pectorales tremendamente marcados. Se agachó sobre mi concha y empezó a succionar mis jugos, al tiempo que hacía círculos sobre mi clítoris con su lengua.


Luego dio un par de lengüetazos desde mi ano hacía la zona púbica y finalmente introdujo su lengua en mi orificio vaginal, moviéndola como un pez al que le falta el agua. Nunca en la vida había sentido algo similar. Temía venirme en su rostro con un simple cunnilingus. A ratos se me nublaba la vista y sentía que me faltaba el aire para respirar. Él estampaba las palmas de sus manos en mis nalgas y acercaba mi cadera hacía su cara para succionar de nuevo, luego me dejó caer con violencia y empezó a llamar a alguien por un radio teléfono: —Leonel, lo necesito acá. ¿Se acuerda de Virginia? Acá la tengo en cueros, lista pa’ que le demos una buena perforada. Necesito que me ayude, porque esta es mucha hembra pa’ mí solo. Yo no podía dar crédito a sus palabras. Aparte de Hernández ahora iba a tener que soportar las perversidades de un peón de finca, que en su vida habría podido acercarse a una mujer como yo. —A este pendejo hay que hablarle así, pa’ que se crea indispensable. Obvio que yo puedo solo, pero voy a cumplir lo que te dije: voy a hacer que no te duela mucho la desflorada y para eso necesito al idiota este, para que te trabaje las tetas mientras yo te rompo la concha. Nunca había estado con ningún hombre y ahora iba a estar con dos al tiempo y a la fuerza. Mi suerte no podía ser peor. Leonel llegó a la habitación y su jefe le dio varias indicaciones: —Leonel, necesito que me le trabaje el tren superior a esta putica: boca, lóbulos, cuello, pecho, tetas y abdomen. Quiero que me la deje bien excitadita. Yo mientras tanto sigo con lo mío acá abajo. —Bueno señor, como mande. Leonel era un tipo más brusco, no tenía el mismo estilo que su jefe y sus manos eran ásperas y callosas, sus caricias me laceraban como lijas.


Eran más pequeñas, eso sí, y se acoplaban perfectamente al tamaño de mis senos, así que lo primero que hizo fue estampar sus plantas en ellos y dejar los pezones entre los dedos para apretarlos cual pinzas. Eso me producía dolor, así que empecé a gemir con más fuerza cada vez. Supongo que mis gemidos los excitaban a los dos, porque ambos se despojaron de su ropa y pude ver sus vergas erectas. La de Hernández era larga y venosa con un glande algo prominente, mientras que la de Leonel era más chica y gruesa. Leonel me mordía los pezones en serio y mis gritos de dolor no se hacían esperar, luego me chupó el cuello dejándome marcas rojas que, casi inmediatamente, se iban poniendo moradas. Me besó un par de veces pero sus besos eran babosos y desagradables, luego, sintió deseos de meter su falo en mi boca, pero Hernández, sin sacar las manos de mi concha le pegó un grito: —¡Quieto, imbécil! Te dije que yo voy a ser el primero en pasar por cualquiera de sus orificios. Igual, esta noche es para darle placer a ella. Una mamada te la puede hacer cualquier ramera. Leonel se hizo la paja frente a mi rostro y me empapó las mejillas con su leche, sentí ganas de vomitar, pero él empezó a darme palmadas en las tetas y en el vientre y ese dolor me espantó las arcadas. —Está lista, Leonel. Ya está bien mojada la muy zorra. Se la voy a clavar. —No, por favor. No me hagaaa… No había acabado de pronunciar la frase cuando Hernández clavó su verga en mi entrepierna sin ningún miramiento, el maldito tenía razón, yo estaba lo suficientemente lubricada como para que su falo entrara sin tanto esfuerzo. Si me dolió, sentí como si me rasgaran las entrañas, pero no fue tan duradero como pensaba. Hernández empezó su mete y saca en medio de los restos de mi himen, la sábana antes inmaculadamente blanca, ahora tenía una mancha roja que simbolizaba la triste profanación de mi cuerpo.


