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El técnico de PC

Habitualmente eres la última en salir de la oficina, sobre las 18:30 ya no suele quedar nadie más que tú, como aquel día en que ya no recordabas que tu ordenador tenía un problema y avisaste a la empresa de mantenimiento. Suena el timbre de tu oficina, y piensas: - Qué fastidio! ya casi a punto de irme. Quien será el pesado? Abres la puerta y te encuentras con un metro ochenta de ‘madurito’, casi calvo pero con unos cautivadores ojos verdes. - Soy el técnico de los PCs, disculpa que venga tan tarde pero me he atascado en otra reparación que parecía más sencilla – te dice con una sonrisa a modo de disculpa. - No te preocupes, no hay problema, pasa y haz lo que tengas que hacer – le indicas con un tono algo ambiguo que podía dar pie a confusión. Tras la mirada a tu escote del madurito y otra significativa a tus ojos, más cautivadores aún que los del madurito, añades con cierto rubor. - Al ordenador claro… - Claro, al ordenador – confirma el madurito sin quitar el ojo de tu escote y de las piernas que quedaban a la vista a partir del final de la falda. El madurito se sentó delante del ordenador averiado y como no podías trabajar, te sentaste a su lado en otra silla.


Bastante a menudo, el madurito, te lanzaba miradas más bien descaradas a tu escote y piernas. Al principio te molestó un poco, pero conforme el madurito combinaba esas miradas con unas simpáticas sonrisas, empezó a gustarte y a excitarte y empezaste a corresponderle a esas miradas con unas seductoras sonrisas. Las ‘miraditas’ del madurito iban aumentando de intensidad y frecuencia y notabas como tu excitación también iba en aumento, así como la del madurito, por el bulto que empezaba a notarse en su pantalón. Alegando una revisión a los cables el madurito desapareció debajo de la mesa y la sensación de no saber si tus piernas eran objeto o no de una más que profunda evaluación visual hizo que tu excitación alcanzara un punto bastante álgido. Y prácticamente sin pensarlo y siguiendo un furtivo y excitante impulso, abriste tus piernas facilitando la visión a alguien que pudiera estar observando bajo la mesa. Una exclamación de sorpresa seguida de un golpe de cabeza contra madera, confirmó sin lugar a dudas, que la atención visual del madurito no estaba en los cables precisamente. Conteniendo una incipiente risa y cada vez más excitada, aún abriste más tus piernas dejándote llevar ya por tus impulsos sin atender a la razón que intentaba, ya sin éxito, que reprimieras esos impulsos. El madurito emergió de debajo de la mesa, visiblemente ruborizado y excitado.


Qué tal los cables? – preguntaste al madurito con una sonrisa seductora, sugerente y picarona. - Bien, muy bien, mucho mejor de lo que esperaba – respondió el madurito algo azorado. - Quizás tendría que volver a examinarlos con más atención y más de cerca – se atrevió el madurito a proponer con una ya significativa mirada de deseo a tus piernas. - Me parece muy bien, haz lo que consideres necesario – contestaste casi sin pensarlo. El madurito se arrodilló delante de ti y puso tu cara entre sus manos muy suavemente, acariciándote desde la base de tus orejas hasta tus labios, acercándote hacia él pero con mucha delicadeza. Y te besó en los labios, breve y dulcemente, y se quedó como esperando o una bofetada o una invitación a seguir, como no llegó ni una cosa ni otra lo tomo como una invitación a seguir y volvió a besarte, esta vez con más intensidad pero aún con cierta timidez. El tercer beso ya sí fue más desinhibido, ya con pasión y buscando tu lengua que ya entrelazaste con la de él entregándote ya sin remilgos y correspondiendo al beso con todo el torrente de pasión que se te había acumulado. Seguisteis besándoos durante varios minutos mientras él empezó a recorrer tu cuerpo con sus manos, una por tus pechos por encima de la ropa y la otra por entre tus piernas, muslos y alrededores con suavidad y cierta timidez, sin llegar al tesoro central.


Tus manos tampoco se estuvieron quietas y recorrieron el pecho del madurito y hasta introdujiste una mano por dentro de la camisa para acariciarle y pellizcarle dulcemente sus pezones. Esto envalentonó más al madurito que desabrochando tu camisa deslizó una de sus manos por dentro del sostén acariciando uno de tus pezones poco antes de que su boca rodeara y chupara el pezón con avidez, pero también con dulzura y delicadeza. El madurito siguió dedicando sus besos y caricias a tus dos pezones volviendo de cuando en cuando a besarte en la boca, cada vez con más avidez y pasión, como si echara de menos tu boca cada vez que la abandonaba. Mientras, con una de sus manos empezó acariciarte la concha por encima de tu braguita, muy suavemente, y casi rozando tan solo. Sin apenas darte cuenta tu camisa y tu sostén yacían en el suelo mientras el madurito seguía besando y lamiendo tus pechos, arrancándote furtivos gemidos de placer. Empezó a quitarte la falda y con tu ayuda la prenda fue a reunirse con las que ya descansaban en el suelo.


