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La doble vida de la señora Claudia

A sus treinta y pico años, Claudia es lo que se dice una triunfadora, una señora de los pies a la cabeza, bella, sofisticada, lo que se dice una señora con clase. Dueña de dos importantes bufetes de abogados, separada de un marido que la engañó a pesar de tener un auténtico monumento en casa, ahora reparte su vida entre su adorado hijo, su trabajo, alguna que otra obra benéfica y evento social y su gran pasión… ¡coger! Oh sí, amigos.


Debajo de toda esa clase y sofisticación se esconde una auténtica fiera sexual, una guarra con todas las letras, una experta mamadora. Hemos de decir que ella antes no era así, no señor. Antes, Claudia era una mujer respetable y respetada, que se escandalizaba cuando alguien soltaba una grosería en su presencia. Pero eso cambió hace algún tiempo, una tarde en la que acudió a ver un partido de fútbol y perdió su pañuelo para el cuello.


Cuán diferente podría haber sido su vida de no haber tenido lugar este hecho aparentemente inocuo e inocente! Pues bien, aquella tarde y tratándose de una pieza de gran valor, Claudia regresa al campo de fútbol a buscar la preciada prenda, encontrándose a oscuras y sola en medio del césped cuando… -perdone, señora –una voz de hombre suena a su espalda, haciéndola dar un fuerte respingo. Al volverse lo ve, un tipo bajito y panzudo que le muestra sus feos dientes en libidinosa sonrisa mientras, literalmente, se la come con la mirada. -me acuerdo de usted –dice el personajillo sin dejar de sonreír ni de mirarla con aire lascivo al tiempo que se lleva la mano a la entrepierna, donde ya se aprecia una buena erección-; es la señora hermosa que estuvo esta tarde viendo el partido.


Sí, soy yo –Claudia procura mantener la calma, pero es difícil debido al terrible olor a cerveza barata que el tipejo exhala por la boca. -pues bien, querida señora –sigue hablando el tipejo que, por sus ropajes, ha de tratarse de uno de los vigilantes del campo-; ha de saber que está prohibido entrar a estas horas al campo, y que estoy autorizado para tomar medidas si alguien incumple esa norma, aunque se trate de una señora de alto postín como usted –vuelve a llevarse la mano a la abultada entrepierna. -yo sólo buscaba mi mascada –intenta replicar Claudia, quedándose muda del espanto al ver como el hombre la agarra del brazo y le susurra al oído: -yo podría hacer la vista gorda con usted, si me hace, ya sabe…, un trabajito… -¿un trabajito? –Claudia traga saliva sin comprender, o más bien, sin querer comprender las palabras del impresentable personajillo. Sólo cuando el tipo le agarra la mano y la lleva hasta su abultada entrepierna, Claudia comprende y siente como la nausea sube por su garganta.


Pero también ocurre algo más. Un sentimiento morboso comienza a nacer en su interior de mujer conservadora y respetable, sobre todo al notar el grosor de la pija del tipo que sigue mirándola con los ojos cargados de lascivia y ha empezado a acariciarle las tetas por encima de la blusa mientras le sigue susurrando al oído: -sería un trabajito oral. nunca me la ha mamado una tía con tanto estilo como usted, querida señora; usted tiene cara de ser una guarra come pija de marca mayor, y seguro que le gusta –mientras habla va conduciendo a nuestra protagonista hasta detrás de la caseta donde se ubica su puesto de vigilante jurado y, una vez allí, se desabrocha la cremallera, dejando al aire su pija, que si bien no es muy larga, es bastante gruesa, haciendo que a la respetada y recatada señora se le abran unos ojos como platos e, instintivamente, lleve su mano hasta el gordo cipote. -Hm… ¿ve usted cómo sí le gusta, querida señora? –gime el hombre mientras Claudia se arrodilla y comienza a lamerle la pija, con lametones rápidos y un tanto tímidos, y luego metiéndosela en la boca y empezando a mamar como si lo hubiera hecho toda la vida, arrancando gemidos y jadeos de puro placer de la garganta del guardia jurado del campo de fútbol. -Mmm… ohhh, sííí… es muy gorda, como a mí me gustan –gime también nuestra, hace unos minutos, recatada y santurrona protagonista, lamiendo y chupando el grueso cipote del guarda de seguridad del campo, que se agarra la verga y empieza a propinar ligeros golpecitos en los labios y en el bello rostro de la señora que, dando muestras de un ansia voraz de rabo, vuelve a meterse la picha en la boca hasta que… -¡Dios, qué mamada! –el hombre, sin sacar la pija de la boca de Claudia, comienza a eyacular un semen abundante y espeso, que nuestra protagonista traga con placer y deleite casi palpables, hasta no dejar ni una gota de leche en el gordo pollón ni en los huevazos del guarda del campo. Poco después, y antes de marcharse, el hombre le tiende su pañuelo al tiempo que le susurra al oído: -Créame, señora, cuando le digo que ha sido la mejor comida de pija que me han hecho en mucho tiempo.