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Todo el fuego del despertar sexual

Tiempos de Elvis, el rock and roll y todas las ganas de sexo dejaron la impronta de mi adolescencia feliz. Tampoco es santificar el pasado con aquello de que todo tiempo pasado fue mejor, ¿por qué? no lo sé, pero puedo afirmar que sin tanto artefacto tecnológico podíamos ser felices, este relato es la muestra de una deliciosa historia, ingenua, un recuerdo que aún hoy me excita al recordarlo, eso me motivó a escribirlo para compartirles un retazo de mi vida. La relación con esa gitanita vecina puso salero y ¡olé! al despertar sexual este momento de su vida… Frente de mi casa vivía una familia de gitanos con todo el color y alegría de la raza nómade, que se caracterizaba por haber sentado su domicilio por bastantes años, tanto así que con el hijo varón de la familia nos hicimos amigos, casi de la misma edad. La familia también tenía otras dos hijas, pocos años menor que nosotros. Las chicas, amigas de mi hermana, visitaban mi casa, en especial la mayor, Zeyda, bastante pechugona para su edad, piernas largas, ojos grandes y negros como el café, belleza salvaje de carne morena y sangre caliente. Me gustaba mucho, demasiado, pero por eso de ser amigos, sobre todo muy amigo de su hermano me tenía prohibido intentar el menor avance sobre esta preciosura. Era común que ella jugara sentarse sobre mis rodillas ¿jugando?, el bicho despierta, reflejos de excitación que trataba de domarlos, si no disimular todo lo posible. Seguramente debió de haberlo notado, porque se había tomado eso como costumbre; situación que ponía a prueba ejercer el autocontrol para no pasar por un calentón con la hermana del amigo.


Pueden creerme que no me era nada fácil esconder la calentura, recordaba lo que me había dicho la puta del barrio cuando la visitamos con unos amigos para el debut sexual, me dijo: “Estás bien dotado pibe, con esta no te van a faltar minas (mujeres)” En una ocasión, también “de jugando” vino Zeyda a sentarse encima de mis rodillas, pero esa vez estaba decidida a vencer con la provocación, venía por más, jugada, lanzada, seguramente dispuesta a conseguir sacarme el desinterés fingido por ella. Sintió, palpó y sonrió, disimulada ¿inocencia?, me dejó con los testículos doloridos de la calentura que me provocó. Las cartas están echadas, hay onda, el desafío de la gitanita me podía, el ardor juvenil pudo más que la prudencia, ¡jugué todo también! Esa noche en el jardín, entre el aroma de jazmines nos besamos, urgente y de apuro, sus labios cerrados para el beso encendieron mi deseo, sentía el honroso desafío de ser el primer hombre que la besa, indico cómo hacerlo, con lengua es más sabroso, aprendió el beso de lengua, también a sentirlo con los ojos cerrados para poder ver el sabor del hombre desde adentro mirando con los ojos del sentimiento. Luego de ese acalorado encuentro quedamos ardiendo como brasas, pero aún no era el tiempo propicio para tener un momento solo para los dos, la calentura quedaba en suspenso, también nuestras intenciones, aunque sin saber que nos tenía deparado el destino.


Una tarde… se dieron las condiciones, casi ideales, Zeyda venía en busca de mi hermana, pero… nadie más que yo estaba en casa. Era el momento y la hora en que se revelan los sentimientos, no hizo falta hablar nada, la llevé al lavadero y nos matamos a besos, pero a ella no le alcanzaba con solo besos, quería más, entonces me llené la boca con sus pezones gruesos y duritos, las manos de nalgotas de palpitante carne. Decía que nunca, nunca, se había dejado tocar, ahora era lo único que su cuerpo quería, se sentía arder por dentro, un hormigueo que la hacía estremecer y vibrar entre mis manos. —Luis, por favor no sé qué me pasa, siento como mil hormigas entre las piernas, no sé qué me está pasando, dímelo tu: ¿qué me pasa? Su ingenuidad se topa con mi pobre experiencia, hasta ese momento solo había tenido sexo con las putitas del barrio, pero así de este modo y con una inexperta era la primera vez, tampoco sabía muy bien cómo actuar. Fue la calentura de ambos la que escribió el guión de las acciones, nos abrazamos y rodamos por el piso, comiéndonos a besos, metiéndole mano por todos sus rincones. Engolosinado con sus tetas y los dedos empapados en la profusa y abundante humedad de su rajita virgen. Jadea como pez fuera del agua, supongo que debió haber tenido un orgasmo, no comprendía que le está pasando, boca abierta, un hilo de baba por la comisura labial, plena de calentura, quería que se la metiera cuanto antes. Vociferaba dentro de las prevenciones para no ser escuchados.