El dolor no era tanto físico como del alma. Entre tanto, Leonel magreaba mis tetas con sus manos callosas y en medio de su lujuria me mordió el cuello, dejándome sus dientes estampados. Hernández tenía una cara de satisfacción infinita y su respiración empezó a tornarse aterradora, parecía un búfalo. Metía y sacaba su pene de mi vagina sin piedad, como abriéndose paso en una selva virgen. Mis piernas muy abiertas eran sostenidas por los muslos con sus fornidas manos y arriba todavía esposada, era flagelada y mordida por el sátiro del Leonel. La escena no podía ser más terrible, pensé por un instante en que todo lo que me hacían estaba siendo filmado por la impúdica cámara de arriba y lloré de impotencia. Hernández tuvo un orgasmo escandaloso y se corrió en mi interior, sentí como su chorro me inundaba, luego se desplomó sobre mí, dejando caer su cara sobre mi abdomen. Después de unos minutos, se incorporó y le dijo a Leonel que me quitara las esposas para llevarme al potro. Yo no entendía a qué se referían. Hernández me cargó de nuevo en su hombro y me puso boca abajo sobre un taburete de un metro y medio de largo, que a él le llegaba a la cintura. Quedé como abrazada de piernas y brazos al taburete, me pusieron de nuevo las esposas y una especie de grilletes en los tobillos. En esa posición, mi ano y mi concha quedaban en pompas en un extremo del dichoso potro. Hernández sacó de nuevo su látigo y me dio dos golpes, uno en la espalda y otro en las nalgas. Yo grité muy fuerte, él se abalanzó sobre mí y empezó a besarme y a lamerme, como queriendo curar el dolor que me había ocasionado. Esos besos me producían un espasmo incontrolable en la espalda. Hernández me estaba excitando. Sentí miedo de mi misma. Ponía las manos entre el potro y mis tetas, sobándomelas con fuerza mientras me susurraba guarradas al oído: —Ya eres una perra cachonda. Gracias por esa concha calientita y apretada. Desde hoy soy tu dueño y me vas a pedir verga siempre.


Se retiró dejándome en ascuas, en realidad me sentía sucia, pero necesitaba que me penetrara de nuevo, sentía que estaba dejando su trabajo a medias. Él, a mis espaldas, se embadurnaba los dedos de vaselina, se agacho frente a mi ano y empezó a introducirlos lentamente. Yo me asusté muchísimo y rogué por la integridad de mi culo virgen, a lo que él hizo caso omiso. Separaba los cachetes de mis nalgas y escupía en mi agujero, luego metía su boca en mi culo sin ningún asco. De repente, sentí que empezó a tratar de meter su verga. El dolor era indescriptible. Me tomaba de los hombros y empujaba su pelvis hacía mis nalgas totalmente abiertas, pero no lograba entrar completamente. —Dijo que no me dolería. Esto está doliendo mucho. ¡Déjeme! – Le dije. —Pues mentí, esto siempre duele jajaja. Pero cuando te lo abra lo vas a disfrutas de verdad, zorra. Siguió insistiendo hasta que por fin mi culo se tragó por completo su rabo. Sentí que perforaba mis intestinos. Se quedó quieto por un momento y luego empezó su mete y saca bestial. Me sostenía por las caderas y a veces palmeaba mis nalgas. Evidentemente, me estaba gozando. Luego me tomó del pelo y empezó a cabalgarme. Metió una de sus manos entre el potro y mi pubis y empezó a estimular mi clítoris con esa gran maestría que yo ya conocía. Ahí no pude aguantar más, sentí un espasmo terrible en la espalda y tuve el primer orgasmo de mi vida. Él se dio cuenta y aplaudió burlón. —¿Cómo la ves, Leonel? Se nos corrió la ternerita. Lo está disfrutando, igual de guarra que todas las otras que hemos traído aquí. Yo lloré inconsolable, no podía ser que en una situación como esa llegara a sentir placer. Sentí vergüenza de mí misma. Me desataron del potro y me tiraron como un trapo sobre la cama que lucía orgullosa la mancha de sangre de mi desflorada. Yo me acurruqué en posición fetal y me abracé a la almohada sintiéndome ultrajada y sucia. Hernández y Leonel se fueron a un rincón, desde el que cuchicheaban y reían mientras miraban una cadena que colgaba del cielo raso. —Ya, Virginia, se acabó el descanso. Si te corriste con lo que te hice, ahora la vas a pasar mejor. ¡Relájate y disfruta! Yo no me imaginaba qué más podían hacerme, estaba totalmente vencida, ya no oponía ninguna resistencia. Leonel me sentó sobre la cama y me puso el arnés pectoral que yo misma le había entregado a Hernández.


