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Pervirtiendo a mi mujer

Aunque aquel vestido estaba ya viejo y descolorido aún le sentaba como un guante, marcando deliciosamente cada una de sus contundentes curvas. Puede que ya no se lo pudiera poner para salir a la calle, para desconsuelo de decenas de miradas indiscretas, pero aún hacía que el acto de verla fregar con él puesto, como era el caso, se convirtiese en una espectáculo de lo más sugerente. Aquel pelo negro ondulado hasta los hombros, aquella cintura y aquel culo redondo y firme hicieron el resto. Faltaba más de una hora para que viniesen los invitados, la cena estaba ya en el horno y la cocina y el comedor estaban limpios y ordenados. Sí, valía la pena arriesgarse. Sus manos se introdujeron por entre los pliegues del vestido de su esposa con la maestría que da la experiencia, una directa hacia sus generosos pechos y la otra, más abajo, directa a su entrepierna. El súbito contacto de aquel par de manos hambrientas de ella sorprendieron a Laura justo cuando estaba a punto de terminar de fregar. ¿Pero qué haces? No tenemos tiempo.


Un cálido y prolongado mordisco en su cuello terminó por rendir sus escasas resistencias. El calor que empezaba a sentir proveniente de los suaves pellizcos en sus dorados pezones confluyó con el placer que aquellas caricias estaban levantando en su entrepierna. Mientras el aliento de su esposo recorría, entre besos y sensuales mordiscos, su cuello, su nuca y los lóbulos de sus orejas, ella sentía como iba cada vez poniéndose cada vez más caliente mientras el tibio agua del grifo lamía sus brazos rendidos. Un ligero temblor en sus piernas acompañó la primera caricia de los dedos de su marido en su vagina. Si clítoris, empapado en su propio calor, comenzó a latir al compás de los manoseos de aquellos amados dedos. Mientras arrimaba con placer su dura verga contra el fantástico culo de su esposa, comenzó a acompañar el masaje de aquellos húmedos labios inferiores con las suaves caricias de su otra mano sobre los carnosos labios de la boca de su mujer.


¿Recuerdas las fotos que te hice la semana pasada mientras salías de la ducha?. – El susurro de su esposo bañó dulcemente su bonita oreja. Sí. Una sonrisa pícara se dibujó en su morena cara. Había sido divertido: sorprendida mientras salía de la ducha, fotografiada primero y luego cogida después con toda la pasión y la excitación que aquellas fotos habían provocado en los dos. Se las he enviado a todos mis amigos.


¿Qué? Fue aquel destello de sorpresa el que emanó de sus ojos color miel el que habló por ella propia más que sus propias palabras. No hubo más respuesta que la que le dio la mano derecha de su esposo, introduciendo dos dedos en su mojada concha. La sensación de enorme placer que invadió su cuerpo le llevó a cerrar los ojos durante unos segundos mientras, instintivamente se mordía su labio inferior. A todos. A todos mis amigos. A Luis, a Jorge, a Sebas…- La voz de su esposo sonó como una mezcla a partes iguales de excitación y perversión, empleando un tono tal vez algo dominante. Todos te han visto desnuda saliendo de la ducha. Todos. Tres dedos se introdujeron en su boca callándola súbitamente, dejándola en silencio, sumisa ante los masajes de su esposo y sus tórridos susurros a su oído. El masaje de los dedos de su esposo en su vagina comenzó a acelerarse y a ganar fuerza y contundencia en sus acometidas.


Imagínate: todos mis amigos, todos esos cerdos que durante años te han dedicado infinidad de miradas obscenamente indiscretas, todos esos cerdos que te han desnudado mil veces en sueños te tienen ahora en sus ordenadores, siempre desnuda, siempre dispuesta a protagonizar sus pajas más obscenas. La voz de su esposo invadía su cabeza mientras iba notando como el calor del interior de su cuerpo aumentaba cada vez más deprisa. Observada por decenas de desconocidos o lo que era peor, de conocidos.


El orgasmo la invadió mientras se imaginaba a todos aquellos amigos de su esposo babeando frente a los monitores de sus ordenadores ante su bonito cuerpo desnudo. Sus piernas temblaron mientras un sonoro jadeo salió de su boca como un torrente, para, casi inmediatamente después, y mientras su cuerpo se relajaba poco a poco, notar como su marido sacaba con cuidado los dedos de dentro de sí, se agarraba a sus muslos con fuerza, y apretando mucho su paquete contra su culo, acababa entre profundos y ahogados ronquidos contra su cuello.