Dale, dale, ¡me dejo! —Pero… eres virgen —¿Y qué? no aguanto más, desde que te palpé – ahí mismo metió la mano para agarrarlo. —Pero… ¿las mujeres gitanas no deben llegar virgen? —¿Y.…? - Sigue agarrada al miembro, farfulla palabras que me cuesta entender, trata de convencerme a como dé lugar, está persuadida que es ¡ahora o nunca! Es un hueso duro de roer, no se deja convencer de que no es conveniente, que me puede meter en problemas, pero nada la convence. Sabe que tengo ganas y muchas, pero que no me animo por las consecuencias, insiste y persiste de mil formas. —Soy joven pero no soy tonta, sé que es lo que necesita una mujer, yo soy señorita, estoy decidida, tan caliente como para que me desvirgues ahora mismo. Tranquilo nadie sabrá de esto, nadie sabrá que me hiciste mujer. Mira… simular la virginidad no es tan problemático a una prima mía se lo solucionaron fácilmente. ¿Sabes cómo? —¡No, cuenta! —Pues en secreto, obviamente, la tía le enseñó un viejo truco de familia. Le indicó ponerse en la conchita una piedra de alumbre para que haga el efecto momentáneo de estrechar la entrada y luego para fingir la rotura del himen le dio una pequeña ampolla conteniendo sangre de paloma que en algún momento rompería sobre la bombacha para que se quedara ensangrentada, simulando la hemorragia del himen en la noche de bodas, y todo el mundo en paz.


Algo más tranquilo por la forma adulta de actuar, como si lo tuviera todo estratégicamente planificado, la dejé hurgar en mi calzoncillo buscando el objeto de su deseo. —¡Qué grande! ¿Me entrará? —Más coqueteo que susto— Mi hermano no la tiene tan grande, tampoco el marido de mi prima, porque una vez los espiamos con mi hermana cuando estaban teniendo sexo. ¿Podemos probar? ¡Porfa, no aguanto más! Improvisamos una especie de colchón esparciendo la ropa para lavar, ella se levantó la falda, y se tendió esperándome, así había visto a su prima teniendo sexo con el marido. Sin gran experiencia de cómo iniciarla en el camino del sexo, apliqué lo aprendido de doña Simona, esa mujer cuarentona que me estrenó como macho, hice como me había indicado. La fui acariciando despacio, pues, aunque era todo un fuego interior no dejaba de ser una jovencita que nunca había tenido sexo, tratando que fuera del mejor modo, con el máximo placer y menos traumático, así me habían aleccionado doña Simona cuando me escurría a su casa, una vez a la semana, tan pronto su marido salía de viaje. Caricias y besos, le saqué la falda y la bombacha, y descubrí el nutrido vello negro que rodea la raja juvenil, era el momento de pasear mis dedos sobre los pendejos enrulados. Me llenaba los ojos de esa mata negra que bordeaba el sexo de Zeyda, que aún hoy, luego de cuatro décadas, tengo grabada en mi retina y hasta puedo sentir el delicioso aroma que esparcían sus jugos y me llenaba el alma de mariposas.


