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El caballo al galope


Si bien la posición del caballo al galope no se presta a muchas caricias y enlazamientos de los amantes, sí tendrán placer en dejarse llevar en un juego cómplice de fusión en el que no se sabe quién lidera y quién sigue.


Se puede llevar a cabo esta posición de varias maneras. Por ejemplo, la mujer echada de espaldas con las piernas dobladas y abiertas y la pelvis más o menos elevada. Su amado se arrodilla entre sus muslos y la penetra. Después se sienta para volver a encontrarse cómodo sobre sus talones, con sus muslos abiertos sobre las nalgas de la mujer. De esta forma, ella reposa sus glúteos y riñones sobre los muslos del hombre, y los pies, hombros y cabeza sobre el lecho.


Él se sujeta con una mano al hombro de la dama, y con la otra a uno de los pies, de modo que adopta la postura de un jinete sobre su caballo desensillado, prendiendo las crines de su montura con una mano y la cola con la otra. ¡Tampoco es necesario agarrarse al pelo de la pareja para emular al caballero! Esta posición no ofrece un gran contacto entre piel y piel: los pechos no se tocan, ni puede uno acariciarse ni abrazarse, pero las sensaciones se concentran en los genitales (el pene y el interior de la vagina).


El interés reside en un juego rítmico cómplice, cada uno teniendo que armonizarse con el otro en una fusión en que no se sabe quién lidera y quién sigue, ni siquiera quién es montura y quién jinete. Ir al paso primero deja a cada uno el tiempo de acoplarse al ritmo del otro. Continuar al trote o al galope hace subir la excitación, lo que se revelará mucho más fuerte si está entrecortado por momentos de calma, a un paso lento y meditado. Hasta llegar al instante embriagador, cual caballo libre en la inmensa estepa, el caballero enloquecido por el espacio se deja llevar por un galope descontrolado, salvaje y sin riendas. Fuente: doctissimo.es