El madurito volvió a tu boca mientras con una mano te acariciaba un pezón y con la otra se coló por dentro de tu braguita acariciándote con más intensidad pero con igual delicadeza. Después de un beso especialmente largo y apasionado, la boca del madurito inició un lento y dulce descenso pasando por los pechos, bajando por la zona abdominal, jugando un poco con su lengua en tu ombligo, provocándote unas risas por excitantes cosquillas, continuando el descenso hasta el inicio de tus braguitas donde se paró para rodear la prenda e invadirla poco después acariciando tu pubis muy suavemente con la punta de su lengua ampliando el recorrido por alrededor de los labios y por los muslos, haciéndote desear que inicie su invasión a tu zona más íntima, que no hizo hasta que ya no pudiste más y con tus manos en su cabeza lo dirigiste hacia tu clítoris que empezó a besar y lamer por encima de tu braguita y haciendo círculos muy suaves con la punta de su lengua, lo que te hizo soltar un sonoro gemido de auténtico placer. El madurito ayudándose con una mano apartó la braguita hacia un lado lo que permitió que su lengua entrara en contacto directo con tu clítoris lamiéndolo, chupándolo y besándolo, intercalando suavidad y dulzura con una tenue salvaje pasión. Mientras dos de sus dedos se introducían en tu vagina, ya muy mojada, acariciándote con unos suaves movimientos de bombeo aumentando la intensidad en perfecta armonía con su lengua e intercambiando dedos y lengua en sus respectivas zonas de acción.


Cuando introducía su lengua en tu vagina, notabas como la introducía entera intentando llegar lo más lejos posible pero aunque con pasión siempre con dulzura y suavidad. El madurito continúo sus caricias y besos hasta que iniciaste unas convulsiones alcanzando un tremendo orgasmo entre gemidos y casi gritos mientras apretabas la cabeza del madurito contra ti pidiendo que siguiera un poco más, cosa que hizo con gran pasión, especialmente en tu vagina sorbiendo y saboreando tus jugos. Algo exhausta soltaste por fin la cabeza del madurito permitiendo que su boca volviera a encontrase con la tuya en un apasionado beso en el que te excitaba encontrar tu propio sabor en la boca de tu nuevo amigo. Al finalizar el soberbio beso, el madurito se levantó, dejando bien patente un prominente bulto en su pantalón y sin mediar palabra alguna, él entendió en tu mirada el lujurioso ‘Ahora verás’ que le susurraron tus ojos y dirigiendo tus manos a los cierres del pantalón los abriste con avidez dejándolos caer y dirigiendo tu boca hasta el bulto prominente que amenazaba con salir del calzoncillo tipo bóxer, cuando tus labios rozaron el bulto, el madurito dio un respingo mientras soltó un furtivo gemido que se vio correspondido por un beso aun mayor de tu parte arrancándole al madurito un estremecimiento de placer, el madurito intentó zafarse del calzoncillo pero no le dejaste, ahora tenías tú el control y mandabas tú y querías hacerle sufrir un poco más en venganza de que él también había hecho lo mismo. Deslizaste una mano por debajo del calzoncillo, acariciando muy suavemente testículos y tronco del pene, mientras tu boca besaba muy suavemente y muy despacio toda la zona alrededor de la prenda íntima, abdomen, muslos e inicio del pubis.


El madurito no dejaba de soltar tímidos gemidos, como con miedo a que alguien le oyera y aunque se moría de ganas de que atacaras directamente a su glande, no hizo ni dijo nada acertando en que sería la mejor manera de no retrasar ese momento. Pero ese momento aún no iba a llegar, disfrutabas sintiéndote dueña y señora de la situación y querías apurarlo unos minutos más, con la mano que tenías dentro del calzoncillo acariciabas y jugueteabas con el tronco, pubis y testículos y de cuando en cuando provocabas un furtivo roce con el inicio del glande, haciendo que el madurito gimiera de placer. Por fin bajaste poco a poco el calzoncillo hasta que cayó encima del pantalón, dejando al descubierto un enhiesto miembro, no muy grande pero muy duro que pedía guerra con un glande sonrosado y muy suave. Iniciaste una lenta y suave caricia en el glande con la punta de tus dedos, haciendo que el madurito pareciera enloquecer de placer, al cabo de unos minutos uniste tu lengua al juego, pero solo la punta y de forma muy suave, acompañándolo con suaves caricias también en nalgas y testículos. El madurito poso sus manos sobre tu cabeza, pero sin atreverse a controlar la situación, sabía que eso podría romper el momento y entorpecer su deseo, así que inició unas dulces caricias por tu cabeza que consiguieron ablandarte y regalarle un anticipo introduciéndote todo su glande en la boca y acariciándolo magistralmente con tu lengua.


El madurito se dobló del placer soltando un sonoro gemido, pero solo fue un anticipo y volviste a tus caricias y besos suaves durante unos minutos más. De repente y sin previo aviso, engulliste de nuevo glande y tronco con una pasión casi salvaje y con unas caricias con tu lengua que volvieron loco de gusto al madurito consiguiendo de él ya un desinhibido grito. A partir de aquí ya si te entregaste a una apasionada y magistral felación alternando intensidades más fuertes con otras más dulces recorriendo con tu lengua toda la pija del madurito, desde los testículos al glande ayudándote de expertas caricias con las manos hasta que notaste el inicio de una convulsión y el aviso del madurito de su inminente explosión que aceptaste en tu boca, cara y pechos y continuaste besando y chupando el glande hasta que el madurito te suplicó que pararas que ya no podía más. Le dejaste escapar recogiendo con tu lengua las últimas gotas de su explosión que él arrodillándose de nuevo, intento robarte con un largo y apasionado beso blanco.