Abrí los labios vaginales para ver la abertura secreta de la hembra, sería mi primera mujer virgen, yo su primer hombre, es una condecoración en el pecho del macho, ser el primero en entrar, en abrirle el camino de niña a mujer, es un momento que deja huellas, un instante que dura una vida. Se me ofrece como breva madura, al miembro que busca en sus entrañas, agarrada a mis hombros ayuda a la desarmonía de tamaños. Voy despacio, todo lo despacio que mi calentura me permite. Grita y putea, llora y pide: —¡Entra, entra, entra!! Entra de una vez, ¡empuja, empujaaaa! En un instante de lucidez, pienso en las consecuencias y aflojo la penetración. Saco la cabeza, que es lo único que pude entrarle. Vuelve a vociferar y putear. Busqué calmarla, hice la épica de lamerle la rajita, arrodillado ante la mata de vello levemente enrulado, lamiendo entre los labios y el botón hasta calmarla, intentaba hacerla venirse, pero nada servía. Lejos de calmarla solo conseguí atizar el deseo, avivar la calentura y exacerbar la lujuria que bullía dentro de este capullo a punto de florecer. —¡Ahg! Ahg! Ahhhhh!... No me desagradó lamer como suponía, al contrario, fue una sensación bonita, dulzón al inicio, salado al final, sabía a deseo. Frotada contra mi boca, jadea en continuado hasta estrenarse en un generoso orgasmo, largo y glorioso. Exhausta, reía sin sentido, flotaba, tiembla, tirita, el cuerpo era como una muñeca de trapo, se deja ir en mis brazos, creo que al borde de perder el sentido. Las sensaciones pueden con ella, la transportan a la estratósfera, los ojos mirando la nada, la boca es una mueca, toda ella está convulsionada.


El orgasmo devino en éxtasis y éste se derramó en una sensación tan inesperada como mágica. Volvió del paraíso para continuar el asunto que teníamos entre manos, bueno entre las piernas, ¡ja! —¿No te duele tenerla tan dura? —Palpa la notoria dureza, no la puede rodear con la mano, necesita de las dos. —Sí... ¿Te le animas? —¿Paja? —Comenzó a sacudirla sin esperar respuesta. Más decisión que práctica, a dos manos para no cansarse, descubría el glande en cada movida. Le llevé la cabeza para que llevara la boca y le pedí besarla, accede, entonces es el momento, le urgía que la llevara dentro de su boca, luego otra vez más hasta que obedece mansa y sumisa. Me mira a los ojos y tímidamente comienza a mamar, sin técnica, pero con toda la pasión de su calentura. Entraba y salía de su boca caliente y jugosa, los testículos piden liberarse de la carga de esperma. Será su boca, directo a la garganta, algo atorada, un amague de arcada, luego tragó todo el contenido de la mamadera sin reproches. La emoción de su primera mamada la desconcierta. Termino de tragar. La besé con un beso de lengua que le encendió el deseo, pero decidí que eran bastantes emociones para ese día. Por otra parte, si la iba a hacer mía sería bueno esperar el momento oportuno, nuevamente las enseñanzas de doña Simona me servían, le indiqué que volveríamos a intentarlo luego de dos días de terminada su regla, pues así podíamos hacerlo completo y venirme dentro de ella sin consecuencias.


Acordamos hacerlo cuando el tiempo jugara a nuestro favor. Llegó el día señalado, un faltazo al cole, la llevé a la casa de mi abuela, que estaba fuera por un par de días y yo debía ir para recoger la correspondencia y ver si todo estaba bien. La timidez se derrite al calor de los besos, Zeyda me besó la verga, ícono de deseo e imán de sus sentidos. Nos desnudamos, un poco de pudor y mucho de audacia. Me esperó acostada, la pendeja promete todo, abierta de piernas, la mata de vello enrulado es un oasis para este hombre sediento que abreva en su mar de deseo, descorre el cortinado y recorre el terciopelo que cubre su virginidad. Lamí la rajita, enloquecí al clítoris, volví a lamer toda la entrada, de abajo arriba sin olvidar la cereza del postre. Está ansiosa por sentirme en ella, pero al mismo tiempo siente ese temor a lo desconocido, pero puede más el ansía de ver como es ser mujer. Con dedos y lengua avivé la brasa interior hasta que el volcán llegará a su máxima tensión y rogó: —Por favor, ¡Dame! ¡Dame! —Voz entrecortada por el deseo, hasta quería ayudar a ponerme el condón. Suave apoyé la cabezota en la entrada, movida a lo largo de la raja, pintando a brocha gorda, haciendo el camino sin retorno, la apoyé justo en el centro, el glande topó con la valla de la virgen. Las piernas flexionadas, las rodillas casi en mis axilas, la tengo asida de las caderas, esta todo dispuesto para el momento supremo.