Era de cuero y se ajustaba mediante correas, parecía un artefacto de la Inquisición. Mis tetas quedaban paradas pues las correas las sostenían. Era una especie de bra sin copas. Entre los dos me cargaron y me colgaron por la espalda de la cadena que antes observaban pícaramente. Quedé suspendida como una piñata de fiesta, como una muñeca rota. Solo la punta de mis dedos rozaba el suelo. Hernández tomó de nuevo un par de fotos por delante y otro par por detrás. Debía verme como un trofeo. —Sos una bestia, Leonel. Mira como le dejaste las tetas, todas llenas de morados. Hasta un mordisco le has plantado. Voy a tener que enseñarte a tratar a las mujeres. —Sí, señor. Se lo agradecería – Contestó el peón con la cabeza gacha. Leonel se subió sobre la cama y apuntó la lente de la cámara filmadora hacía donde yo me encontraba. Hernández avanzó hacía mi y me tomó por las rodillas, abriendo de nuevo mis muslos frente a sí. Apuntó su verga hacía mi concha y empezó a introducirla lentamente, una vez me tenía ensartada entre sus piernas, empezó el mete y saca infernal, lo hacía de forma muy salvaje. Subió una de sus manos hasta mi nalga derecha y clavaba sus uñas en ella, mientras que con la otra me tomaba por la espalda contra su pecho, haciendo que mis pezones erectos rozaran a cada movimiento con sus pectorales. Tanto él como yo estábamos al límite, yo no veía sino estrellas y no sentía las piernas, solo una corriente que me recorría la columna vertebral, mis tetas doloridas por la fuerte irrigación sanguínea y mi vagina palpitante. Él estrellaba sus testículos contra mi concha cada vez más rápido, se escuchaba como un concierto de bofetadas. —¡Leonel! ¡Ahora! – Le dijo Hernández al peón mientras separaba los cachetes de mi culo sin dejar de darme verga por delante. Leonel avanzó como un salvaje y me clavo su falo en el ano. Estaba sufriendo una doble penetración, sentía que se me salían los ojos. Hernández no soltaba mi culo para facilitar el trabajo de Leonel, mientras éste magreaba mis tetas desde atrás, pellizcando mis pezones bruscamente.


El mete y saca se fue volviendo más rítmico cada vez, yo flotaba sostenida por el arnés y trataba de converncerme de que era repulsivo, pero mi cuerpo empezó a reaccionar: mi espalda se arqueaba al igual que mis pies y terminamos por venirnos los tres al tiempo en un grito conjunto de excitación. Sacaron sus artefactos de mi interior y me descolgaron de la cadena. Sin liberarme del arnés, me pusieron de nuevo en el potro de violación y Hernández me plasmó un hierro hirviente en la nalga izquierda con sus iniciales: MH, Maximiliano Hernández. Tal y como lo hacía con las vacas de su finca. Como lo había advertido desde un principio, tras esta noche demencial yo entraba a ser una más de sus propiedades. Leonel me arrojó un baldado de agua encima y lo próximo que recuerdo es haber despertado en mi cama, en mi departamento. En un principio creí que se trataba de una pesadilla muy real, pero entendí que no había sido así cuando vi el baby doll negro que lucía y un sobre de manila a mi nombre. Lo abrí y en él estaba una copia del video y una foto mía, totalmente desnuda colgada del techo. Junto a esto había un panfleto en el que se me decía que cualquier denuncia de lo ocurrido sería infructuosa debido al gran poder y a los contactos del General Retirado. Que ante cualquier intento de escándalo sacarían a la luz el video y las fotos, destruyendo mi vida por completo. Desde entonces cualquier intento de rehacer mi vida sentimental ha sido en vano porque todos los hombres que se me acercan tienen un final trágico: accidente de tránsito, suicidio, desaparición, etc. No tengo pruebas, pero estoy segura de que Hernández ha tenido que ver con todo esto. Para evitar causar dolor y sufrimiento hoy mi vida sexual se reduce a masturbarme viendo el video de mi deshonra.