La siento tensa, expectante, sabe que está por suceder, siente apoyada la cabeza del pene, quieto, con esa tensa quietud que precede a la tormenta. Le indico que aspire fuertemente por la boca, una segunda vez y en la tercera cuando está tomando aire y sin aviso me mando de un golpe… —¡Ahhhhhhh! - Intenta subirse con el arqueo de la espalda, pero como la tengo fuertemente agarrada se lo impido y voy adentro del todo, al fondo. Fue lo más que pudo decir, aspirar con intensidad consiguió distraer su concentración justo cuando avancé en ella, abriendo el camino a la sexualidad plena, el camino de niña a mujer está franco, derribadas las barreras. Quedé dentro, inmóvil, esperando sus reacciones… Despacio el rictus de la sorpresa dejó paso al gesto una dolorida sonrisa, sintió como ese desgarro interior traía el despertar de la hembra. No podía con su genio, sus dedos se incrustan en mi espalda mientras resopla como fiera herida. mordió y puteó al desgarrarse el himen, dos golpes más y todo, a fondo para desgarrar por completo el himen. Gime, jadea, resopla, todo eso y más, pero aun así colabora a ser cogida. Es toda una hembra en su fogoso esplendor, le fui enseñando cómo moverse. La calentura fue subiendo en progresión geométrica, hasta niveles que no pudo soportar y el orgasmo se le presentó y estalló en la plenitud de su inconciencia. Pregunta que cosa es estos latidos deliciosos que la convulsionan y estremecen una y otra vez, que le dilatan los ojos, le secan la boca y crean en su vientre y en su sexo esas maravillosas contracciones que la conmueven. —Disfrútalo, es el orgasmo, gózalo.


Conmigo dentro de su vagina, transmite los latidos mágicos del orgasmo. Mis enviones le ayudan a repetir esa sensación, a replicarla una y otra vez. Comienzo a empujar con más vehemencia, pide más rápido, y más aún, la respuesta es penetrarla como pide mi mujer, a fondo y más rápido. En el zenit de mi calentura mientras duran los estertores de su orgasmo, empujo con renovados ímpetus, hasta que en el último envión dentro de la conchita… Un bufido ahogó sus gemidos, fue el aviso de mi venida dentro de ella, la leche abundante fluyó de la pija, bien adentro de la muchacha, las movidas siguientes dejaron fluir todo el contenido seminal acumulado de varios días calenturiento. El látex no aguantó el fragor de la lucha, el pene salió con jirones de condón y virginidad maltrecha. Ayudé a levantarse del lecho, acompañé al bidé para que se lave el menjunje de leche y sangrado. —Me la rompiste. Me duele… pero… me gustó ser tuya. ¿Ahora soy tu mujer? —un beso en la boca fue la respuesta. Estuvimos con la espada de Damocles encima, hasta que le vino la regla.


Festejamos con un polvo de esos para el recuerdo, seguimos cogiendo por tres meses, hasta que su familia decidió levantar campamento y mudarse. El día previo a la despedida, una cogida y sin condón, en el segundo polvo le estrené el culo, se había resistido hasta ahora, pero como era posible que no nos viéramos más, era llegado el momento de dejarse. El tiempo apremia y el deseo puede más que todo. Le hice el culito en la cama de la abuela, aguantó el dolor mordiendo la almohada para no aullar cuando el choto ensalivado entró en el marrón, cerradito y cálido. —Apura, apura, no se cuanto pueda aguantar, porfa, acábame. ¡Porfa! Otra acabada abundante, maravilloso polvo desgranando mi exultante calentura en el ardoroso camino anal, maltrecho, pero con la gloria de haberme hecho feliz. Prometimos volver a vernos…